Ella
crea una atmósfera en la que descanso
Miro
a María en este mes dedicado a Ella buscando ver en su alma mi rostro
reflejado. La miro a Ella que me acoge en el Santuario y me abraza para
decirme de nuevo que me estaba esperando. Y me sonríe. Siempre me mira. Siempre
me sonríe. Y sabe que vuelvo cansado, algo roto, con algún que otro rencor
grabado en el alma.
Pesa
el corazón. Ella sostiene mis pasos cansados al final del día. Y me anima
de nuevo por la mañana a emprender un nuevo día, un nuevo camino. María sabe
muy bien lo que necesito en mi cansancio. Conoce mis notas más profundas
calladas en el alma, las que sólo Ella sabe despertar con su melodía. A veces
desafino. Y Ella me regala la armonía.
Ha
vivido conmigo cada paso por la arena. Ha recorrido mis sueños. Ha cimentado mi
vida. Ha enjugado mis lágrimas en medio de mis pesares. Ha sufrido en mis
caídas. Me ha animado estando yo apagado por las derrotas.
Ella,
que educó a Jesús en sus brazos, quiere educarme a mí en sus brazos. Lo hace
con tanta ternura… Conoce mis miedos y debilidades. Por eso me gusta
mirar a María y descansar en Ella. Como un niño. Porque me conoce y me espera. Me
sostiene en cada momento turbio del camino.
Mira
mi vida y mi cruz con amor de Madre. Mira lo que soy y ve todo lo que puedo
llegar a ser si me dejo hacer. La semilla enterrada. Ese ideal para el que
estoy hecho.
A
veces puedo ver mi vida llena de luz en medio de mi pobreza. Pero otras veces
me embarga la tristeza. Y esa mirada sombría no me deja crecer. No creo que
pueda lograr más de lo que ya hago y detesto los ideales que me muestran metas
imposibles. Cumbres inalcanzables.
María
me levanta. Me hace creer de nuevo en mí mismo, en la fuerza de mis pasos. Me
dice que Dios me ha creado con un tesoro escondido en el alma. Me muestra mi
luz oculta. Abre mis ojos. Y me dice que valgo mucho más de lo que yo creo. Y
descubro en Ella un camino nuevo de vida en plenitud. Atisbo un sueño dormido
aun en lo más hondo de mi ser.
Sus
manos hábiles tienen tanta ternura… Conoce mi sensibilidad. Se toma su tiempo.
Es verdad que en ocasiones trato de educarme con ideales que están fuera de mí.
Miro la belleza objetiva que reflejan y veo la bondad en su esencia. Me gustan,
me atraen. Me maravillo ante ideales asombrosos que despiertan mi anhelo.
Pero
me olvido de mirar dentro de mí para ver si las cuerdas del alma resuenan.
En su lugar miro fuera, en otros corazones, en otras vidas. Me detengo en el
mundo comparándome. Dejo de mirar a Dios. Dejo de mirar dentro.
María
quiere que mire dentro de mí. Quiere que descubra dónde y cómo resuena mi alma
en contacto con la vida. Quiere que encuentre con claridad esos ideales con los
que vibra mi corazón. María me ayuda a encontrarme con mi verdad y a
aspirar a lo más bello, a lo más grande.
Decía
el padre José Kentenich: “Ella tiene el
carisma de difundir a su alrededor una atmósfera sobrenatural purificada,
ideal, a fin de mantenernos eternamente jóvenes y frescos, maleables y
abiertos, para darnos un fino olfato para todo lo auténtico, para todo lo
grande según la visión de Dios, para conservar ideales, para fortalecerlos y
hacerlos actuar en nosotros”.
El
ideal es esa fuerza interior que Ella despierta en mí a través de la alianza de
amor. Crea una atmósfera en la que descanso. Como Jesús descansaba al
llegar a Betania. Descubro quién puedo llegar a ser y me pongo manos a la obra.
En su atmósfera positiva, de alegría, es fácil respirar.
Necesito
darme tiempo para conocerme mejor. Para descubrir esas fuerzas interiores
que mueven mi alma. Arde mi corazón como el de los discípulos camino a Emaús.
Arde al tocar Dios las fibras de mi alma. Descubro mis fuerzas interiores a
veces dormidas. Lo que me levanta cada mañana.
¿Qué
hago con todo aquello que me hace soñar? Sé que en ocasiones descuido el
fuego que hay en mi corazón. Algo arde en mí, pero lo descuido, lo olvido, me
vuelco sobre el mundo y dejo de lado lo importante. Quiero volver a esa idea
original que Dios soñó para mí. Quiero llegar a ser la versión más lograda
de mí mismo. El mejor yo.
María
me enseña el camino. En este mes quiero volver una y otra vez al Santuario a
renovar mi sí. Mi sí a mi vocación, a mi camino, a mi alianza, a esa forma
original que tengo de plasmar mi vida, de ser yo mismo, de amar desde lo más
hondo de mi ser. Mi forma de pensar, de sentir, de actuar.
Está
todo teñido por la fuerza de ese ideal que vive en mí. Quiero vivir así.
Manteniendo encendido el fuego. Por eso me vuelvo hacia María. Me gusta en este
mes llegar como un niño ante su imagen. Con las flores frágiles que recojo en
el camino. Consciente de lo poco que amo pudiendo amar tanto.
Miro
su rostro alegre y veo en Ella mi reflejo. Descubro mi verdad. Le pido que me
ame más de lo que yo me amo, de lo que yo la amo. Que no me suelte de la mano
en medio de mi camino cuando busco autonomía. Quiero creer en su poder actuando
en mi vida. La necesito. Quiero dejar mi vida en sus manos y confiar. Dejar mis
miedos y preocupaciones que tanto me perturban. Mis angustias y agobios.
Ella
permanece al pie de mi cruz como me lo recuerda Jean Vanier: “Creo que esa es María al pie de la cruz.
Jesús es vulnerable. La presencia de María es algo muy fuerte. Ella representa
a toda la humanidad. Le dice: yo estoy contigo. No hay nada que hacer. Yo te
amo y me ofrezco al Padre. Es la hora de Jesús. Conoce los textos de Isaías del
servidor que sufre y nos sana por sus heridas. Pero al mismo tiempo es como si
una espada atravesara su corazón. Porque sabe quién es Jesús. Es el misterio
extraordinario del lazo que une a María con Jesús. Tener sed en lenguaje
bíblico significa estar con angustia. Jesús nos pide descubrir la compasión. Y
dar el perdón. Saber estar de pie delante de la persona que sufre y decirle que
la quiero”.
María
me enseña a caminar con mi dolor como acompañó a su hijo vulnerable.
Frágil como yo. Me sostiene en mi angustia. Sufre conmigo como sufrió con
Jesús.
Y
me muestra el camino de la compasión, de la misericordia. Quiere que yo
también, como Ella, permanezca al pie de la cruz del hombre que sufre. De Jesús
doliente. Que yo sepa sostener a otros como Ella me sostiene a mí en el dolor.
Que yo sepa aliviar la sed de muchos que tienen hambre y sed de amor. Que calme
la angustia que sufre el hombre de hoy.
Y
por eso me enseña el camino haciéndolo conmigo. Calma mi angustia, para
que yo calme a otros. Acaba con mi sed para que yo dé de beber. Me sostiene
para que yo aprenda a sostener. En mi herida me sana para que yo sane a otros
desde mi herida. Ella me cuida en el camino. Eso me da tanta paz…
Carlos Padilla
Esteban
Fuente:
Aleteia