"Te
pido perdón por todo el daño que te he hecho, soy totalmente responsable de lo
que ha sucedido y deseo volver a casa"... "No, ha sido demasiado
duro, tengo que pensar"
Se
casó en enero de 2000, con 34 años, con una mujer de 33. Graziano relata a Benedetta Frigerio en La Nuova Bussola Quotidiana cómo el diablo golpeó a su familia, también
“gracias a la ignorancia que yo tenía de cómo actúa”.
Tras traicionar
a su esposa, incapaz de encontrar una palabra que le ayudara entre los
sacerdotes en los que confiaba, “descubrió en la Virgen a la madre que me salvó
al hacerme comprender que tenía que volver con mi esposa“, la cual,
sin embargo, “no me perdonó”.
Por esto hoy Graziano vive solo, “siendo fiel a mi mujer porque en esta fidelidad Cristo nos une y aunque sufro, encuentro felicidad en Él porque sé que estaré con ella en la Eternidad“.
Graziano, ¿cómo maduró la idea de contraer matrimonio?
Yo
tenía a mis espaldas un matrimonio precedente sin hijos y que había sido
considerado nulo; estaba seguro de que si no había funcionado era porque el
sacramento nunca había existido. Sabía que tras la nulidad mi único camino era
el matrimonio sacramental y aún sigo pensándolo: no me equivoqué al
casarme, me equivoqué al ser infiel y traicionar.
¿Cómo
surgió la crisis entre usted y su esposa?
Mi
mujer y yo tuvimos enseguida una hija. Los primeros años fueron
tranquilos: yo trabajaba mientras que mi esposa eligió quedarse en casa con
nuestra hija. Siete años más tarde nació nuestra segunda hija. En ese momento
empecé a sentir una especie de insatisfacción: me sentía solo porque mi mujer
no participaba en lo que hacía y en lo que le proponía.
Fue
fácil desear algo para mí mismo, pensar continuamente en “tengo que tener”, en
“me gustaría que tú estuvieras, que tú hicieras”. Es una tentación
diabólica que alimenté sin saber que era el diablo.
Miraba
a mi mujer y la comparaba con la época en que la conocí: había cambiado tanto
en el físico que un día le pregunté si no le importaba su aspecto. También la
doctora la había exhortado a cuidarse sin olvidarse de sus problemas físicos,
pero no hizo caso. El hecho que para ella cualquier cosa fuera un problema me
cortaba la respiración, porque deseaba vitalidad, luminosidad.
Se
comprende que también la mujer tiene responsabilidades: cuidarse, sacrificarse
por el marido, apoyarle en lo que hace…
Sí,
una mujer puede equivocarse, como puede hacerlo un hombre, favoreciendo la tentación
de evadirse, pero yo acepto todas mis responsabilidades.
Precisamente
en ese difícil momento llegó a mi vida una persona con la que hubo una
sintonía inmediata. Era paciente mía, separada con dos hijas pequeñas.
Se había alejado de Dios y nuestra amistad la acercó de nuevo a Él. Volvió a la
confesión y a misa. El diablo utilizó mi propensión a ayudar a los
otros para hacerme caer en un adulterio.
Sin
embargo, en lo más hondo de uno mismo, uno sabe cuándo una relación puede ir
más allá: y así fue. En 2009 me fui de casa (mi mujer comprendió todo desde el
principio, hubo una pelea inmediata), a vivir solo.
¿No
pensaba en sus hijas?
Claro
que sí, pero pensaba también que podrían vivir con otra persona.
¿A
pesar de su fe católica?
Estaba
totalmente obnubilado. No veía nada más. Es lo que hace el diablo. La
comprensión espiritual con esa mujer era tan fuerte que rezaba con ella como no
lo había hecho nunca con mi esposa y me decía: “¡Qué bonito! Por fin alguien
que reza conmigo, ¡esto sólo puede ser voluntad de Dios!”.
El
diablo, muy listo, no me quitó la oración; al contrario, me hizo vivir bajo una
apariencia cristiana. Por esto veía también a mis hijas dentro
de esta unión como si fuera un bien para ellas. Me había olvidado de los mandamientos
de Dios (no cometerás adulterio), que son la brújula de toda situación para
juzgar si es buena o no.
¿Cómo
reaccionaron sus hermanos cristianos? ¿Alguno intentó que entrara en razón?
Era
ministro y formador en la fraternidad de los terciarios franciscanos,
en Monza. Ninguno de los hermanos laicos preguntó cómo había sucedido que un
hermano suyo hubiera podido caer así. Me abandonaron y me dijeron que me fuera.
Nadie
me dijo: “Pero, ¿qué estás haciendo?”. Un padre espiritual franciscano, en
lugar de exhortarme al arrepentimiento (“adulterio” es una palabra que no oí
salir nunca de boca de nadie), me dijo que si era mi voluntad acercarme a
la Eucaristía, que debería hacerlo en una iglesia en la que no fuera conocido.
¡Cuánto
me hubiera gustado encontrar a un Padre Pío que me hubiera dado de
patadas! En cambio, nadie puso ante mí la realidad. El mal estuvo en esto.
Necesitaba que alguien condenara totalmente esta unión, que me hablara
de pecado, de infierno.
¿Cómo
salió de esta relación?
En
el fondo de mi corazón buscaba a alguien que me dijera la verdad,
porque yo estaba inmerso en la confusión. Creo que el hecho de no haber
dejado de rezar (aunque fuera de manera interesada) me salvó, haciendo que
sintiera que había algo que no estaba bien. También me ayudó el hecho de vivir
solo.
Un
día ya no pude más, me puse delante de la Virgen y le dije: “Mira, dado que
también mi madre carnal me ha abandonado y ya no tengo una fraternidad, te
pido: acógeme tú y hazme comprender cuál es el camino correcto”. El diablo ya
no pudo hacer nada más y, de hecho, una autopista se abrió ante mí. Si
se quiere la vida y la fe, basta poner la propia voluntad en manos de María.
¿Por
qué? ¿Qué sucedió?
Era
el 17 de mayo de 2010 y unos días después comprendí todo el daño que
había causado. Como dice san Pablo, en un instante se me cayeron las
escamas de los ojos. La mujer con la que tenía una relación se alejó: le dije
que se había acabado. Sentía todo el peso del mal que había cometido hacia mi
mujer, mis hijas, mi familia y amigos.
Agarré
el teléfono y le dije a mi esposa: “Te pido perdón por todo el daño que
te he hecho, soy totalmente responsable de lo que ha sucedido y deseo volver a
casa”. Pero ella me dijo: “No, ha sido demasiado duro, tengo
que pensar”. Acepté, reiterando que estaba arrepentido y que quería
volver a empezar.
Es
difícil que una crisis aparezca de un día para otro. ¿Su mujer nunca se
preguntó qué había sucedido?
Por
desgracia, no. Se ha escudado bajo su dolor echándome en cara mis culpas. Sin
embargo, lo repito: la responsabilidad de cuanto ha sucedido es sobre todo mía.
Ocho
años después, ¿cómo es la relación con su esposa?
Al
rechazar el perdón, con el paso del tiempo empezó a sentir una oposición aún
mayor. Mi mujer no sólo se alejó de mí, sino que también se alejó de
Dios y de la fe. Éste es, para mí, el dolor más grande, por lo que
he decidido entregar totalmente mi vida en la fidelidad al Señor y a ella. Estoy
convencido que mi sacrificio no será en vano. Estoy viviendo una unión profunda
con ella y le doy gracias a Dios.
¿Una
unión profunda estando separados? Es un buen oxímoron…
La
fidelidad a Dios cuesta, pero recompensa: es una ofrenda de amor. “Nadie tiene
un amor más grande que éste: dar la vida por los amigos”, dice Jesús;
significa dársela a Él en la fidelidad al sacramento. Amar como ama
Cristo: una capacidad que viene del don del sacramento que se alimenta a través
de la fidelidad en la buena y en la mala suerte, mediante la oración común y la
Eucaristía. Así estoy celebrando las nupcias: estoy unido al Esposo y a mi
esposa. Aunque ella no lo sepa, el Señor sujeta nuestras manos.
¿Por
qué cosas reza hoy en día?
Antes
rezaba esto: “Hazme volver a casa”. Ahora pido: “Haz que te ame de nuevo,
Señor”. Él hará el resto.
En
su opinión, ¿no existen matrimonios fracasados?
No,
porque con la separación nunca acaba todo: cuando nos casamos, la
presencia del Señor es tan real y vital que une a los dos esposos para siempre.
Nunca hay un final y te debes entregar a Dios por el otro sin condiciones, como
has prometido, es decir, incluso si el otro no te quiere. Mi vida,
hoy, es esto.
Por
lo tanto, no es una renuncia al amor de otra mujer, sino que es
permanecer en Su amor presente en el sacramento. Y es verdad porque
soy feliz, estoy lleno de fuerza y esperanza, también en esta condición. La
perspectiva de la eternidad me hace capaz de ofrecer pocos años de
sufrimiento para ganar la felicidad eterna.
¿Qué
les diría a los novios y a los esposos?
Es
necesario rezar juntos y recibir los sacramentos; pero, sobre todo, “hacer
juntos” incluso si cuesta: por lo tanto, donarse al otro y morir por el otro. Lo que significa rezar siempre, pero con obras.
El
matrimonio es una palestra para que nos perdamos a nosotros mismos y nos
donemos totalmente recibiendo el céntuplo: “Quien quiera salvar la propia vida,
la perderá; y quien quiera perder la propia vida, la salvará”.
Por
lo tanto, piérdete, acogiendo todo del otro, menos el pecado: que la mujer sea
sumisa en todo menos en el pecado y que el hombre esté dispuesto morir por
ella. Sois cónyuges, que viene de “iugum“, el yugo que se pone en el
cuello de dos bueyes, no en uno solo.
Significa
que si uno va más lento, el otro debe esperar, intentando comprender qué hay en
el corazón del cónyuge sin darle tirones. Y si quieres que el otro
cambie, pide cambiar tú también; si no lo haces significa que no quieres al
otro, sino a ti mismo. Decid: “Señor, una sola cosa te pido: el paraíso
juntos”. Por esto estoy dispuesto a pagar con cualquier cosa.
¿Qué piensa de los hijos que viven la separación o el divorcio de sus progenitores?
¿Qué piensa de los hijos que viven la separación o el divorcio de sus progenitores?
Que
sufren y que para ayudarles es necesario seguir manteniendo la estima del
cónyuge. Mi hija más pequeña se enfada porque su madre no me quiere, pero yo le
digo: “Si tu madre siente esto, hay que respetarla, como la respeta Jesús; pero
podemos rezar para que Él, lentamente, entre en el corazón de las personas. Ten
paciencia”.
Después
le digo que no pasa nada si su madre no quiere que hable demasiado tiempo por
teléfono conmigo. Cuelgo y la saludo con alegría, no dramatizo. Me impresiona
porque a menudo mi hija repite: “Tú estás siempre contento y vas a la iglesia;
mamá, que no va, es infeliz”.
Creo
que así, en su dolor, los hijos pueden madurar mucha esperanza y
comprender qué es el amor: recibir el de Jesús para pensar sólo en el bien
del otro, aunque el otro no te quiera. Esto les enseño, para que ante cualquier
dificultad, fracaso o dolor de la vida sepan que amando así, arraigadas en
Cristo, tendrán siempre la alegría en su corazón.
En
resumen, hay algo bueno en tanto mal causado…
He
sido transformado, tengo la alegría que antes no tenía. Dios ha
utilizado un mal del que me he arrepentido para hacer algo grande.
Digamos
que mi corazón ha cambiado gracias a la Virgen, que me hizo conocer a un
sacerdote a través del cual hice una experiencia increíble de perdón (confesar
el adulterio fue como sentir que un peso asqueroso salía de mí: fue una
liberación), por lo que me consagré a la Virgen haciendo voto de obediencia y castidad.
Fue
María la que de verdad me llevó a Jesús; aunque antes era terciario
franciscano, vivía alejado de Él. Cuatro años después intenté volver a la
fraternidad, pero no me dejaron. “Señor -le había dicho-, si me quieres allí,
bien; si no, ponme donde quieras”. Así encontré otra casa, la Asociación Separados Fieles, en la que estoy realizando un camino precioso.
Aquí
oí decir que somos los nuevos mártires de leones que están presentes no sólo
fuera, sino también en la Iglesia, que ven a los separados fieles como locos.
Pero yo creo que todo esto es una locura sólo para quien no tiene fe en el
Paraíso.
Traducción
de Helena Faccia Serrano
Artículo publicado por Religión en Libertad
Fuente: Aleteia
