Su
muerte, el 10 de marzo de 1913, conmocionó a todo un país que la despidió con
honores militares y la convirtió en un icono de la lucha por la libertad
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Desde
que en el siglo XVII llegaran al estado norteamericano de Virginia los primeros
esclavos provenientes de África, las grandes plantaciones del sur de los
Estados Unidos mantuvieron su ingente producción de algodón gracias a la mano
de obra esclava de millones de personas. Hombres, mujeres y niños esclavos
estaban condenados a una vida de sacrificio de la que algunos consiguieron
liberarse. Harriet Tubman fue una de esas personas que consiguió huir de las
tierras sureñas y tuvo la valentía de regresar una y otra vez para liberar a
otros esclavos. No en vano fue recordada como la “Moisés de su pueblo”.
Harriet
Tubman nació como Araminta Ross en una fecha indeterminada del año 1820 en el
estado de Maryland. No nació en libertad, sus padres eran esclavos de una
plantación, por lo que la pequeña Araminta, lejos de crecer entre juegos y
risas, alcanzó la edad adulta a golpe de látigo y extenuantes jornadas de
trabajo.
Araminta
sufrió todo tipo de crueldades físicas y psicológicas. Siendo tan sólo una niña
de seis años tuvo que encargarse de cuidar del bebé de una señora que no dudaba
en propinarle latigazos si el pequeño rompía a llorar en plena noche.
A
medida que crecía, fue requerida para arar o transportar material en los extensos
campos de las ricas plantaciones sureñas.
Araminta
sobrellevó aquella dura existencia encontrando consuelo en la palabra de Dios. Ella
era analfabeta, por lo que no pudo leer la Biblia, pero su madre le fue
transmitiendo la doctrina católica desde niña.
El
Antiguo Testamento y, en concreto, la historia de Moisés guiando al pueblo
elegido hasta la Tierra Prometida, marcaría para siempre a aquella joven que
pronto se rebelaría contra su dramática e injusta situación.
Siendo
una joven con un triste pasado a sus espaldas, Araminta recibió un duro golpe
en la cabeza provocándole un profundo traumatismo craneal que le dejaría
secuelas de por vida.
En
aquella época empezó a tener visiones y a forjar una idea de Dios muy profunda. Araminta
estaba convencida de que Dios le hablaba directamente a su alma y aquellas
visiones le dieron la fuerza, el coraje y la valentía que harían pronto de ella
toda una heroína para su pueblo.
Hacia
1844, Araminta cambió de nombre y adoptó el de su madre, Harriet, cuando se casó
y modificó también su apellido por el de su marido, Tubman.
Cuatro
años después, cuando Harriet Tubman estaba a punto de alcanzar los treinta años
y su cuerpo estaba debilitado por culpa del trabajo esclavo, tomó la
determinación de huir.
Tras
un intento fallido, Harriet consiguió dejar atrás las plantaciones y
alcanzar su propia Tierra Prometida.
La
huida de Harriet fue un éxito gracias a la ayuda de hombres y mujeres que
defendían la abolición de la esclavitud, entre ellos muchos cristianos
pertenecientes a la comunidad cuáquera, que abogaban por la igualdad de todos
los seres humanos.
La
red de auxilio a los esclavos huidos conocida como “ferrocarril subterráneo” la
llevó hasta Pensilvania.
Una
vez instalada en Filadelfia, lejos de olvidarse de los suyos, empezó
a trabajar para ahorrar un poco de dinero y buscar la manera de ayudar a sus
familiares y amigos a seguir su mismo camino.
Con
la ayuda de los abolicionistas, Harriet Tubman volvió en más de una
ocasión al sur y consiguió rescatar a muchos esclavos, entre ellos algunos de
sus familiares directos.
Su
peligrosa labor (mucho más desde que en 1850 se aprobó la Ley de Esclavos
Fugitivos) le valió el sobrenombre de “Moisés de su pueblo”.
En
uno de sus viajes al sur, Harriet consiguió contactar con su marido, quien, en
su ausencia se había vuelto a casar y se había olvidado de ella.
Harriet
se sintió traicionada pero nada le frenó en sus ansias de liberar a todo aquel
que quisiera tomar su mano.
Durante
más de una década, Harriet Tubman encontró en la fe la fuerza necesaria
para jugarse la vida una y otra vez.
La
religión le sirvió también como herramienta al utilizar las estrofas de los
cantos espirituales para transmitir mensajes en clave.
El
estallido de la Guerra Civil en 1861 le dio una luz de esperanza, si los
estados de la “Unión”, los estados del norte que defendían la abolición de la
esclavitud, conseguían vencer a los estados de la “Confederación” del sur.
Durante
el conflicto, Harriet se implicó como enfermera y llegó a colaborar en un
asalto armado. Harriet ayudó a los cientos de esclavos que fueron liberados
y celebró la Proclamación de Emancipación de 1863 que liberaba a millones
de hombres, mujeres y niños.
Sin
embargo, cuando terminó la guerra, Harriet Tubman observó con amargura que los prejuicios
raciales no habían desaparecido con la abolición de la esclavitud en los
Estados Unidos tras la adopción de la Decimotercera Enmienda en 1865.
Harriet
se encontró de nuevo sola, sin ayuda económica estatal, pues no recibió ninguna
compensación por su colaboración en la contienda.
Sin
embargo, amigos y familiares hicieron todo lo posible para que Harriet pudiera
vivir en condiciones dignas.
Harriet
Tubman continuaría luchando por los derechos raciales y se uniría a
la causa sufragista durante los siguientes años de su vida mientras siguió
cuidando de todo aquel que llamara a su puerta pidiendo ayuda.
En
1869 se casó con un veterano de la guerra y adoptaron una niña. Su muerte, el
10 de marzo de 1913, conmocionó a todo un país que la despidió con honores
militares y la convirtió en un icono de la lucha por la libertad.
Sandra
Ferrer
Fuente: Aleteia
