COMENTARIO AL EVANGELIO DE NUESTRO OBISPO D. CÉSAR: «LA BLASFEMIA CONTRA EL ESPÍRITU»

«¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y paseando la mirada por el corro, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mc 3,35)

Las palabras de Jesús en el evangelio de este domingo siempre sorprenden a los lectores. Dice que «todo se les podrá perdonar a los hombres; los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre» (Mc 3, 28-29). ¿Cómo es posible que este pecado no tenga perdón? ¿No es infinito el amor de Dios e infinita su capacidad de perdonar?

Para entender esta afirmación de Cristo, conviene situarla en su contexto histórico. La enseñanza y la actividad de Jesús suscitó fuertes controversias, muchas alimentadas por la admiración hacia su persona y otras por el odio que alentaban sus enemigos. Sus propios familiares, dice Marcos en el evangelio de este domingo, llegaron a pensar que estaba loco. 

En este contexto, se añade que los escribas de Jerusalén pensaban que estaba endemoniado y que expulsaba los demonios por un pacto con el jefe de los demonios. Contra esta acusación, Jesús se defiende con un argumento contundente: Es imposible que Satanás luche contra sí mismo para dividir su reino. Los milagros de Jesús, especialmente las curaciones de posesos, indican que él es más fuerte que Satanás y puede arrebatarle sus rehenes. Y para dejar claro en qué consiste la blasfemia contra el Espíritu Santo, añade el evangelista: «Se refería a quienes decían que tenía dentro un espíritu inmundo».

Equiparar al Espíritu Santo con Satanás constituye una blasfemia imperdonable, pues da por supuesto que quien llega a tal extremo se cierra al arrepentimiento y al perdón. Un teólogo de nuestro tiempo comenta así esta blasfemia contra el Espíritu Santo: «Es una abierta oposición a Dios, cuyo Espíritu, activo en la obra de Jesús es visible a quien lo quiera ver. Allí donde actúan los hombres —también la Iglesia— su acción puede ser criticada, pero donde es Dios mismo el que actúa, el hombre que se opone a él se condena a sí mismo».

Se explica así por qué Jesús, cuando invita a creer en él a quienes se le oponían de modo pertinaz, les ofrecía el testimonio de sus obras: «Si no creéis en mi, al menos creed en mis obras» que dan testimonio de mí. Si Jesús, en efecto, realizaba milagros, cuyos contemporáneos reconocían, era en razón de su poder espiritual y de su estrecha unión con su Padre. 

Interpretar este poder como signo de un pacto con el demonio significaba oponerse radicalmente a Dios y negar en definitiva el bien supremo. Tal posición incapacita para recibir el perdón. No es que Dios no pueda perdonar; es el hombre el que se opone a recibir la verdad y el amor.  Aquí radica el drama enorme de la libertad humana que puede oponerse a Dios hasta sus últimas consecuencias.

El evangelio de este domingo, sin embargo, no es sombrío, a pesar de esta seria advertencia de Jesús. Cuando le dicen a Jesús que su madre y familiares le buscan, Jesús afirma: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Y paseando la mirada por el corro, dijo: Estos son mi madre y mis hermanos. El que cumple la voluntad de Dios, ese es mi hermano y mi hermana y mi madre» (Mc 3,35).

En contraste con aquellos que blasfemaban contra el Espíritu, aparece la comunidad de Jesús, que escucha su palabra y le sigue. Son los bienaventurados y sencillos de corazón que perciben en Jesús la presencia misma de Dios, actuando en la historia, y se adhieren con fe y alegría a quien revela la autoridad de Dios en sus gestos y palabras. Esta es la familia de Jesús, que no se rige por categorías de carne y sangre sino por la fe. Esta familia nacida en torno a Jesús, la Iglesia, es el signo más elocuente de que la acción de Cristo desautoriza la crítica de sus enemigos.

+ César Franco
Obispo de Segovia.

Fuente: Diócesis de Segovia