¿Cómo muestran mis hechos mis más íntimas creencias
y convicciones? ¿Hablan mis obras de quien yo soy?
Jesús me habla de la verdad que se expresa
en hechos. Me pide
que sea capaz de hablar de lo que hago y hacer lo que digo.
Me siento fariseo, falso. Lejos
del ideal. Tropiezo.
Miro hoy a Jesús que vivió
siempre de acuerdo a como hablaba. Sus palabras tienen la misma fuerza de sus
obras. Él habló de la misericordia del Padre amando compasivamente a todos, a
cualquiera. Es la coherencia de vida hecha carne.
Yo me veo incoherente muchas
veces. Miro en mi interior. ¿Cuál es mi palabra principal, la que toca mi vida?
¿Cómo la plasmo? Esa es en realidad la única manera de mostrar a Cristo con mi
vida. Con la integridad de mis actos. Con la unidad de mi pensamiento y de mis
obras.
Lo intento una y otra vez. Pero
no lo consigo siempre. Y tal vez por eso me gustan tanto las personas
auténticas. Los que no son apariencia. Los que son lo que muestran. Los que
dicen lo que piensan y hacen lo que predican.
Me gusta esa coherencia sagrada
de una vida entregada. Una vida honesta. Esa es la santidad verdadera. La de
aquellos pequeños que se saben salvados por un amor misericordioso. Así quiero
vivir yo siempre.
Pero no sé si a veces miento con
mis obras. Cada vez que no soy fiel e incoherente me parezco a los fariseos.
Cada vez que no amo en verdad soy como ellos. Cuando exijo cosas que yo no
hago.
La única forma de convencer al
mundo del amor de Dios es siendo ese amor hecho carne que se abaja. Un amor sin
palabras. Un amor de obras irrefutables y convincentes.
La única forma de educar a los
hijos en los valores que yo anhelo es vivir esos valores hasta sus últimas
consecuencias. Solo así seré creíble. Estoy hecho para la luz, no para la
oscuridad. Para vivir en la verdad y no en la mentira.
Tengo un rechazo profundo a la
mentira. A las medias verdades, a la oscuridad. A Jesús le gustaban los hombres
auténticos, sencillos, de una pieza, llenos de luz. Aunque fueran torpes y
pecadores. Como Pedro, que decía lo que sentía
¿Cómo son mis palabras? ¿Cómo se
expresa lo que digo en hechos? ¿Cómo muestran mis hechos mis más íntimas
creencias y convicciones? ¿Hablan mis obras de quien yo soy?
Comenta Juan Martín Descalzo: Es
mucho poder decir de un ser humano que ha logrado esa doble maravilla: que el
sol arda en sus manos y que haya sabido repartirlo. No sé cuál de las dos
hazañas es más prodigiosa. Solo los santos, los genios, los grandes amantes,
tienen el sol en las manos. Son personas que, cuando pasan a nuestro lado,
dejan un rastro en nuestro recuerdo, en nuestras vidas.
Una vida verdadera ilumina, deja
a su paso un reguero de luz. Una vida llena de mentiras hace que se imponga la
oscuridad. A veces no es que yo sea mentiroso. Lo que pasa es que no logro ser
fiel a mí mismo. Hago lo que hacen otros. Me mimetizo con la masa. Hablo como
otros hablan. Pienso como ellos piensan. Me escondo en un grupo que ha
enarbolado una bandera. Ya sea esta política, moral, o religiosa.
Pero no siempre es todo blanco o
negro. Pienso por mí mismo. Tengo mi propio modo de actuar. Hay algo en mi alma
que es sólo mío. Un trozo del corazón de Dios que ha puesto en mí al crearme.
Un reflejo original de su belleza.
Es como una nota musical que es
sólo mía. Sólo yo la hago sonar. Y al hacerlo soy más pleno. Eso es ser fiel a
la verdad que hay en mí. No se trata de hacer las cosas y actuar de la misma
forma que todos. Quiero hacerlo de acuerdo a mi manera.
¡Cuántas veces ignoro lo que hay
dentro de mí! Me limito a copiar. Imito a otros y me dejo llevar por lo que
otros sostienen o viven.
Pero algo en mí no encaja. Estoy
triste. No vivo en la verdad. Y entonces no soy creíble, ni siquiera para mí
mismo. Mi afán de pertenecer es tan grande que a veces me olvido de lo más
personal que poseo.
En la educación hay dos valores
que cuentan. Uno es la pertenencia. Formar parte de una familia, de una
comunidad, de un grupo. Y el otro es la diferenciación, la originalidad.
Quiero ser fiel a lo original
que hay en mí. Yo formo parte de un grupo pero soy más que ese grupo. Tengo mis
propios matices, y pienso por mí mismo. Mi nombre es solo mío. Me diferencia.
Mi nota musical.
Mi alma sólo es para Dios. Esa
verdad personal, esa llamada única de Dios, implica una misión original. Creo
que la felicidad tiene mucho que ver con descubrir esa verdad en lo más hondo y
vivirla en plenitud. Y entregar ese amor original que Dios ha sembrado en mi
alma. Si no lo logro no seré nunca feliz. Y viviré mendigando
consuelos.
Carlos Padilla Esteban
Fuente:
Aleteia
