Francisco
les pide a los nuevos obispos que pongan a Dios al centro de su ministerio,
porque Él es Aquel que pide todo, pero en cambio ofrece la vida plena
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| El Papa Francisco recibe nuevos obispos (ANSA) |
El
Papa invitó a los obispos a ir por el mundo alegres, sin amarguras, serenos,
sin angustias, consolados y nunca desolados, conservando el corazón de cordero
que, no obstante, están rodeados de lobos, saben que vencerán porque cuentan
con la ayuda del Pastor
El
Santo Padre recibió a 130 nuevos obispos participantes en el curso promovido
por la Congregación para los Obispos. Los prelados pertenecen a esta dicasterio
y a la Congregación para las Iglesias Orientales. El Papa en su mensaje saluda
a los nuevos pastores de la Iglesia, que, en la perspectiva de la alegría del
Evangelio, han buscado leer el misterio de su identidad apenas recibida en don por
Dios. Les hablo, dijo, de vuestras tareas como pastores: la tarea de la
santidad. Han sido elegidos por el Padre, que conoce los secretos de los
corazones, para que lo sirvan día y noche, para acercarlo a vuestros fieles.
Ustedes
no son fruto de un escrutinio humano, sino que vuestra elección viene desde lo
Alto. Por tanto, Francisco les pidió que se deben consumar día y noche, no con
una dedicación intermitente, o una fidelidad a fases alternas, o una obediencia
selectiva. Permanezcan vigilantes, dijo, incluso cuando la luz desaparece, o
cuando Dios mismo está escondido en la oscuridad, cuando se insinúa la
tentación de retirarse y el malvado, que siempre acecha, sugiere sutilmente
que, a estas alturas, el amanecer ya no vendrá. Entonces de nuevo, póstrense en
la tierra, para escuchar a Dios que habla y renueva su promesa jamás
desmentida.
Buscar la santidad para
vencer el mal
El
papa les pide que busquen su santidad, pero que no sea provocada por el
aislamiento, sino que prospere y de fruto en el cuerpo viviente de la Iglesia
que el Señor les ha confiado, así como a los pies de la cruz dio a su Madre al
discípulo amado. Acójanla, afirmó el Papa, como esposa para amar, una virgen
para ser cuidada, una madre fecunda. Que vuestro corazón no se distraiga de
otros amores; estén atentos para que el suelo de sus iglesias sea fértil para
la semilla de la Palabra y nunca pisoteado por los jabalíes. ¿Cómo lo harán? Se
pregunta el Pontífice, recordando que no somos nosotros el origen de nuestra
"porción de santidad", sino que es siempre Dios.
Es
una santidad consciente de que solamente la paternidad que está dentro de cada
uno es lo más efectivo, más grande, más valioso, más necesario que pueden
ofrecer el mundo. Es una santidad que crece mientras se descubre que Dios no es
domesticable, no necesita recintos para defender su libertad, y santifica lo
que toca.
Vencer la soledad y
el abandono con la Carne de Cristo
El
Pontífice es consciente de cómo la soledad y el abandono acechan en nuestro
tiempo, se expande el individualismo y crece la indiferencia hacia el destino
de los demás. Millones de hombres y mujeres, niños, jóvenes se pierden en una
realidad que ha oscurecido los puntos de referencia y se desestabilizan por la
angustia de pertenecer a la nada. Su destino no interpela la conciencia de
todos y, a menudo, lamentablemente, aquellos que tienen la mayor
responsabilidad, culpablemente, se apartan.
Pero
como dice el Papa, no se les permite ignorar la carne de Cristo, que les ha
sido confiada no solo en el sacramento que rompemos, sino también en las
personas que se les ha heredado. La santidad, dijo el Santo Padre, es tocar
esta carne de Dios que les precede, es entrar en contacto con su bondad. Miren
los pastores llamados en la noche de Belén: encontraron en aquel Niño la bondad
de Dios, es una alegría que nadie podrá robarles. Miren a la gente que de lejos
observaba el Calvario: regresaron a sus casas golpeándose el pecho porque
habían visto el cuerpo sangrante del verbo de Dios. La visión de la carne de
Dios excava en el corazón y prepara el lugar donde poco a poco toma su demora
la divina plenitud.
Trabajar en comunión con
especial atención a clero y seminarios
Por
tanto, el Obispo de Roma les pidió a los nuevos obispos que no se avergüencen
de la carne de sus iglesias. Que dialoguen con sus fieles, que tengan una
especial atención al clero y a los seminarios. No podemos responder a las responsabilidades
que tenemos con ellos, sin antes actualizar nuestros procesos de selección,
acompañamiento y evaluación. Pero nuestras respuestas carecerán de futuro si no
alcanzamos una profundidad espiritual que, en muchos casos, ha permitido
debilidades escandalosas, también debemos descubrir el vacío existencial que
esas debilidades han nutrido, debemos revelar por qué Dios ha sido callado, por
qué lo han silenciado y tan alejado de una determinada forma de vida, como si
no estuviera allí.
Y
aquí cada uno de ustedes tiene que entrar en lo más profundo de sí mismo y
preguntarse qué se puede hacer para hacer más santo el rostro de la Iglesia que
gobernamos en nombre del Supremo Pastor. No sirve de nada señalar con el dedo a
los demás, fabricar chivos expiatorios, arrancarse los vestidos, excavar en la
debilidad de los demás. Es necesario trabajar juntos y en comunión, ciertos que
la auténtica santidad es la que Dios cumple en nosotros, cuando dóciles a su
Espíritu regresamos a la sencilla alegría del Evangelio, para que la beatitud
nos haga carne para los demás, en nuestras elecciones y en nuestras vidas.
Poner a Dios al centro de
su ministerio
Francisco
les pide a los nuevos obispos que pongan a Dios al centro de su ministerio,
porque Él es Aquel que pide todo, pero en cambio ofrece la vida plena. No es
aquella vida diluida y mediocre, sin sentido porque está llena de soledad y
orgullo, si no la vida que fluye de su compañía que nunca falla, desde la
humilde fuerza de la cruz de su Hijo, desde la serena seguridad del amor
victorioso que vive en nosotros. No se dejen tentar de las historias de
catástrofes o profecías de desastres, afirmó, porque lo que realmente importa
es perseverar evitando que se enfríe el amor, o mantener alta la mirada hacia
el Señor, porque la Iglesia no es nuestra, sino que pertenece a Dios, Él estaba
antes que nosotros y estará después de nosotros. El destino de la Iglesia, del
pequeño rebaño, está escondido victoriosamente en la cruz del Hijo de Dios.
Nuestros
nombres están esculpidos en el corazón de Dios, nuestra suerte está en sus
manos. Por tanto, señaló el Papa, no gasten sus mejores energías para
contabilizar fallos o reprochar la amargura, dejando que su corazón se encoja y
reduzca sus horizontes, sino más bien que Cristo sea su alegría, el Evangelio y
su alimento. Mantengan su mirada fija solamente en el Señor Jesús y,
acostumbrándose a su luz, dijo, sepan buscarla incesantemente incluso donde se
refracta, incluso a través de humildes resplandores.
“Allí,
en las familias de sus comunidades, donde, en la paciencia persistente y en la
generosidad anónima, el don de la vida se acuna y nutre. Allí, donde está en
los corazones la certeza frágil pero indestructible de que prevalece la verdad,
que el amor no es en vano, que el perdón tiene el poder de cambiar y
reconciliar, que la unidad vence siempre a la división, que el valor de
olvidarse de sí mismo por el bien del otro es más satisfactorio que la primacía
intangible del ego”.
“Allí,
donde tantos hombres consagrados y ministros de Dios, en la dedicación
silenciosa de sí mismos, perseveran a pesar de que el bien a menudo no hace
ruido, que no es el tema de los blogs, ni aparece en las primeras páginas.
Ellos siguen creyendo y predicando valientemente el Evangelio de la gracia y la
misericordia a los hombres sedientos de razones para vivir, para tener
esperanza y para amar. No están asustados por las heridas de la carne de
Cristo, siempre infligidas por el pecado y algunas veces por los hijos de la
Iglesia”.
Patricia
Ynestroza-Ciudad del Vaticano
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