El Obispo de Roma recordó
el episodio narrado en el Evangelio de Lucas, donde Jesús enseña a orar a sus
discípulos
Texto
de la catequesis del Papa Francisco:
Queridos
hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Había
algo de atractivo en la oración de Jesús, era tan fascinante que un día sus
discípulos le pidieron que les enseñara. El episodio se encuentra en el
Evangelio de Lucas, que entre los Evangelistas es quien ha documentado
mayormente el misterio del Cristo “orante”: el Señor oraba. Los discípulos de
Jesús están impresionados por el hecho de que Él, especialmente en la mañana y
en la tarde, se retira en la soledad y se “inmerge” en la oración. Y por esto,
un día, le piden de enseñarles también a ellos a orar. (Cfr. Lc 11, 1).
Es
entonces que Jesús transmite aquello que se ha convertido en la oración
cristiana por excelencia: el “Padre Nuestro”. En verdad, Lucas, en relación a
Mateo, nos transmite la oración de Jesús en una forma un poco abreviada, que
inicia con una simple invocación: «Padre» (v. 2).
Todo
el misterio de la oración cristiana se resume aquí, en esta palabra: tener el
coraje de llamar a Dios con el nombre de Padre. Lo afirma también la liturgia
cuando, invitándonos a recitar comunitariamente la oración de Jesús, utiliza la
expresión «nos atrevemos a decir».
De
hecho, llamar a Dios con el nombre de “Padre” no es para nada un hecho sobre
entendido. Somos conducidos a usar los títulos más elevados, que nos parecen
más respetuosos de su trascendencia. En cambio, invocarlo como “Padre” nos pone
en una relación de confianza con Él, como un niño que se dirige a su papá,
sabiendo que es amado y cuidado por él. Esta es la gran revolución que el
cristianismo imprime en la psicología religiosa del hombre. El misterio de
Dios, que siempre nos fascina y nos hace sentir pequeños, pero no nos da más
miedo, no nos aplasta, no nos angustia. Esta es una revolución difícil de
acoger en nuestro ánimo humano; tanto es así que incluso en las narraciones de
la Resurrección se dice que las mujeres, después de haber visto la tumba vacía
y al ángel, «salieron corriendo del sepulcro, porque estaban temblando y fuera
de sí» (Mc 16, 8). Pero Jesús nos revela que Dios es Padre bueno, y nos dice:
“No tengan miedo”.
Pensemos
en la parábola del padre misericordioso (Cfr. Lc 15, 11-32). Jesús narra de un
padre que sabe ser sólo amor para sus hijos. Un padre que no castiga al hijo
por su arrogancia y que es capaz incluso de entregarle su parte de herencia y
dejarlo ir fuera de casa. Dios es Padre, dice Jesús, pero no a la manera
humana, porque no existe ningún padre en este mundo que se comportaría como el
protagonista de esta parábola. Dios es Padre a su manera: bueno, indefenso ante
el libre albedrio del hombre, capaz sólo de conjugar el verbo “amar”. Cuando el
hijo rebelde, después de haber derrochado todo, regresa finalmente a su casa
natal, ese padre no aplica criterios de justicia humana, sino siente sobre todo
la necesidad de perdonar, y con su brazo hace entender al hijo que en todo ese
largo tiempo de ausencia le ha hecho falta, ha dolorosamente faltado a su amor
de padre.
¡Qué
misterio insondable es un Dios que nutre este tipo de amor en relación con sus
hijos!
Tal
vez es por esta razón que, evocando el centro del misterio cristiano, el
Apóstol Pablo no se siente seguro de traducir en griego una palabra que Jesús,
en arameo, pronunciaba: “abbà”. En dos ocasiones San Pablo, en su epistolario
(Cfr. Rom 8, 15; Gal 4, 6), toca este tema, y en las dos veces deja esa palabra
sin traducirla, de la misma forma en la cual ha surgido de los labios de Jesús,
“abbà”, un término todavía más íntimo respecto a “padre”, y que alguno traduce
“papá, papito”.
Queridos
hermanos y hermanas, no estamos jamás solos. Podemos estar lejos, hostiles,
podemos también profesarnos “sin Dios”. Pero el Evangelio de Jesucristo nos
revela que Dios no puede estar sin nosotros: Él no será jamás un Dios “sin el
hombre”; es Él quien no puede estar sin nosotros, y esto es un gran misterio.
Dios no puede ser Dios sin el hombre: ¡este es un gran misterio! Y esta certeza
es la fuente de nuestra esperanza, que encontramos conservada en todas las
invocaciones del Padre Nuestro. Cuando tenemos necesidad de ayuda, Jesús no nos
dice de resignarnos y cerrarnos en nosotros mismos, sino de dirigirnos al Padre
y pedirle a Él con confianza. Todas nuestras necesidades, desde las más
evidentes y cotidianas, como el alimento, la salud, el trabajo, hasta aquellas
de ser perdonados y sostenidos en la tentación, no son el espejo de nuestra
soledad: existe en cambio un Padre que siempre nos mira con amor, y que
seguramente no nos abandona.
Ahora
les hago una propuesta: cada uno de nosotros tiene tantos problemas y tantas
necesidades. Pensemos un poco, en silencio, en estos problemas y en estas
necesidades. Pensemos también en el Padre, en nuestro Padre, que no puede estar
sin nosotros, y que en este momento nos está mirando. Y todos juntos, con
confianza y esperanza, oremos: “Padre nuestro, que estas en los cielos…”.
Gracias.
Traducción
del italiano, Renato Martínez
Radio
Vaticano
