No existe barrera espiritual que no caiga por la
fuerza de la paciencia, que es fruto de la fe, la humildad y el abandono de la
vida en Dios
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| Por yuttana Contributor Studio/Shutterstock |
Los santos decían que hay dos tipos de
martirio: el de la muerte por la espada; y el de la muerte por la paciencia. La
paciencia es una forma de martirio que vence todo sufrimiento.
No
existe barrera espiritual que no caiga por la fuerza de la paciencia, la cual
es fruto de la fe, la humildad y el abandono de la vida en Dios.
Fue por la paciencia que la
Iglesia venció a todos sus enemigos hasta hoy: el Imperio Romano, las herejías,
las persecuciones, el comunismo, el ateísmo, los pecados de sus hijos, entre
otros.
Cuando nuestros pecados y
debilidades nos asustan y nos desaniman es necesario tener paciencia también
con nosotros mismos y aceptar nuestra dura realidad.
Cuando es difícil caminar de
prisa, entonces, es necesario tener paciencia y aceptar caminar despacio. José
y María salvaron al niño Jesús de las manos de Herodes yendo paso a paso hasta
Egipto a través de un largo desierto de 500 km.
La paciencia del cristiano no es
vacía ni significa inmovilidad o resignación blanda; tampoco pérdida de tiempo.
No. Es
la certeza de que todo está en las manos de Aquel que todo lo puede.
“Terminar
una obra vale más que comenzarla: lo que cuenta es la perseverancia, y no la
pretensión. No dejes que
tu espíritu ceda a la cólera: la cólera se siente a gusto en el tonto”. (Ec 7,
8-9)
Lo que no podemos cambiar en
nosotros o los demás, debemos aceptar con paciencia, hasta que Dios disponga
las cosas de otra manera. ¡Nadie pierde por esperar!
María, nuestra Madre, es la mujer de la
paciencia. Siempre supo esperar a que el designio de Dios se cumpliera, sin
agobiarse, sin gritar, sin reclamar… La paciencia es amiga del silencio y de la
fe. ¡Es la paciencia la que nos llevará al cielo!
“Si te
has decidido a servir al Señor (…) Conserva recto tu corazón y sé decidido, no te pongas nervioso
cuando vengan las dificultades. Apégate al Señor, no te apartes de él (…) arribarás a buen puerto al final
de tus días” (Ecl 2, 1-3).
“Acepta todo lo que te pase y sé paciente
cuando te halles botado en el suelo. Porque así como el oro se
purifica en el fuego, así también los que agradan a Dios pasan por el crisol de
la humillación. Confía en él y
te cuidará; sigue el camino recto y espera en él” (idem 4-6).
Muchas veces, la voluntad de
Dios permite que las cruces nos alcancen; inclinemos la cabeza con humildad y
paciencia.
Muchos
están listos para hacer la voluntad de Dios en el “Tabor de la
transfiguración”, pero pocos en el “Calvario de la crucifixión”.
Seamos como Nuestra Señora, que
dijo “sí” en el momento de la Encarnación de Nuestro Señor Jesucristo, pero lo
mantuvo en su presentación, en la fuga a Egipto, en el pretorio, en la
persecución al Señor, en el camino al Calvario y también al pie de la cruz.
Besar, agradecidos, esta mano
invisible que, muchas veces, permite que seamos heridos, agrada a Dios y nos
trae las bendiciones del cielo.
Para meditar: enseñanzas de los Santos Doctores
San Alfonso: “En este valle de lágrimas no puede tener
paz interior sino quien recibe y abraza con amor los sufrimientos, teniendo en
cuenta agradar a Dios”. Según él, “esa es la condición a la que estamos
reducidos como consecuencia de la corrupción del pecado”.
San
Juan Crisóstomo: “Es
mejor sufrir que hacer milagros, ya que aquel que hace milagros se vuelve
deudor de Dios, pero en el sufrimiento Dios se vuelve deudor del hombre”.
San
Agustín: “Cuando se
ama no se sufre, y si se sufre, se ama el sufrimiento”. “El martirio no depende
de la pena, sino de la cauda o fin por el cual se muere. Podemos tener la
gloria del martirio sin derramar nuestra sangre, con la simple
aceptación heroica de la voluntad de Dios”.
San
Francisco de Sales:
“Las cruces que nos encontramos por la calle son excelentes, pero aún
son mejores las de nuestra casa”.
Santa
Teresa de Ávila enseña: “Nada
te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda; la paciencia todo lo
alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: Sólo Dios basta”.
Por Canção
Nova
Fuente:
Aleteia
