Todos mis sueños serán allí verdad
Me gusta pensar que el cielo tiene mucho de
la tierra que habito. Y quisiera que mi tierra tuviera mucho del cielo que
deseo.
No lo sé pero
creo profundamente que en el cielo tendré todo lo que aquí he amado. Pero ya no
en la medida escasa en que aquí lo tengo, sino ya en plenitud.
Estoy
convencido de que allí me reencontraré con las personas que he amado. Estaré
con ellas para siempre. Ya no habrá llanto ni dolor. Consolarán mis lágrimas.
Y seré para
los míos lo mismo que he sido aquí, en mi vida fugaz, pero más y por toda la
eternidad. Y sé que todo aquello a lo que he tenido que renunciar en mi vida
-es mucho, lo sé- será entonces vida en mi alma.
He renunciado
a vivir más de una vida. Dos o tres, depende. He renunciado a otros caminos, a
otras decisiones posibles. He renunciado a vivir lo que nunca he
vivido, habiéndolo deseado.
He renunciado
cada día a cosas tan pequeñas que casi no le doy importancia. Pero la tienen.
Cada renuncia ha sido importante en mi vida. Un bien.
Y creo que al
llegar al cielo, Dios me lo dará todo en plenitud.
Allí tendré lo que aquí es sólo un placer escaso. Tendré mar y estrellas,
montes y campo ancho y vasto.
Allí sé que
seré yo mismo ya sin máscaras y sin cadenas. Seré yo con todos mis deseos
colmados, y con todos mis anhelos hechos vida.
Creo que mi
cielo será según la forma de mis sueños. Porque Dios es así. Y
ha dibujado en mi alma un anhelo que es suyo. No es mío. Él lo puso. Él lo hará
pleno. No sé cómo, pero creo en eso.
Nadie ha
vuelto para decirme cómo es el cielo. Tampoco lo espero. Nadie me dice que no
pueda creer lo que yo creo. Creo que el amor estará más vivo entonces que
ahora. Sí, en el cielo, mucho más que ahora.
Cada uno de los momentos bonitos vividos
aquí, son muchos. Allí ya no pasarán, serán eternos. Y las cosas que me han
costado y me han dolido quedarán perdonadas, amadas y olvidadas.
La huella de
mis heridas estará ahí. Pero el dolor ya no. Se habrá ido. Sé que allí
podré acariciar y abrazar. Mirar y hablar. Escuchar con
calma, con todo el tiempo del mundo. Y ver pasar la vida en un instante sin
fin. Sí, allí, cuando llegue al cielo.
Sé que allí,
así lo creo, María, Jesús y las personas que amo,
saldrán a recibirme. Me dirán que me han estado esperando. Y yo
me alegraré en lo más profundo. Ya no habrá más preguntas. Ni más dudas. Ni
pretenderé más respuestas.
Todos mis sueños serán allí verdad. No sé bien cómo, pero es algo que nadie
me puede quitar. Y aun así, será todavía mejor que lo que ahora creo, porque
Dios se dedica a prepararme el mejor cielo para mí. Todos mis sueños serán
realidad allí.
Y eso que sé
que el cielo, en realidad, no me lo puedo ni imaginar. Al pensar en la vida
caduca que vivo me viene el pensamiento del cielo. Y el corazón se alegra de
repente.
Soy un pobre
servidor que hace lo que puede hacer. Me exijo tanto a veces. Quisiera vivir
varias vidas. Me faltan horas. Hay tanto que hacer. Pero sólo quiero vivir lo
que Dios desea de mí. En mi lugar concreto. Con las personas que caminan a mi
lado.
Mi corazón se
alegra al pensar en lo que será pleno al final de mis días. En mis amores hoy
caducos y pasajeros. Allí no habrá dudas, ni miedos. Allí no
habrá angustias ni frustraciones. No habrá tensiones ni malos
entendidos.
Levanto la
mirada. Aquí quiero vivir sin penas los días que tengo. Vivirlos con
intensidad. Para no vivir amargado. Ya en esta tierra vivo la semilla del
cielo.
Decía el
padre José Kentenich: “Nos consideramos, de manera clarísima, una
colonia del cielo, y contemplamos el más acá siempre a la luz
del más allá. Un
más allá que determinaba nuestra norma, nuestro ritmo de vida, nuestro dinamismo”[1]. Quiero
ser una colonia del cielo.
Decía Sor
Isabel de la Trinidad en oración: “Pacifica mi alma, haz de ella tu cielo, tu
morada de amor y el lugar de tu descanso”.
Dios habita en mí. Hace morada en mi alma, es su cielo.
Dios quiere descansar en mí. Son las paradojas que no entiendo.
Yo soy el
cielo de Dios, cuando habita en mí. Y todo mi deseo es que Él sea mi cielo en
el que descansar para siempre.
La vida llena
de preocupaciones y pesares, la vida llena de alegrías y sueños, todo
será plenitud en el cielo que espero.
Pero mientras
todo pasa y los días se escapan ante mis ojos no quiero vivir con pena.
Quiero vivir con Dios dentro del alma. Descansando en su cielo. Quiero vivir
dando la vida que tengo. Sin querer retenerla.
No puedo
durar tanto como quisiera. El corazón sueña con ser eterno. Y mi vida
tiene término.
Es verdad que
algunos viven hoy tantos años. Y se cansan de vivir. Y otros se van temprano en
lo mejor de la vida. ¡Cómo entender este mundo injusto en el que la vida es tan
irregular!
No puedo
programar mis días. Ni calcular los años que me quedan. No
puedo asegurarme el cielo. Ni desear la plenitud antes de emprender mi último
camino.
No deseo
hacer planes, para que Dios no se ría de ellos. No busco que todo encaje dentro
de mis deseos. Quiero vivir cada día como si fuera el
último. Al fin y al cabo uno nunca sabe.
Quiero vivir
reflejando el cielo con el amor que tengo entre los dedos. Es tan fugaz todo
que no quiero perder el tiempo. Me pongo en camino. Vivo ya el cielo torpemente
aquí, entre los míos, con mis manos. Y confío en esa eternidad de luz que ya me
alegra.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia
