Esta solemnidad nos hace recordar y revivir la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y los demás discípulos, reunidos en oración con la Virgen María en el Cenáculo
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| Pentecostés / Crédito: Waiting for the World (CC-BY-2.0) |
Este
domingo 20 de mayo la Iglesia ha celebrado la Solemnidad de Pentecostés, día en
que se cumplió la promesa de Cristo a los apóstoles, de que el Padre enviaría
al Espíritu Santo para guiarlos en la misión evangelizadora.
Para
comprender más de esta fiesta, aquí presentamos ocho claves.
1. Proviene de la
palabra griega que significa "quincuagésimo" (pentecoste)
La
razón es que Pentecostés es el quincuagésimo día (en griego, pentecoste
hemera) después del Domingo de Pascua (en el calendario cristiano).
Este
nombre se empezó a usar en el período tardío del Antiguo Testamento y fue
heredado por los autores del Nuevo Testamento.
2. Esta festividad tiene
otros nombres
La
fiesta de las semanas
La
fiesta de la cosecha
El
día de los primeros frutos
Hoy
en día en los círculos judíos se le conoce como Shavu`ot (en hebreo,
"semanas"). Además, se le conoce con diferentes nombres en varios
idiomas.
En
los países de habla inglesa también se le ha conocido como
"Whitsunday" (Domingo Blanco), nombre que se deriva probablemente de
las prendas blancas de los recién bautizados.
3. Pentecostés fue otro
tipo de fiesta en el Antiguo Testamento
Fue
un festival para la cosecha y significaba que esta estaba llegando a su fin.
Deuteronomio 16 dice:
“Luego
contarás siete semanas; las contarás desde el día en que comiences a cortar el
trigo. Entonces celebrarás la fiesta de las Siete Semanas a Yahvé, tu Dios,
haciéndole ofrendas voluntarias según lo que hayas cosechado por la gracia de
Yahvé, tu Dios”. (Dt. 16:9-10)
4. En el Nuevo
Testamento representa el cumplimiento de la promesa de Cristo
Representa
el cumplimiento de la promesa de Cristo al final del Evangelio de San Lucas:
“Les
dijo: ‘Todo esto estaba escrito: los padecimientos del Mesías y su resurrección
de entre los muertos al tercer día. Luego debe proclamarse en su nombre el
arrepentimiento y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén, y yendo
después a todas las naciones, invitándolas a que se conviertan. Ustedes son
testigos de todo esto. Ahora yo voy a enviar sobre ustedes lo que mi Padre
prometió. Permanezcan, pues, en la ciudad hasta que sean revestidos de la
fuerza que viene de arriba’”. (Lc. 24:46-49)
5. El Espíritu Santo
tiene diferentes símbolos en el Nuevo Testamento
Hechos
2 recuerda:
“Cuando
llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente
vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que
llenó toda la casa donde estaban, y aparecieron unas lenguas como de fuego que
se repartieron y fueron posándose sobre cada uno de ellos. Todos quedaron
llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el
Espíritu les concedía que se expresaran”.
Este
pasaje contiene dos símbolos del Espíritu Santo y su actividad: el viento y el
fuego.
El viento es un símbolo básico
del Espíritu Santo; la palabra griega que significa "Espíritu"
(Pneuma) también significa "viento" y "aliento". Aunque el
término usado para "viento" en este pasaje es pnoe (un término
relacionado con pneuma), al lector se le da a entender la conexión entre el
viento fuerte y el Espíritu Santo.
En relación al símbolo
del fuego el Catecismo señala:
Mientras
que el agua significaba el nacimiento y la fecundidad de la vida dada en el
Espíritu Santo, el fuego simboliza la energía transformadora de los actos del
Espíritu Santo. El profeta Elías que “surgió […] como el fuego y cuya palabra
abrasaba como antorcha” (Si 48, 1), con su oración, atrajo el fuego del cielo
sobre el sacrificio del monte Carmelo (cf. 1 R 18, 38-39), figura del fuego del
Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, “que precede al Señor
con el espíritu y el poder de Elías” (Lc 1, 17), anuncia a Cristo como el que
“bautizará en el Espíritu Santo y el fuego” (Lc 3, 16), Espíritu del cual Jesús
dirá: “He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese
encendido!” (Lc 12, 49). En forma de lenguas “como de fuego” se posó el
Espíritu Santo sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él
(Hch 2, 3-4). La tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como
uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo (cf. San Juan de la
Cruz, Llama de amor viva). “No extingáis el Espíritu” (1 Ts 5, 19). (CIC
696)
6. Existe una conexión
entre las "lenguas" de fuego y el hablar en otras "lenguas"
Sí.
En ambos casos la palabra griega para "lenguas" es la misma
(glossai), y el lector está destinado a entender la conexión.
La
palabra "lengua" se utiliza para significar tanto una “llama (fuego)”
como “lenguaje”.
Las
"lenguas como de fuego" que se distribuyen y se almacenan sobre los
discípulos, provocan que empiecen a hablar milagrosamente en "otras
lenguas" (es decir, los idiomas)
Ese
es el resultado de la acción del Espíritu Santo, representado por el fuego.
7. El Espíritu Santo es
Dios
Según
el Catecismo de la Iglesia Católica, el Espíritu Santo es la "Tercera
Persona de la Santísima Trinidad". Es decir, habiendo un sólo Dios,
existen en Él tres personas distintas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta
verdad ha sido revelada por Jesús en su Evangelio.
El
Espíritu Santo coopera con el Padre y el Hijo desde el comienzo de la historia
hasta su consumación, pero es en los últimos tiempos, inaugurados con la
Encarnación, cuando el Espíritu se revela y nos es dado, cuando es reconocido y
acogido como persona. El Señor Jesús nos lo presenta y se refiere a Él no como
una potencia impersonal, sino como una Persona diferente, con un obrar propio y
un carácter personal.
8. Pentecostés significa
participar de la vida divina de Cristo y ser testigos
La
solemnidad de Pentecostés es una de las más importantes en el calendario de la
Iglesia y contiene una rica profundidad de significado. De esta forma lo
resumió Benedicto XVI el
27 de mayo del 2012:
“Esta
solemnidad nos hace recordar y revivir la efusión del Espíritu Santo sobre los
Apóstoles y los demás discípulos, reunidos en oración con la Virgen María en el
Cenáculo (cf. Hch 2, 1-11). Jesús, después de resucitar y subir al cielo, envía
a la Iglesia su Espíritu para que cada cristiano pueda participar en su misma
vida divina y se convierta en su testigo en el mundo. El Espíritu Santo,
irrumpiendo en la historia, derrota su aridez, abre los corazones a la
esperanza, estimula y favorece en nosotros la maduración interior en la
relación con Dios y con el prójimo”.
Traducido por y adaptado
por Diego López Marina. Publicado originalmente en National
Catholic Register.
Fuente: ACI
