5. Crucifixión y muerte
Locura de la Cruz,
Oculta a mediodía la luz
Comprende todo mal y
pecado
Uñas filosas tus manos
Rasgan, tus pies y
costado
Amén, todo está
iluminado.
De todos los misterios
que nos propone la fe, uno de los más desconcertantes es el de la muerte de
Cristo. De hecho los mismos apóstoles antes de que sucediera trataron de
disuadirlo y estaban confundidos por lo que decía Jesús como profeta: vamos a
Jerusalén, seré crucificado, se burlarán de mí... y todo esto libremente:
“(...) doy mi vida para tomarla de nuevo. Nadie me la quita, sino que yo la doy
libremente. Tengo potestad para darla y tengo potestad para recuperarla.
Éste es el mandato que
he recibido de mi Padre” (Jn 10, 17-18). Vaya que Jesús tenía poder, lo demostró
toda su vida con sus milagros, su presencia física cuando Él quería era
impactante. En más de una ocasión lo demostró: cuando trataron de echarle mano
para acabar con Él y
Él pasó por en medio de ellos, seguramente sin que lo
pudieran tocar si quiera (cfr. Lc 4, 30). O cuando lo van a apresar al Huerto
de los Olivos, antes de que le echaran mano dialoga con ellos y caen al suelo
por el imperio de su palabra (cfr. Jn 18, 6).
Es normal que los
hombres huyamos del dolor y más aún de la muerte. Jesús, no. Supera ese rechazo
y por amor a nosotros busca cumplir con “el mandato que ha recibido” de su
Padre: morir para darnos vida. Él lo podía evitar y no lo evitó. Para el hombre
que no tiene Fe, que no conoce la grandeza de Dios Amor, esto es inconcebible:
es LOCURA. (cfr. 1 Co 1, 23).
Jesús en la Cruz: Dios crucificado.
¿Cómo nos hemos atrevido? Los clavos y la lanza Uñas filosas, traspasan tu
carne: tus manos rasgan, tus pies y costado.
Realmente hemos dejado
que la oscuridad invadiera totalmente nuestra mente y que las acciones fueran
guiadas por lo más bajo: la envidia, el odio, la voluptuosidad del dominio o
del placer. Oscuridad en la mente, pecado. Oscuridad en el corazón, oscuridad
en la tierra.
El pecado está dando su
último coletazo de rabia y se manifiesta cósmicamente: cuando Jesús fue Crucificado
y hasta que murió la tierra se cubrió de tinieblas (cfr. Mt 27, 45). Locura de
la Cruz, oculta a mediodía la luz.
Al ser destruido el
pecado, es destruida la raíz de todo mal. Comprende todo mal y pecado. Jesús
asume las consecuencias del pecado, el odio, el dolor, la muerte, y al
asumirlas ilumina esas realidades: son algo bueno, son expiación, son —al
unirlas a Él— el agua que borra el pecado.
Son un modo,
privilegiado, de estar con Él. “Dios mismo «bebe el cáliz» de todo lo que es
terrible, y restablece así el derecho mediante la grandeza de su amor, que a
través del sufrimiento transforma la oscuridad” (J. Ratzinger, Jesús de Nazaret
II, cap. 8, 3). Amén, todo está iluminado.
Con permiso del autor: Juan Pablo Lira
Fuente: 20 palabras para meditar los misterios del Rosario
