A partir de la concreción
de la sharía en prácticas rituales se impusieron diferencias en razón del sexo
Sí.
Una entrada diferente al varón. Ocultas y cubiertas tras las celosías. La mujer
nunca accede a la sala principal de oración, tiene una zona específica para
entrar y orar. Y, en el peor de los casos, tampoco se le permite acudir al
rezo. ¿Por qué?
Además
de la consideración espiritual, hay que tener en cuenta el peso tan diferente
que han tenido las prescripciones del Corán, la doctrina de la sharía y el
desarrollo del derecho en los distintos espacios del mundo musulmán.
Desde
el punto de vista espiritual la mujer en el islam es idéntica al varón, en
tanto que criatura de Dios. Numerosos pasajes del Corán les atribuyen iguales
derechos y obligaciones morales.
Sin
embargo, a partir de la concreción de la sharía (ley islámica) en prácticas
rituales, se impusieron diferencias en razón del sexo. En concreto, la de
que las mujeres no tenían obligación de acudir a la oración de los viernes en
la mezquita. Y si lo hacían, no debían mezclarse con los hombres. También
estaban exentas durante la menstruación y el postparto.
Doctrinalmente, la
Sura IV “Las Mujeres” (an-Nissa) del Corán establece la preeminencia del varón
sobre la mujer.
En
la sociedad de la Arabia del siglo VII, la interpretación de los alfaquíes
derivó en una práctica continuadamente discriminatoria. Jurídicamente, la mujer
es tratada como eterna menor de edad, tutelada desde su nacimiento.
Algo que se reforzó en el derecho consuetudinario al considerarla como un bien
familiar cuya función es la procreación.
Mientras
que una mayoría de musulmanes consideran esta división por razón de sexo como
respeto a la tradición, existen grupos que reclaman el derecho de la mujer
a rezar allá donde lo hacen los hombres.
Esta
es la situación de la mayoría de mezquitas, algo que, según este punto de
vista, parece contradecir la consideración espiritual de la mujer como idéntica
al varón.
Este
cuestionamiento de la tradicional separación de las mujeres en los espacios de
oración ha sido respaldado por gran parte de las actuales corrientes de
feminismo islámico. Algunas de ellas proceden de ámbitos mayoritariamente
islámicos, pero con una huella profunda de la colonización occidental; en otras
ocasiones, de comunidades islámicas que se han desarrollado en las sociedades
occidentales. En ambos casos, se ha producido una asimilación de sus sistemas
legales, especialmente en lo que se refiere a igualdad de género y no
discriminación de la mujer.
Figuras
relevantes como Fátima Mernisi se han opuesto tajantemente a una visión
“machista y totalitaria” que traiciona el espíritu igualitario del islam y las
exhortaciones del profeta para que el varón musulmán compartiera todo con su
esposa.
En
sintonía con esta interpretación, las corrientes del feminismo islámico
sostienen que no existe en los Hadices (dichos y hechos del profeta Muhammad)
nada que sostenga esta práctica de separación de sexos en las mezquitas, una
costumbre que se fue imponiendo a la par que se instrumentalizaba el mensaje
coránico para prefigurar sociedades jerarquizadas y patriarcales.
Finalmente,
estas corrientes también coinciden en considerar la mezquita de Muhammad en
Medina como un espacio unificado, en que hombres y mujeres rezaban unidos, en
tanto que todos formaban parte de la misma comunidad de creyentes.
Asamblea
y sala de justicia, este espacio servía como lugar de toma de decisiones
colectivas. En este sentido, las mujeres tenían libre acceso, se reunían y
discutían sus asuntos, recibían educación, trabajaban y comerciaban.
Para
aquellos que priman lo espiritual a lo jurídico, resultaría definitivo que el
dicho del profeta, transmitido por ibn Omar y Abu Hurayya “no prohibáis a las
siervas de Allah el acudir a la mezquita” pondría en evidencia cualquier tipo
de argumento que refuerce tal diferenciación.
María Angeles Corpas
Fuente:
Aleteia
