Cálculo
exacto
Hola,
buenos días, hoy Sión nos lleva al Señor. Que pases un feliz día.
No
tengo ninguna duda al respecto: los bollos caseros de mi abuela son los mejores
del mundo. Aún recuerdo esos maravillosos despertares en verano, cuando toda la
casa amanecía con el delicioso olor a recién horneado...
Estaba
decidido: yo también quería que mis hermanas experimentaran esa maravillosa
sensación de olores y sabores, así que decidí seguir el ejemplo de mi abuela y
hacer un bollo casero para desayunar.
Por
la noche dejé todos los ingredientes medidos y pesados. Mi plan era dejarlo en
el horno durante la Eucaristía. Cuando saliesen, ¡toda la casa olería a bollo!
Mi
estrategia fue cumpliéndose con una precisión alemana. Me encanta cuando todo
sale según lo previsto. Lamentablemente, no todo se puede controlar. Por
ejemplo, puse un poco más de temperatura de lo debido. O que el bollo estaba un
poco alto dentro del horno. O que justo ayer el sacerdote llegó un poco tarde a
la Eucaristía.
Cada
minuto se me hizo eterno. En cuanto terminó la Misa, salí escopetada. Sí, todo
el convento se había impregnado fuertemente de olor... ¡a chamusquina!
Corrí
a la cocina y, a través de la ventana del horno, descubrí un “algo” negro como
un tizón: ¡mi bollo!
El
Señor es misericordioso, y resulta que el bollo había “hecho costra”: la
corteza de arriba se había hecho demasiado rápido, tanto, que se había quemado
por completo. Pero, precisamente por eso, ¡había hecho de “escudo”! El interior
quedó protegido y, al quitar lo quemado, ¡lo de demás estaba riquísimo!
De
pronto me vino a la mente aquella Palabra que dice: “el Señor es nuestro
escudo” (salmo 89).
Viendo
cómo había quedado la costra del bollo, tan quemada, por salvar lo demás... ¡me
impresionó imaginar igual al Señor! Pero, ¿acaso no es verdad?
Él
se ha puesto delante de nosotros para frenar ese calor que podía destruirnos.
Ha preferido entregar Su vida que dejar que tú perdieras la tuya. Se ha dejado
quemar, matar, por protegerte. Y todo porque te ama... más que a Su vida.
Hoy
el reto del amor es ponerse detrás del escudo. Te invito a que, cuando hoy
sientas que una situación te está quemando, ¡acudas al Señor! No quieras
defenderte en solitario, ¡Cristo está ahí para ti! Él sabe lo que te cuesta, lo
que te da miedo, por eso quiere ir contigo. Si le das la mano, descubrirás que
se cumple en ti Su promesa: “cuando pases por el fuego, las llamas no te
quemarán” (Is 43, 2). ¡Cristo es la costra que protege tu interior! ¡Feliz día!
VIVE
DE CRISTO
Fuente:
Dominicas de Lerma
