La educación misionera requiere dar a conocer con claridad las situaciones eclesiales y sociales, que provocan en el joven una seria reflexión sobre lo concreto, la necesidad de compartir lo que se tiene y lo que se es, incluso la propia vida
El Mensaje del papa Francisco para el Domund 2018 pone como principales
protagonistas del “cambio radical” a los jóvenes.
No es
una simple referencia coyuntural cara a la celebración del Sínodo de los
Obispos, sino un indicador claro de que la transformación del mundo nace de
corazones arraigados en la fe y el compromiso misionero.
La animación
misionera de los jóvenes tiene como primer punto
de referencia la llamada de los apóstoles cuando eran,
precisamente, jóvenes. Con ellos Jesús quiso compartir su vida misionera y por
ellos comenzó la actividad misionera de la Iglesia. Sus comportamientos tienen
un talante juvenil, que brilla singularmente en el seguimiento total de Jesús.
Dirigiéndose a los jóvenes que le escuchaban en Brasil, san Juan Pablo II ponía
en boca de Cristo esta pregunta: “Para ti, ¿quién soy yo?”. Y añadía: “La vida,
el destino, la historia presente y futura de un joven, depende de la respuesta
nítida y sincera, sin retórica ni subterfugios” (Homilía 1-7-1980).
Este diálogo de
salvación se dio claramente entre Jesús y los Doce, y el resultado fue su
compromiso misionero. La fe de estos jóvenes en Jesús se desarrolló con un
seguimiento incondicional y una identificación de pensamiento, deseo y
proyectos con el Señor, pero en el clima de amor y confianza propio de la
amistad, como la que se inicia en el encuentro de Juan y Andrés: “¿Qué
buscáis?”. Es una manifestación clara del espíritu juvenil.
Enseguida se inició una convivencia de la que iría brotando una
amistad, y la misma palabra clave de Juan, permanecer —“permanecieron
con él aquel día”—, que inmediatamente pasa a significar cohabitación y a
expresar la vida íntima y misteriosa de Jesús en el corazón de los discípulos;
es decir, la amistad profunda y singular del Señor con los suyos.
Jesús suscita
entre los discípulos el interés por la misión. Para encauzar este impulso
juvenil hacia la actividad misionera, hay que hacerse la pregunta de Jesús:
“¿Qué buscan estos jóvenes?”, de manera que se puedan armonizar los aspectos
espirituales y sociales de la misión de la Iglesia, en un ensamblaje bien
logrado de fe y vida. Ahora bien, la necesidad de la presencia de la juventud
en las actividades sociales misioneras no es de orden táctico, sino teológico.
Los jóvenes están en la Iglesia y en el mundo recibiendo y aportando lo que les
corresponde según sus propias características de bautizados. Más aún, hoy los
jóvenes tienen conciencia del protagonismo que les compete en el futuro
inmediato de la sociedad y, en cierto modo, también de la Iglesia.
Esta condición de
jóvenes, llamados a la misión, reclama una pedagogía peculiar
que podría significarse en estos cuatro pasos:
Encuentro personal con la Palabra y con Cristo
Centralidad de la vida espiritual en la formación y acompañamiento
del joven. Es el encuentro con Cristo en la oración y los sacramentos, que
lleva vivir intensamente la vida de caridad de la Iglesia. El reto es claro:
educar en la amistad con Jesús; conocer a Cristo y tratar con él como un gran
amigo. Responde a un anhelo muy fuerte en la juventud y aporta una nueva visión
para el desarrollo auténtico y total de cuanto la educación misionera irá
suscitando. “Nosotros no tenemos un producto que vender —aquí no tiene nada que
ver el proselitismo […]—, sino una vida que comunicar: Dios, su vida divina, su
amor misericordioso, su santidad. Y es el Espíritu Santo el que nos envía, nos
acompaña, nos inspira: es él el autor de la misión” (Francisco, Discurso
1-6-2018).
Testimonio cristiano
Comunicar la fe reafirma al joven en el valor de esta para él y
ayuda a los demás a valorizarla. Testimonio no de algo que se da, sino de la
donación personal, cuando no se mete algo valioso en la hucha para las
misiones, sino que uno mismo se introduce en ella, entregando la vida
totalmente al servicio misionero en el lugar donde haga falta y de la manera
que responda a la llamada concreta de Dios. “No se trata simplemente de replantear
las motivaciones para mejorar lo que ya hacéis. La conversión misionera de las
estructuras de la Iglesia requiere santidad personal y creatividad espiritual.
Por lo tanto, no solo renovar lo viejo, sino permitir que el Espíritu Santo
cree lo nuevo […], haga nuevas todas las cosas” (ibíd.).
Desprendimiento y generosidad
La praxis cristiana y el contacto con las múltiples pobrezas
suscita un estilo propio del evangelizador. La educación misionera requiere dar
a conocer con claridad las situaciones eclesiales y sociales, que provocan en
el joven una seria reflexión sobre lo concreto, la necesidad de compartir lo
que se tiene y lo que se es, incluso la propia vida. “La misión es envío para
la salvación, que realiza la conversión del enviado y del destinatario: nuestra
vida es, en Cristo, una misión. Nosotros mismos somos misión porque somos el
amor de Dios comunicado, somos la santidad de Dios creada a su imagen. Por lo
tanto, la misión es nuestra propia santificación y la del mundo entero, desde la
creación. La dimensión misionera de nuestro bautismo se traduce así en
testimonio de santidad que da vida y belleza al mundo” (ibíd.).
La comunión eclesial
Una experiencia vivida en el seno de la comunidad, como proceso en
el acompañamiento que facilite, en clave vocacional, el descubrimiento de la
llamada de Dios. Esta educación en la fe misionera ha de insertarse en la vida
del joven y del creyente, como una explicitación, apertura y encauzamiento de
sus legítimos anhelos humanos y cristianos, especialmente en aquellos que
muestran una posible vocación misionera al sacerdocio o a la vida consagrada.
Se deben explicar al joven los grandes retos de la evangelización
universal hoy: la conjugación del anuncio explícito de Jesús con la
preocupación humanista y social; la estima de la persona humana y de su
libertad inviolable, no desmentida en el anuncio claro e interpelante del
acontecimiento decisivo para la salvación, que constituye la esencia del
mandato misionero; la fidelidad a la fe, que ha de mantenerse en el sincero
diálogo con todos, en la aventura de la inculturación y en el esfuerzo por una
plena liberación de los pueblos y grupos humanos oprimidos.
Anastasio Gil
Fuente: OMP
