Hoy la Iglesia felicita a
María llamándola toda bella, tota pulcra
En
la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María,
el Papa Francisco rezó a mediodía la oración mariana del Ángelus con
los fieles y peregrinos que se dieron cita en la Plaza de San Pedro.
Texto
de las palabras del Papa antes del rezo del Ángelus
«¡Queridos
hermanos y hermanas buenos días y feliz fiesta!
Hoy
contemplamos la belleza de María Inmaculada. El Evangelio, que narra el
episodio de la Anunciación, nos ayuda a comprender lo que festejamos, sobre
todo a través del saludo del ángel. Él se dirige a María con una palabra no
fácil de traducir, que significa ‘colmada de gracia’, ‘creada por la gracia’,
“llena de gracia” (Lc 1, 28). Antes de llamarla María, la llama llena de
gracia y así revela el nombre nuevo que Dios le ha dado y que es más
apropiado para Ella que el que le dieron sus padres. También nosotros la
llamamos así, en cada Ave María.
¿Qué
quiere decir llena de gracia? Que María está llena de la presencia de
Dios. Y si está enteramente habitada por Dios, no hay lugar en Ella para el
pecado. Es una cosa extraordinaria, porque todo en el mundo, lamentablemente,
está contaminado por el mal. Cada uno de nosotros, mirándose dentro, ve algunos
lados oscuros. También los santos más grandes eran pecadores y todas las
realidades, incluso las más bellas, están afectadas por el mal: todas, menos
María. Ella es el único ‘oasis siempre verde’ de la humanidad, la única
incontaminada, creada inmaculada para acoger plenamente, con su ‘sí’ a Dios que
venía al mundo y comenzar así una historia nueva.
Cada
vez que la reconocemos llena de gracia, le dirigimos el cumplido más
grande, el mismo que le dirigió Dios. Un lindo cumplido que hacer a una señora
es decirle con amabilidad, que demuestra una edad joven. Cuando le decimos a
María llena de gracia, en cierto sentido también le decimos eso, a nivel
más alto. En efecto, la reconocemos siempre joven, nunca envejecida por el
pecado. Sólo hay una cosa que hace envejecer, envejecer interiormente: no es la
edad, sino el pecado. El pecado envejece porque esclerotiza el corazón. Lo
cierra, lo vuelve inerte, lo hace marchitar. Pero la llena de gracia está
vacía de pecado. Entonces es siempre joven ‘más joven que el pecado’ es ‘la más
joven del género humano’ (G Bernanos, Diario de un Cura Rural, II, 1088, p
175).
Hoy
la Iglesia felicita a María llamándola toda bella, tota pulcra. Así como
su juventud no está en su edad, tampoco su belleza consiste en lo exterior.
María, como muestra el Evangelio hodierno, no sobresale en apariencia: de
familia sencilla, vivía humildemente en Nazaret, un pueblito casi desconocido.
Y no era famosa: aun cuando el ángel la visitó nadie lo supo, ese día no había
ningún reportero. La Virgen no tuvo tampoco una vida acomodada, sino
preocupaciones y temores: ‘se conturbó’ (v 29), dice el Evangelio, y, cuando el
ángel ‘dejándola se fue’ (v 38), los problemas aumentaron.
Sin
embargo, la llena de gracia ha vivido una vida bella. ¿Cuál era su
secreto? Podemos percibirlo mirando nuevamente la escena de la Anunciación. En
muchas pinturas, María está representada sentada ante el ángel con un pequeño
libro en sus manos. Este libro es la Escritura. Así María solía escuchar a Dios
y transcurrir su tiempo con Él. La Palabra de Dios era su secreto: cercana a su
corazón, se hizo carne luego en su vientre. Permaneciendo con Dios, dialogando
con Él en toda circunstancia, María hizo bella su vida. No la apariencia, no lo
que pasa, sino el corazón tendido hacia Dios hace bella la vida. Miremos hoy
con alegría a la llena de gracia. Pidámosle que nos ayude a permanecer
jóvenes, diciendo ‘no’ al pecado, y a vivir una vida bella, diciendo sí’ a
Dios.
Traducción
del italiano: Cecilia de Malak
Radio
Vaticano
