EL MARTIRIO DE LOS INOCENTES
I. El dolor, una realidad de nuestra vida. Santificación del dolor.
II. La cruz de cada día.
III. Los que sufren con sentido de corredención serán consolados por Nuestro
Señor. Nosotros debemos compadecernos y ayudar a sobrellevar las dificultades y
dolores de nuestros hermanos.
“Después que los magos
se retiraron, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo:
«Levántate, toma contigo al Niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí
hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al Niño para matarle».
Él se
levantó, tomó de noche al Niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo
allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por
medio del profeta: «De Egipto llamé a mi hijo».
Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías: «Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen» (Mateo 2,13-18).
I. En el Evangelio de la
Misa leemos el relato del sacrificio de los niños de Belén ordenado por
Herodes. No hay explicación fácil para el sufrimiento, y mucho menos para el de
los inocentes. El sufrimiento escandaliza con frecuencia y se levanta ante muchos
como un inmenso muro que les impide ver a Dios y su amor infinito por los
hombres.
¿Por
qué no evita Dios todopoderoso tanto dolor aparentemente inútil? El dolor es un
misterio y, sin embargo, el cristiano con fe sabe descubrir en la oscuridad del
sufrimiento, propio o ajeno, la mano amorosa y providente de su Padre Dios que
sabe más y ve más lejos, y entiende de alguna manera las palabras de San Pablo:
para los que aman a Dios, todas las cosas son para bien (Romanos 8, 28),
también aquellas que nos resultan dolorosamente inexplicables o
incomprensibles.
II. La Cruz, el dolor y el
sufrimiento, fue el medio que utilizó el Señor para redimirnos. Desde entonces
el dolor tiene un nuevo sentido, sólo comprensible junto a Él. El Señor no
modificó las leyes de la creación: quiso ser un hombre como nosotros. Pudiendo
suprimir el sufrimiento, no se lo evitó a sí mismo.
Él
quiso pasar hambre, y compartió nuestras fatigas y penas. Su alma experimentó
todas la amarguras: la indiferencia, la ingratitud, la traición, la calumnia,
la infamante muerte de cruz, y cargó con los pecados de la humanidad. Los
Apóstoles serían enviados al mundo entero para dar a conocer los beneficios de
la Cruz. El Señor quiere que luchemos contra la enfermedad, pero también quiere
que demos un sentido redentor y de purificación personal a nuestros
sufrimientos.
No
les santifica el dolor a aquellos que sufren a causa de su orgullo herido, de
la envidia y de los celos porque esta cruz no es la de Jesús, sino nuestra, y
es pesada y estéril. El dolor –pequeño o grande-, aceptado y ofrecido al Señor,
produce paz y serenidad; cuando no se acepta, el alma queda desentonada y
rebelde, y se manifiesta en forma de tristeza y mal humor.
III. La esperanza del Cielo
es una fuente inagotable de paciencia y energía para el momento del sufrimiento
fuerte. Nuestro Padre Dios está siempre muy cerca de sus hijos, los hombres,
pero especialmente cuando sufren. La fraternidad entre los hombres nos mueve a
ejercer unos con otros este misterio de consolación y ayuda.
Pidamos
hoy a la Virgen y a los Santos Inocentes que nos ayuden a amar la mortificación
y el sacrificio voluntario, a ofrecer el dolor y a compadecernos de quienes
sufren.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org
