LA ALEGRÍA DEL ADVIENTO
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| Dominio público |
I. Adviento: tiempo de alegría y de esperanza. La alegría es estar cerca de
Jesús; la tristeza, perderle.
II. La alegría del cristiano. Su fundamento.
III. Llevar alegría a los demás. Es imprescindible en toda labor de apostolado.
En aquel tiempo, Juan, que había oído en la cárcel las obras del
Mesías, le mandó a preguntar por medio de sus discípulos: «¿Eres tú el que ha
de venir o tenemos que esperar a otro?»
Jesús les respondió: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y
oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y
los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el
Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí!»
Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan: «¿Qué
salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el viento? ¿O qué
fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con lujo habitan en
los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis?, ¿a ver a un profeta? Sí, os digo, y
más que profeta; él es de quien está escrito: "Yo envío mi mensajero
delante de ti, para que prepare el camino ante ti." Os aseguro que no ha
nacido de mujer uno más grande que Juan, el Bautista; aunque el más pequeño en
el reino de los cielos es más grande que él.» (Mateo 11, 2-11).
I. En la liturgia de la
Misa, San Pablo nos da la razón fundamental para tener profunda alegría: el
Señor está cerca. (Filipenses 4, 4) El Apóstol también nos da la clave para
entender el origen de nuestras tristezas: nuestro alejamiento de Dios, por
nuestros pecados o por la tibieza. Cuando para encontrar la felicidad se
ensayan otros caminos fuera del que lleva a Dios, al final sólo se halla
infelicidad y tristeza.
La
experiencia de todos lo que, de una forma u otra, volvieron la cara hacia otro
lado (donde no estaba Dios), ha sido siempre la misma: han comprobado que fuera
de Dios no hay alegría verdadera. Encontrar a Cristo, y volverlo a encontrar,
supone una alegría profunda siempre nueva. La alegría es tener a Jesús, la
tristeza es perderle.
II. El cristiano debe ser
un hombre esencialmente alegre. Sin embargo, la nuestra no es una alegría
cualquiera, es la alegría de Cristo, que trae la justicia y la paz, y sólo Él
puede darla y conservarla, porque el mundo no posee su secreto. El cristiano lleva
su gozo en sí mismo, porque encuentra a Dios en su alma en gracia. Esta es la
fuente permanente de su alegría.
Tener
la certeza de que Dios es nuestro Padre y quiere lo mejor para nosotros nos
lleva a una confianza serena y alegre, también ante la dureza, en ocasiones, de
lo inesperado. No hay tristeza que Él no pueda curar: no temas, ten sólo fe
(Lucas 8, 50), nos dice el Señor.
Nos
dirigimos a Él en un diálogo íntimo y profundo ante el Sagrario, y en cuanto
abramos nuestra alma en la Confesión encontraremos la fuente de la alegría.
Nuestro agradecimiento se manifestará en mayor fe y en una esperanza que alejen
toda tristeza, y en preocupación por los demás.
III. Un alma triste está a
merced de muchas tentaciones. La tristeza nace del egoísmo, de pensar en uno
mismo con olvido de los demás, de la indolencia en el trabajo, de la falta de
mortificación, de la búsqueda de compensaciones, del descuido en el trato con
Dios. Para poder conocer a Cristo, poder servirle, y darlo a conocer a los
demás, es imprescindible no andar excesivamente preocupados por nosotros
mismos.
Solamente
así, con el corazón puesto en Cristo, podemos recuperar la alegría, si la
hubiéramos perdido. Esta es una de las grandes misiones del cristiano: llevar
alegría a un mundo que está triste porque se va alejando de Dios.
Preparemos
la Navidad junto a Santa María y en nuestro ambiente fomentando un clima de paz
cristiana, brindaremos muchas pequeñas alegrías y muestras de afecto a quienes
nos rodean. Los hombres necesitan pruebas de que Cristo ha nacido en Belén,
nuestra alegría se las dará.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org