Sólo Dios da el crecimiento, mientras el hombre duerme. Pretender ocupar el lugar de Dios es necedad y pecado de orgullo
Hay muchas formas de ateísmo, unas más claras que otras. Existe el
ateísmo teórico que niega a Dios desde presupuestos de la razón. Está el
ateísmo práctico que no se preocupa por los argumentos lógicos de la existencia
de Dios, pero explica la vida como si Dios no existiera. Simplemente lo ignora.
Hay también un ateísmo de los creyentes, aunque parezca
paradójico. Hay creyentes que confiesan a Dios, pero con frecuencia pretenden
ocupar su puesto. No aceptan que Dios tenga la primacía en todo, y
especialmente, en el crecimiento de su Reino. De alguna manera, pretenden
arrebatar a Dios el protagonismo que sólo él tiene en la historia.
Hace años, P. Zulehner, catedrático de teología pastoral en la
universidad católica de Viena, respondía así a la pregunta sobre los pecados
más graves de la Iglesia: «Me atrevo a decir que el mayor pecado de la Iglesia
es el ateísmo eclesial. Es una palabra muy dura. Pero es como si la misma
Iglesia se olvidara de Dios, que se fiara demasiado de sus planes y de sus
fuerzas y se preguntara demasiado poco qué es lo que Dios le pide y para qué la
capacita».
Algo de esto quiere decir Jesús con las dos parábolas del
evangelio de este domingo. En la primera compara el Reino de Dios con el
sembrador que lanza la semilla a la tierra: «Él duerme de noche y se levanta de
mañana; la semilla germina y va creciendo sin que él sepa cómo. La tierra va
produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después
el grano.
Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la
siega». Es una parábola luminosa que pone al hombre en su sitio, y a Dios en el
suyo. El hombre duerme de noche y se levanta de mañana, dice Jesús, queriendo
decir que la acción no es suya. El Reino de Dios necesita la colaboración del
hombre, naturalmente. Pero sólo Dios da el crecimiento, mientras el hombre
duerme. Pretender ocupar el lugar de Dios es necedad y pecado de orgullo.
Sin embargo, ¡cuántas veces caemos en la tentación de sustituirle!
Ya decía Isaías que los caminos y pensamientos de Dios no son los de los
hombres. Y ya tenemos experiencia para saber qué ocurre cuando el hombre
intenta desbancar a Dios y ocupar su sitio. Es una forma sutil y grosera al
mismo tiempo de ateísmo.
La segunda parábola, llamada del grano de mostaza, compara el
Reino de Dios con la semilla más pequeña. Cuando crece y se desarrolla, se
convierte en un arbusto tan grande que los pájaros pueden anidar y cobijarse en
él. Jesús apela a la dialéctica de la desproporción entre lo que se siembra y
el fruto de la semilla. Así es el Reino de Dios: humilde en sus orígenes y
desbordante en sus frutos. ¿Quién está detrás de este desarrollo? ¿El hombre?
Desde luego que no.
Por mucho que riegue, abone y cultive la tierra, nunca podrá crear
una semilla con un potencial semejante. Sólo Dios puede hacer el prodigio
anunciado por el profeta Ezequiel: «Yo humillo los árboles altos y elevo los
árboles pequeños; seco los árboles lozanos y hago florecer los árboles secos».
Según el profeta, Dios tomará un pequeño brote de cedro y lo plantará en la
montaña más alta de Israel. Echará ramas, dará fruto y se convertirá en un
cedro magnífico que dará cobijo a toda clase de pájaros.
Es claro que Jesús conocía este texto del profeta y pudo
inspirarse en él para presentar el Reino que traía en sí
mismo. Si lo observamos bien, el árbol en que se cobijan todos los hombres es
la cruz, que se ha desarrollado gracias al grano de tierra caído en tierra, que
es Cristo. El es el Reino, que lleva en sí la capacidad de desarrollarse y
extenderse por todo el mundo y convertirse en el lugar donde todo hombre
encuentra cobijo.
+ César Franco
Obispo de Segovia.
Fuente: Diócesis de Segovia