Las beatas Diana, Amada y
Cecilia eran amigas de santo Domingo
Si
preguntas a la mayoría de las personas cuál de sus conocidas creen que es más
probable que se haga monja, nueve de cada diez veces señalarán a la chica
tímida, callada y apocada. Pero cualquiera que pase 10 minutos con un grupo de
monjas te dirá que no todas las monjas son tímidas y hogareñas, todo lo
contrario. Los conventos están llenos de reinas de la belleza, actrices y
banqueras de inversión, llenos de retraídas, de ruidosas y de pícaras, y llenos
de “problemas como los de María”.
Los
8 de junio, la Iglesia honra a un grupo de estas monjas: las beatas Diana,
Amada y Cecilia, amigas de santo Domingo y unas de las primeras monjas
dominicas.
La
beata Cecilia Cesarini fue una noble benedictina. Por desgracia,
aunque su comunidad era antigua y distinguida, también era laxa y envuelta en
escándalos.
Cuando
Cecilia tenía 17 años, Domingo llegó para reformar la comunidad por petición
del Papa. Al escucharle hablar de la belleza de una vida por entero
entregada a Dios, Cecilia quedó cautivada y se arrojó a los pies del gran
predicador para pedirle que la recibiera en su orden y convertirse en una
de las primeras monjas dominicas.
De
la identidad de la beata Amada no se conoce mucho. Sabemos que sentía
predilección por el corazón de santo Domingo, que recibió su nombre de él y que
fue monja junto a Diana y Cecilia.
La
más vivaracha de las tres era Diana d’Andalo, una joven noble descrita
como “increíblemente hermosa”, además de elocuente, encantadora, inteligente y
un tanto consentida.
A
Diana le gustaban las cosas hermosas y caras, hasta que escuchó predicar al
beato Reginaldo de Orleans, un antiguo predicador dominico. Condenada por
las palabras del beato sobre el lujo y la vanidad, Diana dejó de lado los
tesoros materiales que amaba e incluso persuadió a su padre para que
donara parte de sus tierras a los frailes.
No
satisfecha con esto, Diana no tardó en hacer voto de virginidad, con Domingo en
persona como testigo. Este tipo de evento normalmente incluye padres orgullosos
y madres de ojos húmedos, pero en la profesión de Diana no estuvieron ninguno,
por el simple motivo de que ella no había dicho nada a sus padres sobre
sus planes. Estaba preocupada (con razón) por que su adinerada familia
insistiera en que se casara, así que tomó la desacertada decisión de pedir
perdón en vez de permiso.
Su
consagración secreta se volvió más complicada por el hecho de que todavía no
había ningún convento dominico donde pudiera entrar. Diana comenzó a vivir como
monja en su hogar familiar, pero su familia no le facilitaba el rezar y ayunar
como ella quisiera, así que Diana urdió un plan: ella y sus amigas se
irían de picnic a un convento agustino. Al terminar el día, todas las chicas
volverían a casa, excepto Diana, que se escondería tras los muros del convento.
Diana
no había tenido en cuenta la furia de su familia. Cuando sus amigas
regresaron a Bolonia con la noticia de que Diana había decidido quedarse, su
padre, hermanos y tíos salieron a caballo a buscarla. Galoparon hasta el
convento y exigieron que regresara con ellos. Diana se negó y se aferró al
mismo edificio hasta que la sacaron a rastras de allí, rompiéndole al menos una
costilla en el proceso.
Diana
parecía estar medio muerta cuando llegó a su casa y la confinaron a la cama.
Durante ese tiempo, recibió cartas de Domingo en las que, aunque él mismo
estaba ya en su lecho de muerte, la animaba a perseverar en su vocación. Y vaya
si perseveró, porque no tardó mucho en hacer mella en la resistencia de su
familia. La segunda vez que se escapó para hacerse monja, ya no la
siguieron.
Poco
antes de la muerte de santo Domingo, Diana cambió su hogar temporal con los
agustinos por el convento de Santa Inés, donde empezó a vivir según la regla de
santo Domingo. Durante unos cuantos meses, Diana sirvió como priora, pero
pronto el beato Jordán de Sajonia (el maestro general de los dominicos tras la
muerte de Domingo) envió desde Roma a unas monjas más experimentadas. De entre
ellas, la beata Cecilia fue elegida priora.
Desde
este momento, la vida continuó como cabía esperar para unas monjas de clausura,
con la excepción de la profunda amistad entre Diana y el beato Jordán. Las
múltiples cartas de Jordán a Diana nos ofrecen un modelo de dirección
espiritual transformadora y de una amistad casta.
Estas
cartas, junto con la descripción de santo Domingo que nos da la beata Cecilia,
forman el legado literario de este trío de mujeres santas, pero su testimonio
de santidad según Dios las hizo (y no como los demás esperaban que fueran)
podría ser incluso más valioso.
Pidamos
que recen por todas las mujeres que disciernen sobre la vida religiosa y por
las mujeres que no parecen ajustarse a los moldes. Beatas Diana, Amada y
Cecilia, ¡rueguen por nosotros!
Meg Hunter-Kilmer
Fuente:
Aleteia
