Homilía del Papa Francisco en la celebración
Eucarística con ocasión de la XXIII Jornada Mundial de la Vida Consagrada, en
la Fiesta de la Presentación del Señor
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| El Santo Padre durante su homilía |
“Dios nos llama
a que lo encontremos a través de la fidelidad en las cosas concretas: oración
diaria, la misa, la confesión, una caridad verdadera, la Palabra de Dios de
cada día”, lo dijo el Papa Francisco en la celebración de la Santa Misa con
ocasión de la XXIII Jornada Mundial de la Vida Consagrada, en la Fiesta de la
Presentación del Señor, este sábado 2 de febrero, en la Basílica de San Pedro.
En su homilía, el Santo Padre recordó que, la liturgia
de hoy nos muestra a Jesús que va al encuentro de su pueblo. Es la fiesta del
encuentro: la novedad del Niño se encuentra con la tradición del templo; la
promesa halla su cumplimiento; María y José, jóvenes, encuentran a Simeón y
Ana, ancianos.
Al Dios de la
vida hay que encontrarlo cada día
Por ello, el Pontífice dijo que, al Dios de la vida
hay que encontrarlo cada día de nuestra existencia; no de vez en cuando, sino
todos los días. “Seguir a Jesús no es una decisión que se toma de una vez por
todas, es una elección cotidiana. Y al Señor no se le encuentra virtualmente,
sino directamente, descubriéndolo en la vida. De lo contrario – advierte el
Papa – Jesús se convierte en un hermoso recuerdo del pasado. Pero cuando lo
acogemos como el Señor de la vida, el centro de todo, el corazón palpitante de
todas las cosas, entonces él vive y revive en nosotros”.
El encuentro con el Señor es la fuente. Por tanto,
agrega el Santo Padre, es importante volver a las fuentes: retornar con la
memoria a los encuentros decisivos que hemos tenido con él, reavivar el primer
amor, tal vez escribir nuestra historia de amor con el Señor. Le hará bien a
nuestra vida consagrada, para que no se convierta en un tiempo que pasa, sino
que sea tiempo de encuentro.
El encuentro se
da en medio del pueblo creyente
Si recordamos nuestro encuentro decisivo con el Señor,
nos damos cuenta de que no surgió como un asunto privado entre Dios y nosotros.
No, germinó en el pueblo creyente, en medio de tantos hermanos y hermanas, en
tiempos y lugares precisos. “El Evangelio nos lo dice, mostrando cómo el
encuentro tiene lugar en el pueblo de Dios, en su historia concreta, en sus
tradiciones vivas: en el templo, según la Ley, en clima de profecía, con los
jóvenes y los ancianos juntos”. Lo mismo en la vida consagrada, precisa el
Papa: germina y florece en la Iglesia; si se aísla, se marchita. Madura cuando
los jóvenes y los ancianos caminan juntos, cuando los jóvenes encuentran las
raíces y los ancianos reciben los frutos. En cambio, se estanca cuando se
camina solo, cuando se queda fijo en el pasado o se precipita hacia adelante
para intentar sobrevivir.
“Hoy, fiesta del encuentro, pidamos la gracia de
redescubrir al Señor vivo en el pueblo creyente, y de hacer que el carisma
recibido se encuentre con la gracia de hoy”
Una doble
llamada
El Evangelio también nos dice que el encuentro de Dios
con su pueblo tiene un principio y una meta. Se parte de la llamada al templo y
se llega a la visión en el templo. El Papa Francisco señala que hoy la llamada
es doble. “Hay una primera llamada «según la Ley». Es la de José y María, que
van al templo para cumplir lo que la ley prescribe. El texto lo subraya casi
como un estribillo, cuatro veces. No es una constricción: los padres de Jesús
no van a la fuerza o para realizar un mero cumplimiento externo; van para
responder a la llamada de Dios. Luego hay una segunda llamada, según el
Espíritu. Es la de Simeón y Ana. También esta está resaltada con insistencia:
tres veces, refiriéndose a Simeón, se habla del Espíritu Santo y concluye con
la profetisa Ana que, inspirada, alaba a Dios”.
Dos jóvenes van presurosos al templo llamados por la
Ley; dos ancianos movidos por el Espíritu. Esta doble llamada, de la Ley y del
Espíritu, ¿qué nos enseña para nuestra vida espiritual y nuestra vida
consagrada? Que todos estamos llamados a una doble obediencia: a la ley —en el
sentido de lo que da orden bueno a la vida—, y al Espíritu, que hace todo nuevo
en la vida.
“Sin una vida ordenada, incluso los carismas más
grandes no dan fruto. Por otro lado, las mejores reglas no son suficientes sin
la novedad del Espíritu: la ley y el Espíritu van juntos”
Una llamada a
la obediencia
También hay allí una llamada a la obediencia, cuando
María dice: «Haced lo que él os diga» (Jn 2,5). Lo que él diga. Y Jesús pide
una cosa particular; no hace una cosa nueva de inmediato, no saca de la nada el
vino que falta, sino que pide algo concreto y exigente. Pide llenar seis
grandes ánforas de piedra para la purificación ritual, que recuerdan la Ley.
Significaba verter unos seiscientos litros de agua del pozo: tiempo y esfuerzo,
que parecían inútiles, porque lo que faltaba no era agua, sino vino. Y, sin
embargo, precisamente de esas ánforas bien llenas, «hasta el borde» (v. 7),
Jesús saca el vino nuevo.
Por ello, el Papa Francisco señala que, lo mismo para
nosotros, Dios nos llama a que lo encontremos a través de la fidelidad en las
cosas concretas: oración diaria, la misa, la confesión, una caridad verdadera,
la Palabra de Dios de cada día. Cosas concretas, como en la vida consagrada la
obediencia al Superior y a las Reglas. Si esta ley se practica con amor, el
Espíritu viene y trae la sorpresa de Dios, como en el templo y en Caná. El agua
de la vida cotidiana se transforma entonces en el vino de la novedad y la vida,
que pareciendo más condicionada, en realidad se vuelve más libre.
El encuentro,
que nace de la llamada, culmina en la visión
Simeón dice: «Mis ojos han visto a tu Salvador» (Lc
2,30). Ve al Niño y ve la salvación. No ve al Mesías haciendo milagros, sino a
un niño pequeño. No ve nada de extraordinario, sino a Jesús con sus padres, que
llevan al templo dos pichones o dos palomas, es decir, la ofrenda más humilde
(cf. v. 24). Simeón ve la sencillez de Dios y acoge su presencia. No busca nada
más, pide y no quiere nada más, le basta con ver al Niño y tomarlo en brazos:
«Nunc dimittis, ahora puedes dejarme ir» (cf. v. 29).
Le basta Dios así como es. En él encuentra el sentido
último de la vida. Es la visión de la vida consagrada, una visión sencilla y
profética, donde al Señor se le tiene ante los ojos y entre las manos, y no se
necesita nada más. La vida es él, la esperanza es él, el futuro es él. La vida
consagrada es esta visión profética en la Iglesia: es mirada que ve a Dios
presente en el mundo, aunque muchos no se den cuenta; es voz que dice: «Dios
basta, lo demás pasa»; es alabanza que brota a pesar de todo, como lo muestra
la profetisa Ana. Era una mujer muy anciana, que había vivido muchos años como
viuda, pero no era una persona sombría, nostálgica o encerrada en sí misma; al
contrario, llega, alaba a Dios y habla solo de él (cf. v. 38).
La vida
consagrada es un encuentro vivo con el Señor
Finalmente, el Santo Padre afirma que la Vida
Consagrada es: alabanza que da alegría al pueblo de Dios, visión profética que
revela lo que importa. Cuando es así, florece y se convierte en un reclamo para
todos contra la mediocridad: contra el descenso de altitud en la vida
espiritual, contra la tentación de jugar con Dios, contra la adaptación a una
vida cómoda y mundana, contra el lamento, la insatisfacción y el llanto, contra
la costumbre del «se hace lo que se puede» y el «siempre se ha hecho así». La
vida consagrada no es supervivencia, es vida nueva. Es un encuentro vivo con el
Señor en su pueblo. Es llamada a la obediencia fiel de cada día y a las sorpresas
inéditas del Espíritu. Es visión de lo que importa abrazar para tener la
alegría: Jesús.
Renato Martínez – Ciudad del Vaticano
Vatican News
