Matulionis, lituano,
sacerdote y mártir asesinado por la KGB será beato este domingo
Teofilius
Matulionis subirá a los altares de Vilna el 25 de junio. Fue uno de esos
sacerdotes inquebrantables que demostraron su lealtad a la Iglesia a través del
martirio. Matulionis se distinguió por una confianza absoluta en Dios y por el
amor con que respondía a sus perseguidores: a pesar de los 20 años pasados en
prisiones y gulags, jamás les dedicó una mala palabra. Él fue también uno de
los primeros promotores del culto a la divina misericordia en Lituania.
Esta
beatificación envía un mensaje destinado a nosotros, las gentes de hoy en día
–según explica en su entrevista con la KAI el sacerdote Algirdas
Jurevičius, notario en el proceso de beatificación– y ese mensaje nos hace
comprender cómo “el hombre puede vivir según la fe en un entorno en contra
de Dios; Matulionis fue un hombre que buscaba la voluntad de Dios en todas
partes, que actuaba según su conciencia, sin buscar ser ‘políticamente
correcto’ de una manera u otra, como lo desearían las autoridades actuales”.
El
futuro sacerdote nació en 1873 en una familia de terratenientes. Con 18 años
entró en el Seminario de San Petersburgo. Fue ordenado sacerdote el 4 de marzo
de 1900, al comienzo de un siglo de ideologías mortíferas y persecuciones a la
Iglesia.
Siendo
un joven sacerdote, se estableció en San Petersburgo durante casi dos décadas.
Al principio trabajó como vicario en la iglesia de Santa Catalina, que era por
entonces el centro de la vida espiritual de los católicos de la ciudad; luego,
fue nombrado cura de la nueva parroquia del Sagrado Corazón de Jesús. Consideró
esta designación como una señal de Dios que le comprometió a fomentar el
culto eucarístico. Permaneció fiel a este compromiso hasta el fin de sus
días.
Cuando
los bolcheviques tomaron el poder después de la Revolución de 1917, de
inmediato se activó una ofensiva contra la Iglesia ortodoxa y contra la Iglesia
católica. En 1923, el padre Matulionis junto con Mons. Jan Cieplak y otros 14
sacerdotes de Petersburgo fueron juzgados en Moscú en un proceso que llegó
a hacerse célebre.
Entre
los sacerdotes, algunos fueron condenados a muerte “por haber incitado a la
revuelta a través de las supersticiones”, otros fueron condenados a prisión y
al gulag.
En
1926, cuando el padre Matulionis regresó a Petersburgo, la ciudad llevaba ya el
nombre de Leningrado. Matulionis retomó su ministerio en la parroquia del
Sagrado Corazón de Jesús pero, como muchos sacerdotes habían sido
deportados, ahora estaba al cargo de siete parroquias en total.
Al
mismo tiempo, enseñaba en un seminario clandestino fundado por Mons. Antoni
Malecki quien, desde 1926, era administrador apostólico en Leningrado.
Como
Mons. Malecki, corría el riesgo de ser arrestado en cualquier momento. El
8 de diciembre de 1928 el papa Pío XI nombró al padre Matulionis obispo
auxiliar. El 9 de febrero de 1929, Mons. Malecki, clandestinamente, fue
consagrado obispo.
Poco
después, Mons. Matulionis fue arrestado de nuevo. Después de una
investigación que duró casi un año, fue acusado de espionaje para países
extranjeros. Condenado a 10 años de gulag, fue deportado a las islas
Solovki.
Este
gulag se había acondicionado en los edificios de un complejo monástico ortodoxo,
uno de los más conocidos en Rusia. Un gran número de miembros del clero estaban
detenidos allí, en una barraca aparte, en la isla de Anyerski.
Estos
sacerdotes y monjes, sobre todo católicos, pero también ortodoxos y luteranos,
fundaron allí una especie de comunidad sacerdotal. Sin que nadie
supiera que era obispo, el padre Matulionis se convirtió en líder oficioso del
grupo.
En
la noche del sábado al domingo, los sacerdotes celebraban en secreto la
eucaristía. El padre Matulionis velaba también por que el contenido de
paquetes alimentarios fuera repartido equitativamente, para que los que no los
recibían pudieran sobrevivir.
La
administración del gulag decidió destruir esta comunidad. Monseñor Matulionis
fue transferido a una de las prisiones de Petersburgo y encerrado en un
calabozo. A continuación, fue deportado a la prisión de Ledianoje Pole, donde
trabajó talando árboles.
Con
respecto a sus enemigos, el padre Matulionis tenía un comportamiento
extraordinario, relata el padre Jurevičius. A su regreso de la prisión, solo
tenía palabras buenas para sus perseguidores y añadió que él encontraba
buenas personas en todas partes.
Los
interrogatorios a los que le sometieron tenían lugar durante la noche, y uno de
los interrogadores se caracterizaba por una brutalidad particular. El padre
Matulionis le dijo: “Te molestas tanto en golpearme que te compadezco de todo
corazón, sin duda preferirías pasar este tiempo en casa con tu familia”. El
comunista se quedó confundido y, al día siguiente, trajo de su casa unos
bocadillos para dárselos a Matulionis”.
En
1933, cuando concluyeron los acuerdos sobre el intercambio de prisioneros entre
los Gobiernos de Lituania y la URSS, gracias a la intervención del Vaticano, el
padre Matulionis fue liberado y regresó a Lituania. Los soviéticos no le habían
autorizado a permanecer en territorio de la URSS.
Sin
embargo, Matulionis era el obispo de Leningrado y allí era donde sentía que
estaba su lugar. En 1934, fue a ver al papa para hablarle de este problema.
Pío
XI pidió a Mons. Matulionis que le concediera primero su bendición de mártir y,
después de una larga conversación con Matulionis, el Papa le aconsejó que
volviera a Lituania y esperara allí a que se abriera de nuevo ante él la
posibilidad de retomar su misión episcopal en la URSS.
En
Kaunas, donde vivió algunos años con las hermanas benedictinas, Matulionis
introdujo en la iglesia de las religiosas la adoración perpetua, la
primera en Lituania. Fue también uno de los primeros promotores del culto a la
divina misericordia según las revelaciones a Sor Faustina.
Durante
la Segunda Guerra Mundial, como el ejército alemán avanzaba rápido hacia el
este, Matulionis emprendió gestiones con los alemanes para que le autorizaran a
entrar, en compañía de otros sacerdotes, a los territorios rusos ocupados y
ejercer su ministerio.
Según escribió
a las autoridades alemanas: “Ustedes disponen de armas, pero no van a superar
al comunismo combatiéndolo con armas”. Y explicó que únicamente con el
Evangelio se podía lograr la victoria sobre el comunismo. Citó incluso las
palabras de Lenin, que dijo que cuando solo quedaran el comunismo y el
cristianismo, se enfrentarían en una batalla definitiva. Esta argumentación no
convenció a las autoridades alemanas, que no autorizaron la entrada de
sacerdotes católicos en la URSS.
En
1943, Matulionis fue nombrado obispo ordinario de la diócesis de
Kaišiadorys. Ayudó a los judíos de Lituania y salvó, entre otros, a la
futura pianista Esther Yellin.
Durante
la guerra, cuando muchos rusos acudieron a Lituania a buscar refugio,
Matulionis los recibió bajo su protección. Pidió a sus sacerdotes que les
enseñaran los principios de la fe y, para ayudarles en esta tarea, les envió
catecismos y libros de oración en ruso.
Durante
cierto tiempo mantuvo también el contacto con los sacerdotes que querían volver
a la URSS. En 1942, con 27 sacerdotes, fundó el Institutum Russicum, junto al
seminario de Kaunas. En 1942, redactó una carta pastoral sobre Fátima,
incitando a los fieles a la confesión, a la penitencia, al rezo del rosario y a
rezar por la URSS.
Cuando
en 1944 el ejército soviético se acercaba a la diócesis de Kaišiadorys,
pidió a los sacerdotes que no emigraran, a pesar de los riesgos. En 1946 fue
encarcelado a causa de una carta pastoral donde explicaba a los jóvenes
lituanos que no debían inscribirse en la organización soviética Komsomol, por
tener una ideología opuesta al cristianismo.
El
Consejo Particular junto con el Ministerio de Seguridad decidieron condenarle
a 7 años de detención. Fue retenido en la prisión de Wlodzimierz, donde sus
contactos con el mundo exterior eran muy limitados. Únicamente tenía derecho a
escribir dos cartas al año. Durante 8 años le fue prohibido celebrar la
santa misa.
Aunque
había cumplido su pena de prisión, las autoridades soviéticas no quisieron
dejarle volver a Lituania. Así que quedó confinado en una casa para
inválidos en Mordovia. No obstante, en 1956, le permitieron regresar
a Lituania.
Se
instaló en la parroquia de Birštonas. Clandestinamente, tomó la dirección
de la diócesis. En 1957, sin el permiso de las autoridades, en una
habitación-capilla de la parroquia, consagró al obispo Vincentas Sladkevičius,
futuro cardenal lituano.
Como
consecuencia, fue obligado a establecerse en Shadovo, un pequeño pueblo al
norte de Lituania, donde permaneció en residencia vigilada hasta el fin de
su vida.
En
1962, la Santa Sede lo elevó a la dignidad de arzobispo “por su fervor en el
ejercicio de sus deberes de buen pastor”. Juan XXIII lo invitó a los debates
del Concilio Vaticano II. Sin embargo, las autoridades soviéticas no le
permitieron marchar y decidieron librarse definitivamente de él.
Monseñor
Matulionis murió el 20 de agosto de 1962 tres días después de haber sido golpeado
durante un registro y haber recibido una inyección (de veneno probablemente) de
una enfermera enviada por la KGB. Fue enterrado en una cripta de la catedral de
Kaišiadorys.
La
investigación diocesana para el proceso de beatificación comenzó en 1990, inmediatamente
después de la proclamación de independencia de Lituania. La documentación fue
enviada al Vaticano en 2008. Durante 8 años consecutivos, los documentos fueron
objeto de análisis detallados efectuados por la Congregación para las Causas de
los Santos.
El
1 de septiembre, el papa Francisco proclamó el decreto sobre el martirio de
Teofilios Matulionis, siervo de Dios, lo cual abrió el camino a su
beatificación, que se celebrará este domingo.
Marcin Przeciszewski
Fuente:
Aleteia
