Cuando no sufro tensiones eso quiere decir que
estoy apagado o vivo de espaldas al mundo al que sirvo
Vivir entre tensiones es lo más habitual.
La tensión que sufro al tener que optar por relacionarme con los otros o
quedarme solo. La lucha por hacer el bien y luego ver el mal que hago. La
distancia tensa entre mis sueños y mis realidades. El deseo fugaz de tocar las
estrellas y la dureza de la tierra que piso.
La tensión entre lo que me
propongo y lo que al final consigo hacer. Entre la fe que me hace creer en una
vida nueva y la vida de siempre que vuelvo a tocar. La exigencia de los que me
rodean y piden más. Y la exigencia que yo mismo me pongo.
El cansancio que sufro al no
poder estar a la altura. El deseo que tengo de darlo todo y mi afán por
conservarlo todo. La tensión entre un deseo infinito que habita dentro del
alma. Y ese mundo finito que abrazo y amo.
La tensión entre la carne en la
que vivo y el espíritu en el que deseo vivir. El mundo de mis ideas y el de mis
logros tangibles. La tensión entre lo que busco y lo que luego encuentro. Entre
el mal y el bien. Entre el mañana y el pasado.
Las
tensiones a veces parecen romperme por dentro. Me parten. Me exigen. Pueden llegar a paralizarme. Deseo a
veces lo más grande. Y al mismo tiempo sueño con lo más pequeño. En esa lucha
de poderes entre los extremos se debate mi alma.
Decía el padre José Kentenich: “Aquí
en la tierra, Dios apunta siempre al ideal de la unidad
de tensiones,
que en la visio beata desemboca en una perfecta unidad ordenada”[1].
Sueño
con una unidad ordenada en medio de mi desorden. Con la paz profunda en medio del caos
de mis sentimientos. En medio de mis pasiones desordenadas y mis juicios
razonables. Una armonía que logre unir extremos aparentemente irreconciliables.
Me gustaría lo más excelso.
Mientras caigo agotado en una vulgar rutina. No sé si podré vivir siempre alegre entre
tensiones. Entre guerras. Entre dimes y diretes. Es lo que
me propongo al estrenar un nuevo día cada mañana. Un comienzo confiado.
Sé que mis tensiones luchan por
romperme en mil pedazos. Y yo reconstruyo los pedazos rotos sabiendo que tengo
que aprender a convivir feliz con lo que me tensa.
El otro día leía: “Seréis
liberados de la presión por rendir cada vez más y compararse con los demás y
las tensiones cederán. Todo lo que hacéis es ocuparos de vosotros mismos,
vuestras penas y éxitos. Volveros atrás y comunicaos con la vid. Manteneos
unidos a ella con todos los sentidos y todas las fuerzas. Ella se ocupará de
que deis buenos frutos. Estando absortos en lo propio, no os dais cuenta de que
hace mucho tiempo que se ha cortado la comunicación con la vid y ya no fluye la
fuerza vital dentro de vosotros”[2].
A veces me detengo absorto,
demasiado ocupado conmigo mismo. Esa preocupación excesiva por mí en lugar
de darme paz, me tensa más.
La vid es Jesús en mi vida.
Vuelvo hacia Él mi rostro. Me vuelco en el que sufre. Desaparece esa
lucha enfermiza por mantenerme firme en medio de mis tensiones. Entre
lo que tengo que hacer y lo que puedo lograr. Entre lo que me exigen y lo que
puedo dar.
Me
relajo. No lo puedo hacer todo bien. Constato mi debilidad y encuentro una paz
desconocida hasta ahora.
No sé si soy realmente tan libre
como para soñar con una vida plena cuando no dejo de vivir mediocremente. No lo
sé. A veces me encuentro no haciendo lo que realmente quiero hacer.
Y me convierto en un desconocido
confundido entre muchos. Un hombre masificado en medio de rostros uniformes: “Hombre
masa es el que hace lo que todos hacen porque todos lo hacen”[3].
En lugar de seguir a Jesús le
doy las riendas de mi vida a otros. A los que tensan mi alma invitándome a
imitar sus pasos. Me convierto en uno más oculto una masa gris.
No logro decidir qué hacer con
todo lo que me tensiona. Creo que tengo que aprender a vivir con tensiones. Caminar
en medio de ellas. El trigo y la cizaña. Así es la vida.
No me amargo por las tensiones.
No me dejo llevar por la masa amoldándome a la vida. Quiero aprender
a decidir. Quiero asumir que la vida siempre tendrá tensiones.
Y que eso no es malo ni bueno. Es lo que es. Así, simplemente.
Tengo claro que la ausencia de
tensiones o fricciones suele ser señal de que la relación está muerta o agonizante.
O yo estoy muerto.
Cuando
no sufro tensiones eso quiere decir que estoy apagado o vivo de espaldas al
mundo al que sirvo.
Por eso decido vivir con tensiones. Sin la armonía que sueño. Sostenido
temblando entre el ahora y el mañana. Entre lo que es y lo que pudo haber sido.
Entre lo que hago y lo que me piden. Entre la realidad que me sobrecoge y el
ideal que deseo.
Carlos Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia
