LA DEUDA PARA CON DIOS
I. Los incontables beneficios del Señor.
II. La Misa es la acción de gracias más perfecta que se puede ofrecer a
Dios.
III. Gratitud con todos; perdonar siempre cualquier ofensa.
«Entonces, acercándose
Pedro, le preguntó: Señor; ¿cuántas veces he de perdonar a mi hermano, cuando
peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le respondió: No te digo que hasta siete
veces, sino hasta setenta veces siete.
Por eso el Reino de los Cielos viene a
ser semejante a un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos. Puesto a
hacer cuentas, le presentaron uno que le debía diez mil talentos. Como no podía
pagar; el señor mandó que fuese vendido él con su mujer y sus hijos y todo lo
que tenía, y así pagase. Entonces el servidor; echándose a sus pies, le
suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré todo. El señor; compadecido
de aquel siervo, lo mandó soltar y le perdonó la deuda. Al salir aquel siervo,
encontró a tino de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándole, lo
ahogaba y le decía: Págame lo que me debes. Su compañero, echándose a sus pies,
le suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré. Pero no quiso, sino que
fue y lo hizo meter en la cárcel, hasta que pagase la deuda.
Al ver sus compañeros lo ocurrido, se
disgustaron mucho y fueron a contar a su señor lo que había pasado. Entonces su
señor lo mandó llamar y le dijo: Siervo malvado, yo te he perdonado toda la
deuda porque me lo has suplicado. ¿No debías tú también tener compasión de tu
compañero, como yo la he tenido de ti? Y su señor; irritado, lo entregó a los
verdugos, hasta que pagase toda la deuda. Del mismo modo hará con
vosotros mi Padre Celestial, si cada uno no perdona de corazón a su
hermano.» (Mateo 18, 21-35)
I. El Reino de los Cielos
es semejante a un rey que quiso arreglar cuentas con sus siervos, leemos en el
Evangelio de la Misa. Habiendo comenzado su tarea, se presentó uno que tenía
una deuda de diez mil talentos, una suma inmensa, imposible de pagar. Este
primer deudor somos nosotros mismos; adeudamos tanto a Dios que nos es
imposible pagarlo. Le debemos el beneficio de nuestra creación, por el cual nos
prefirió a otros muchos, a quienes pudo llamar a la existencia en nuestro
lugar.
Con
la colaboración de nuestros padres formó el cuerpo, para el que creó,
directamente, un alma inmortal, irrepetible, destinada, junto con el cuerpo, a
ser eternamente feliz en el Cielo. Nos encontramos en el mundo por expreso
deseo suyo. Le debemos la conservación en la existencia, pues sin Él
volveríamos a la nada. Nos ha dado las energías y cualidades del cuerpo y del
espíritu, la salud, la vida y todos los bienes que poseemos. Por encima de este
orden natural, estamos en deuda con Él por el beneficio de la Encarnación de su
Hijo, por la Redención, por la filiación divina, por la llamada a participar de
la vida divina aquí en la tierra y más tarde en el Cielo con la glorificación
del alma y del cuerpo.
Le
debemos el don inmenso de ser hijos de la Iglesia, en la que tenemos la dicha
de poder recibir los sacramentos y, de modo singular, la Sagrada Eucaristía. En
la Iglesia, por la Comunión de los Santos, participamos en las buenas obras de
los demás fieles; en cualquier momento estamos recibiendo gracias de otros
miembros, de quienes están en oración o de aquellos que han ofrecido su trabajo
o su dolor... También recibimos continuamente el beneficio de los santos que ya
están en el Cielo, de las almas del Purgatorio y de los Angeles. Todo nos llega
por las manos de Nuestra Madre, Santa María, y en última instancia por la
fuente inagotable de los méritos infinitos de Cristo, nuestra Cabeza, nuestro
Redentor y Mediador. Estas ayudas nos favorecen diariamente, preservándonos del
pecado, iluminándonos interiormente, estimulándonos a cumplir con nuestro
deber, a hacer el bien en todo momento, a callar cuando los demás murmuran, a
salir en defensa de los más débiles...
Debemos
a Dios la gracia necesaria para practicar el bien, la constancia en los
propósitos, los deseos cada vez mayores de seguir a Jesucristo, y todo progreso
en las virtudes. Le debemos de modo muy particular la gracia inmensa de la
vocación a la que cada uno de nosotros ha sido llamado, y de la que se han
derivado luego tantas otras gracias y ayudas...
En
verdad, somos unos deudores insolventes, que no tenemos con qué pagar. Sólo
podemos adoptar la actitud del siervo de esta parábola: Entonces el servidor,
echándose a sus pies, le suplicaba: Ten paciencia conmigo y te pagaré todo. Y
como somos sus hijos, nos podemos acercar a Él con una confianza ilimitada. Los
padres no se acuerdan de los préstamos que un día, llevados por el amor,
hicieron a sus hijos pequeños. «Descansa en la filiación divina. Dios es un
Padre -¡tu Padre!- lleno de ternura, de infinito amor.
»-Llámale
Padre muchas veces, y dile -a solas- que le quieres, ¡que le quieres
muchísimo!: que sientes el orgullo y la fuerza de ser hijo suyo». Nuestro
hermano mayor, Jesucristo, paga con creces por todos nosotros.
II. Ten paciencia conmigo y
te pagaré todo...
En
la Santa Misa ofrecemos con el sacerdote la hostia pura, santa, inmaculada, una
acción de gracias de infinito valor, y unimos a ella la insuficiencia de
nuestro pobre agradecimiento: Dirige tu mirada serena y bondadosa sobre esta
ofrenda, le suplicamos cada día; acéptala, como aceptaste el sacrificio de
Abrahán, nuestro padre en la fe, y la oblación pura de tu sumo sacerdote
Melquisedec. Por Cristo, con Él y en Él, a Ti, Dios Padre omnipotente, en
unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los
siglos... Con Cristo, unidos a Él, podemos decir: todo te lo pagaré.
La
Misa es la más perfecta acción de gracias que puede ofrecerse a Dios. La vida
entera de Cristo fue una continuada acción de gracias al Padre, actitud
interior que en diversas ocasiones se traducía al exterior en palabras y en
gestos, como han recogido los Evangelistas. Gracias te doy, porque me has
escuchado, exclama Jesús después de la resurrección de Lázaro. Y en la
multiplicación de los panes y de los peces da igualmente gracias antes de que
sean repartidos a la multitud que espera. En la Ultima Cena tomó pan, dio
gracias, lo partió..., tomó luego un cáliz, y dadas las gracias...
En
el milagro de la curación de los leprosos podemos apreciar cómo el Señor no es
indiferente al agradecimiento: ¿No ha habido quien volviera a dar gloria a Dios
sino este extranjero?, pregunta Jesús extrañado; y, a la vez, no deja de
alertar a sus discípulos sobre el pecado de ingratitud, en el que pueden
incurrir aquellos que, a fuerza de recibir abundantes beneficios, acaban no
agradeciendo ninguno, porque se acostumbran a recibir, y llegan incluso a
considerar que les son debidos. Todo es don de Dios. Estar en sintonía con Dios
supone acoger sus favores con el ánimo agradecido de quien es consciente del
don del que es objeto. Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice
"dame de beber", tú le pedirías a Él, y Él te daría a ti agua viva,
hubo de aclarar el Señora la mujer samaritana, que estaba a punto de cerrarse a
la gracia.
Nuestro
agradecimiento a Dios por tantos y tantos dones, que no podemos pagar, se ha de
unir a la acción de gracias de Cristo en la Santa Misa. Quien es agradecido ve
las cosas buenas con buenos ojos, y su disposición interior se identifica con
el amor. Así debemos acudir cada día al Santo Sacrificio del Altar, diciéndole
a Dios Padre, en unión con Jesucristo: ¡qué bueno eres, Padre!, ¡gracias por
todo!: por aquellos bienes que contemplo a mi alrededor y por esos otros, mucho
mayores, que Tú me das y que ahora están ocultos a mis ojos.
¿Cómo
podré pagar a Dios todo el bien que me ha hecho?, nos podemos preguntar cada
día con el Salmista. Y no hallaremos mejor forma que participar cada día con
más hondura en la Santa Misa, ofreciendo al Padre el sacrificio del Hijo, al que
‑a pesar de nuestra poquedad- uniremos nuestra personal oblación: Bendice y
acepta, oh Padre, esta ofrenda haciéndola espiritual... La presencia del Señor
en el Sagrario es otro motivo profundo para darle gracias con el corazón lleno
de alegría.
III.
Aunque toda la Misa es acción de gracias, ésta queda particularmente señalada
en el momento del Prefacio. En un particular clima de alegría, reconocemos y
proclamamos que es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte
gracias siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y
eterno, por Cristo nuestro Señor.
Gracias
siempre y en todo lugar... Ésa debe ser nuestra actitud ante Dios: ser
agradecidos en todo momento, en cualquier circunstancia. También cuando nos
cueste entender algún acontecimiento. «Es muy grato a Dios el reconocimiento a
su bondad que supone recitar un "Te Deum" de acción de gracias,
siempre que acontece un suceso algo extraordinario, sin dar peso a que sea
-como lo llama el mundo- favorable o adverso: porque viniendo de sus manos de
Padre, aunque el golpe del cincel hiera la carne, es también una prueba de
Amor, que quita nuestras aristas para acercarnos a la perfección». Todo es una
continua llamada ut in gratiarum actione semper maneamus..., para que
permanezcamos siempre en una continua acción de gracias.
Ut in gratiarum actione
semper maneamus... Debemos
trasladar a nuestra vida corriente esta actitud agradecida para con Dios.
Aprovechemos los acontecimientos pequeños del día para mostrarnos agradecidos
por tantos servicios que lleva consigo la vida de familia y toda convivencia:
en el trabajo, en las relaciones sociales... Mostremos nuestra gratitud a quien
nos vende el periódico, al dependiente que nos atiende, a quien ha permitido
que podamos salir con el coche en medio del tráfico de la gran ciudad, a la
farmacéutica que tan amablemente nos ha despachado esas medicinas.
Pero
el Señor nos muestra en este pasaje del Evangelio otro modo de saldar nuestras
deudas con Él: también las que hemos contraído por las muchas culpas de
nuestros pecados y faltas de correspondencia. Quiere el Señor que perdonemos y
disculpemos las posibles ofensas que los demás pueden hacernos, pues, en el
peor de los casos, la suma de las ofensas que hemos podido recibir no superan
los cien denarios, algo completamente irrelevante en comparación de los diez
mil talentos (unos sesenta millones de denarios).
Si
nosotros sabemos disculpar las pequeñeces de los demás (en algún caso quizá
también una injuria grave), el Señor no tendrá en cuenta la larga deuda que
tenemos con Él. Ésta es la condición que nos pone Jesús al final de la
parábola. Y es lo que decimos a Dios cada día al recitar el Padrenuestro:
perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos
ofenden. Cuando disculpamos y olvidamos, imitamos al Señor, pues nada «nos
asemeja tanto a Dios como estar siempre dispuestos para el perdón».
Acabamos
nuestra meditación con una oración muy frecuente en el pueblo cristiano: Te doy
gracias, Dios mío, por haberme creado, redimido, hecho cristiano y conservado
la vida. Te ofrezco mis pensamientos, palabras y obras de este día. No permitas
que te ofenda y dame fortaleza para huir de las ocasiones de pecar. Haz que
crezca mi amor hacia Ti y hacia los demás.
Textos basados en ideas de Hablar con Dios de F. Fernández Carvajal.
Fuente: Almudi.org
