La Iglesia es cuidadosa al
declarar solamente ciertos sucesos como milagrosos
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| Darrell Miller | CC BY-NC 2.0 |
Al
ser humano siempre le han fascinado los milagros. En todas las épocas han
ocurrido acontecimientos que no pueden explicarse por un razonamiento natural y
que son considerados de origen divino.
Ser
cristiano implica creer en los milagros. La vida entera de Jesús estuvo llena
de milagros, desde su concepción virginal hasta su resurrección y ascensión.
El Catecismo
de la Iglesia Católica explica la importancia de los milagros para el
creyente cristiano: “Los milagros de Cristo y de los santos, las profecías, la
propagación y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad ‘son
signos certísimos de la Revelación divina, adaptados a la inteligencia de
todos’, motivos de credibilidad [motiva credibilitatis] que muestran que ‘el
asentimiento de la fe no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu’”
(CIC 156).
En
otras palabras, los milagros son reales, nos confirman la realidad de lo
sobrenatural y nos garantizan la existencia de Dios.
Sin
embargo, la Iglesia no cree que cualquier cosa difícil de explicar por la
ciencia sea un milagro. Tiene un procedimiento muy estricto que examina
cada suceso y determina si tiene de verdad un “origen sobrenatural”.
Santo
Tomás de Aquino describió los milagros como “las cosas que divinamente se
realizan fuera del orden comúnmente observado en la naturaleza”. Esto significa
que un milagro debe tener pruebas sólidas de que no haberse producido siguiendo
las normas naturales.
Uno
de los tipos de milagros más comunes es la curación repentina de
alguien. Según Michael O’Neill, “para que la cura se considere milagrosa, la
enfermedad debe ser grave e imposible (o al menos muy difícil) de curar por medios
humanos y no estar en una fase en la que tienda a desaparecer pronto por sí
misma. No debe haberse recibido ningún tratamiento médico o debe estar claro
que el tratamiento recibido no tiene relación con la cura. La sanación debe ser
espontánea, completa y permanente”.
En
todos los casos, el obispo local es la primera autoridad en investigar el
milagro. Crea un consejo de profesionales médicos que evaluarán el suceso
y luego le informarán de los resultados.
En
la mayoría de los casos, el suceso no se verifica como milagro. Por ejemplo,
“la Comisión Médica de Lourdes, aunque ha documentado más de 8.000 curaciones
extraordinarias, solamente ha validado [70] de ellas”.
Este
tipo de escepticismo se emplea en todos los tipos de milagros examinados por la
Iglesia. Ya sea una aparición de la Virgen o un milagro
eucarístico, un equipo de científicos investigará el acontecimiento para
determinar si sigue las reglas de la naturaleza o si es imposible explicarlo
sin una causa sobrenatural.
Aun
así, a pesar de este estricto procedimiento, se proclaman milagros de forma
regular. Para casi todas las beatificaciones y canonizaciones es requisito
principal la existencia de milagros, lo cual muestra claramente el poder de
Dios a través de la intercesión de un individuo.
Esto
confirma el interés que Dios tiene en nuestros asuntos y su voluntad de
ayudarnos en momentos de necesidad. No es un “dios distante en las nubes”, sino
un Dios amante que está presente entre nosotros y nos mantiene a nosotros y a
toda la creación en la existencia.
En
cierto sentido, todos los días son un milagro y toda la creación proclama el
poder y la gloria de Dios.
Philip
Kosloski
Fuente:
Aleteia
