Si no dejo de liarla
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Me gustan las cosas como son. Pero también
me gusta lo que todavía no es y puede llegar a ser. Lo que sueño, lo que deseo,
aquello a lo que aspiro. En mi alma, en los demás. A veces me cuesta creer en
lo que todavía no veo. La vista se me nubla y me desanimo.
No quiero que me pase lo que
leía: “A
menudo es la lectura de las cosas y, sobre todo, de uno mismo, la que da el
tono a lo que seguirá; si nos sentimos ineptos, seremos ineptos; las profecías
generadas por el miedo tienden a autocumplirse”[1].
No quiero verme inepto sino
capaz. No torpe sino hábil. Porque cuando dudo de mí mismo y temo fracasar,
acabaré fracasando. No quiero creer que nunca llegaré a
ser lo que deseo.
Quiero,
eso sí, ser honesto conmigo mismo, aceptar los límites y saber dónde queda lo imposible.
Pero al mismo tiempo, al ver la
semilla que hay en mi interior, quiero creer en lo que puedo llegar a ser.
Es cierto que siempre habrá
personas dispuestas a desanimarme en medio de mi camino. Me humillarán con sus
palabras. Pretenderán que no llegue tan lejos como quiero.
Desacreditarán mis intentos por
cambiar asegurándome que no puedo lograrlo. O porque ellos no han podido. O
porque desean que yo no lo logre.
No quiero creer en sus palabras
que minan mi confianza. Las palabras de los demás tienen sobre mí sólo el poder
que yo les doy.
El otro día leía: “Si
dejas que se den cuenta de que sus palabras te hacen daño, jamás te librarás de
las burlas. Si te ponen un mote, adóptalo y transfórmalo en tu nombre, y así no
podrán usarlo para herirte”.
Acepto mis límites y no olvido
de dónde vengo. Sé dónde están mis heridas y mis topes. Mis
luces y mis sombras. Sé lo que he escalado y lo que
todavía me falta hasta la cima. No me olvido de mi origen, ni del color de mi
piel.
No quiero que me pase lo que
observa el psiquiatra George Vaillant: “Es muy común que las larvas se
conviertan en mariposas y que después sostengan que han sido pequeñas mariposas
también en su juventud. La maduración nos hace a todos mentirosos”[2].
Soy larva y mariposa al mismo
tiempo. Soy pecado y virtud. Soy torpe y hábil. Estoy en camino, a medio hacer,
aún no he llegado a la meta.
Me gusta cómo soy sin ser
todavía mariposa. Y me gusta todo lo que puedo llegar a ser si me dejo hacer
por Dios.
Me alegra ver que mi alegría
todavía no es plena. Y mis luces conviven con mis sombras. Siempre
a mitad de camino entre el ayer y el mañana.
Sé que tengo que mejorar, que
crecer. Me cuesta aceptar el presente a veces. Echo la culpa a los demás de mis
carencias. Al tiempo, a la vida.
Culpo
a otros para no tener que tomarme en serio mi propia educación. Para no tener que cambiar lo que me
cuesta cambiar.
Me
falta orden. Y me dejo llevar por las pasiones y los sentimientos más hondos.
Me justifico. Soy
así, me digo.
Quiero que la alegría esté
presente siempre en mi alma. Y quiero ser causa de alegría para muchos, y no
estallar con ira cuando las cosas no salen como quiero.
Quiero
tener esa paz alegre de los santos y no vivir nervioso y angustiado, por no
confiar en Dios que conduce mi vida.
Comenta el padre José Kentenich: “¿Cómo
educar en la alegría, cómo ser maestros, modelos y apóstoles de la alegría? En
nuestra alma tiene que manar, caudalosa, la fuente de la alegría. Y para
ser maestros, apóstoles, artistas de la alegría, hay que ser artistas,
apóstoles y maestros de un amor a Dios muy hondo y de alto vuelo”[3].
Una alegría que descansa en el
corazón de Dios. Que la alegría de Dios reine en mí apagando la tristeza. Que
mi alegría llegue a su plenitud. Un corazón alegre, puro, confiado.
Transformado en el amor de Dios.
He sido larva y muchas veces soy
larva antes de crecer y ser mariposa. Antes de que haya alegría conozco la
miseria y el pecado. La tristeza y el desorden.
Dios
puede cambiarme por
dentro. Puede hacerlo. Para vencer lo que no es suyo. Para cambiarme y hacerme
mejor.
Quiero empezar de cero. Siempre
de nuevo. Reconozco mi fragilidad y sueño con los milagros que puede
hacer Dios en mí.
Carlos Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia
