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I. A lo largo de la
liturgia de este domingo se pone de manifiesto cómo el excesivo afán de
confort, de bienes materiales y lujo, lleva en la práctica al olvido de Dios y
de los demás.
II. Con
el ejercicio que hagamos de los bienes que Dios ha depositado en nuestras manos
estamos ganando o perdiendo la vida eterna.
III.
“La solidaridad es una exigencia directa de la fraternidad humana y sobrenatural”.
«Había un hombre rico que vestía de
púrpura y lino finísimo, y cada día celebraba espléndidos banquetes. Un pobre,
en cambio, llamado Lázaro, yacía sentado a su puerta, cubierto de llagas,
deseando saciarse de los desperdicios que caían de la mesa del rico y nadie se
los daba. Y hasta los perros acercándose le lamían sus llagas. Sucedió, pues,
que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán; murió
también el rico y fue sepultado.
Estando
en el infierno, en medio de los tormentos, levantando sus ojos vio a lo lejos a
Abrahán y a Lázaro en su seno; y gritando, dijo: padre Abrahán, ten piedad de
mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi
lengua, porque estoy atormentado en estas llamas. Le contestó Abrahán: hijo,
acuérdate que tú recibiste bienes durante tu vida y Lázaro, en cambio, males;
ahora, pues, aquí él es consolado y tú atormentado. Además de todo esto, entre
vosotros y nosotros hay interpuesto un gran abismo, de modo que los que quieren
atravesar de aquí a vosotros, no pueden; ni pueden pasar de ahí a nosotros.
Y
le dijo: te ruego entonces, padre, que le envíes a casa de mi padre, pues tengo
cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también a este lugar de
tormentos. Pero le replicó Abrahán: Tienen a Moisés y a los Profetas. !Que los
oigan! Él dijo: no, padre Abrahán; pero si alguno de entre los muertos va a
ellos, se convertirán. Y les dijo: si no escuchan a Moisés y a los Profetas,
tampoco se convencerán aunque uno de los muertos resucite» (Lucas 16, 19-31).
I. A
lo largo de la liturgia de este domingo se pone de manifiesto cómo el excesivo
afán de confort, de bienes materiales y lujo, lleva en la práctica al olvido de
Dios y de los demás, y a la ruina espiritual y moral. El Evangelio (Lucas 16,
19-31) nos describe a un hombre que no supo sacar provecho de sus bienes. En
vez de ganarse con ellos el Cielo, lo perdió para siempre. Se trata de un
hombre que tiene gran abundancia y espléndidos banquetes y muy cerca de él, un
mendigo, cubierto de llagas a quien ni siquiera le llegan las sobras de la mesa
del rico.
Este
hombre rico vive a sus anchas en la abundancia; no está contra Dios ni tampoco
oprime al pobre. Únicamente está ciego para ver a quien le necesita. Ha
olvidado lo que el Señor nos recuerda con frecuencia: no somos dueños de los
bienes, sino administradores. Pensemos que todos tenemos a nuestro alrededor
gente necesitada como Lázaro, con quien debemos compartir no solamente nuestros
bienes, sino también afecto, amistad, comprensión, cordialidad, y palabras de
aliento.
II.
Con el ejercicio que hagamos de los bienes que Dios ha depositado en nuestras
manos estamos ganando o perdiendo la vida eterna. Éste es tiempo de merecer. No
sin un hondo misterio, dirá el Señor: Es mejor dar que recibir. (Hechos 20, 25)
Si somos generosos, y descubrimos en los demás a hijos de Dios que nos
necesitan, somos felices aquí en la tierra y más tarde en la vida eterna. La
caridad es siempre realización del reino de Dios, y el único bagaje que
sobrenadará en este mundo que pasa.
Y
hemos de estar atentos por si Lázaro está en nuestro propio hogar, en la
oficina o en el taller donde trabajamos. Los cristianos hemos sido elegidos
para ser levadura que transforme y santifique las realidades terrenas. Y al ver
el afán que ponen tantos en las cosas materiales, tenemos que comprender que
para ser fermento en medio del mundo hay que estar atentos para vivir el
desprendimiento de lo que poseemos.
III.
“La solidaridad es una exigencia directa de la fraternidad humana y sobrenatural”
(Instr. Libertatis conscientia, 89), que nos llevará en primer lugar a vivir
personalmente la pobreza que Jesús declaró bienaventurada, aquella que “está
hecha de desprendimiento, de confianza en Dios, de sobriedad y disposición a
compartir con los demás, de sentido de justicia, de hambre del reino de los
cielos, de disponibilidad a escuchar la palabra de Dios y a guardarla en el
corazón (Idem, 66).
Al
terminar nuestra oración, deberemos examinar si nuestro desprendimiento es
real, con consecuencias prácticas, si somos ejemplares por la sobriedad en el
uso de los bienes. Pidámosle ayuda a Nuestra Madre.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org
