La salvación de Jesús no es "cosmética" sino
que transforma. Para hacerle lugar es necesario reconocerse pecadores y
acusarse a sí mismo, no a los demás. El Papa habló de ello esta mañana en la
Misa en la Casa Santa Marta
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El Papa Francisco en la misa matutina en Santa Marta (Vatican Media) |
Hay que reconocerse pecador: sin aprender a acusarse,
no se puede caminar en la vida cristiana. Es el corazón del mensaje del Papa
Francisco expresado hoy en la homilía de la Misa en Casa Santa Marta. Las
celebraciones eucarísticas matutinas en la capilla de Santa Marta se reanudaron
el lunes después de las vacaciones de verano. La reflexión de Francisco hoy se
desarrolla a partir del Evangelio hodierno de Lucas (Lc 5, 1-11), en el que
Jesús pide a Pedro subir a la barca y, después de predicar, le invita a echar
las redes y se realiza una pesca milagrosa.
Un episodio que nos recuerda la otra pesca milagrosa,
aquella sucedida después de la Resurrección, cuando Jesús pregunta a los
discípulos si tenían algo de comer. En ambos casos - observa el Papa -
"hay una unción de Pedro": primero como pescador de hombres, luego
como pastor. Jesús entonces cambia su nombre de Simón a Pedro y de "buen
israelita" Pedro sabía que un cambio de nombre significaba un cambio de
misión. Pedro "se sentía orgulloso porque realmente amaba a Jesús" y
esta pesca milagrosa representa un paso adelante en su vida.
Primer paso:
reconocerse a sí mismo como pecador
Después de ver que las redes casi se rompían a causa
del gran número de peces, se arrojó a las rodillas de Jesús y le dijo: "Señor,
aléjate de mí porque soy un pecador".
Éste es el primer paso decisivo de Pedro en el camino
del discipulado, como discípulo de Jesús, acusarse a sí mismo: "Yo soy un
pecador". El primer paso de Pedro es éste y también es el primer paso de
cada uno de nosotros, si se quiere entrar en la vida espiritual, en la vida de
Jesús, servir a Jesús, seguir a Jesús, debe ser éste, acusarse a sí mismo: sin
acusarse a sí mismo no se puede caminar en la vida cristiana.
La salvación de
Jesús no es cosmética sino que transforma
Pero hay un riesgo. Todos "sabemos que somos
pecadores" pero "no es fácil" acusarnos de ser concretamente
pecadores. "Estamos tan acostumbrados a decir: "Soy un pecador"
- observa el Papa - pero de la misma manera que decimos: “Soy humano” o “soy un
ciudadano italiano”. Acusarse a sí mismo es más bien sentir la propia miseria:
"sentirse miserable", “mísero”, ante el Señor. Se trata de sentir
vergüenza. Y es algo que no se hace con palabras sino con el corazón, es decir,
es una experiencia concreta como cuando Pedro le dice a Jesús que se aleje de
él, pecador: "se sentía verdaderamente pecador" y luego se sintió
salvado. La salvación que "Jesús nos trae" necesita esta confesión
sincera porque "no es una cosa cosmética", que cambia un poco tu
rostro con "dos pinceladas": transforma pero, para que entre, hay que
hacerle lugar con la confesión sincera de tus pecados, para que experimentes la
maravilla de Pedro.
No hablar de
los demás
El primer paso de la conversión es, por lo tanto,
acusarse a sí mismo con vergüenza y sentir la maravilla de sentirse salvado.
"Debemos convertirnos", "debemos hacer penitencia", exhorta
al Papa invitando a reflexionar sobre la tentación de acusar a los demás:
“Hay personas que viven hablando de los demás,
acusando a los demás y nunca pensando en sí mismos y cuando voy a
confesarme, cómo me confieso, ¿cómo los loros? "Bla, bla, bla, ... Yo hice
esto, esto...". ¿Pero tu corazón toca lo que has hecho? Tantas veces, no. Vas
allí para hacer cosmética, a maquillarte un poco para salir bello. Pero no
entró completamente en tu corazón, porque no hiciste lugar, porque no fuiste
capaz de acusarte a ti mismo”.
La gracia de
sentirse como pecadores concretos
El primer paso es, pues, una gracia: que cada uno
aprenda a acusarse a sí mismo y no a los demás:
“Una señal de que una persona no sabe, de que un
cristiano no sabe cómo acusarse a sí mismo es cuando está acostumbrado a acusar
a los demás, a hablar de los demás, a poner su nariz en la vida de los demás.
Eso es una mala señal. ¿Yo hago esto? Es una buena pregunta para llegar al
corazón. Pidamos hoy al Señor la gracia, la gracia de encontrarnos ante Él con
este estupor que da su presencia y la gracia de sentirnos pecadores, pero
concretos y decir como Pedro: "Aléjate de mí porque soy un pecador".
Debora Donnini - Ciudad del Vaticano
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