La increíble conversión
de 3.000 personas el día de Pentecostés, después del primer sermón de san
Pedro, se celebra como el comienzo de la Iglesia
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| Ted | CC BY-SA 2.0 |
En la Biblia, el Espíritu
Santo (ruaj en hebreo, pneuma en griego) se asocia
regularmente con el poder de Dios. Íntimamente ligado al Padre y al Hijo,
participa en la creación del mundo y hace fértil todo lo creado.
Dado
al pueblo de Dios el día de Pentecostés, entró en el interior de las personas
para guiar sus vidas y transformar su ser interior.
Que
juzgue el lector mismo. Entre la Resurrección de Jesús y
Pentecostés no hubo conversiones. En el día de Pentecostés, en cambio, hubo
3.000 conversos de golpe.
Este
episodio subraya el poder de la acción del Espíritu en el creyente, el poder de
su efusión, descrito por los Apóstoles como lenguas de fuego:
“Al
llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De
pronto, vino del cielo un ruido, semejante a una fuerte ráfaga de viento, que
resonó en toda la casa donde se encontraban. Entonces vieron aparecer unas
lenguas como de fuego, que descendieron por separado sobre cada uno de ellos.
Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en distintas
lenguas, según el Espíritu les permitía expresarse”. (Hechos 2,1-4).
Un sermón fulminante
Pedro
asumió el papel de jefe de la Iglesia que Jesús le había dado. De pie junto a
los once Apóstoles, expresó en voz fuerte y segura: “Hombres de Judea y todos
los que habitan en Jerusalén, presten atención, porque voy a explicarles lo que
ha sucedido”. Y más adelante: “Hermanos, permítanme decirles con toda
franqueza…”.
Pedro
estaba dando su primer sermón. Un sermón que sonó como un trueno, ¡la Iglesia
ha nacido! La multitud estaba conmocionada.
Una
conmoción debida probablemente a los mismos discípulos de Jesús, todos repletos
de ese Espíritu, como “ebrios” de alegría,
procedentes de todas las naciones, que empezaron a “hablar en distintas
lenguas” sobre “las maravillas de Dios”.
Los
Apóstoles les aseguraron cosas extraordinarias: que quien recibiera a Cristo se
“llenará de gozo” por su presencia; que “todos los hombres” pueden recibir el
Espíritu; que al derramar su Espíritu, Dios hará “prodigios arriba, en el
cielo, y signos abajo, en la tierra”, y que “todo el que invoque el nombre del
Señor se salvará”.
Empezaron a “reunirse asiduamente”
Las
promesas y el testimonio de Pedro maravillaron a quienes le escucharon. Los
oyentes se “conmovieron profundamente”, describen los Apóstoles.
Solo quedaba un paso más para
su conversión. Preguntaron a Pedro y a los otros Apóstoles: “Hermanos, ¿qué
debemos hacer?”.
Y
Pedro les respondió con claridad: “Conviértanse y
háganse bautizaren el nombre de Jesucristo para que
les sean perdonados los pecados, y así recibirán el don del Espíritu Santo. (…)
Los que recibieron su palabra se hicieron bautizar; y ese día se unieron a
ellos alrededor de tres mil”, relata el libro de los Hechos
de los Apóstoles.
Y
así empezaron a reunirse “asiduamente para escuchar la enseñanza de los
Apóstoles y participar en la vida común, en la fracción del pan y en las
oraciones”.
Isabelle Cousturié
Fuente: Aleteia
