Jesús, en su Ascensión, lo llena todo porque ha regresado al origen que
todo lo sustenta
¿Es la Ascensión de Jesús a
los cielos una despedida? Así sería si Jesús se hubiera ido a los cielos
físicos, azules, que contemplan nuestros ojos. Habría cambiado la tierra por el
cielo separándose físicamente de nosotros. Pero Jesús no ha ascendido a los
cielos físicos, que —no lo olvidemos— forman parte del universo creado.
No vive en alguna parte de
la creación visible, cuyos límites no llegamos a abarcar con la mirada. Jesús
ha retornado al Padre de donde salió. Ha entrado en el mundo propio de Dios; o,
si nos gusta más la expresión bíblica, ha vuelto al seno del Padre.
El bellísimo poema de Fray
Luis de León, que comienza con el verso «y dejas, Pastor santo», está cargado
de sentimientos de adiós y nostalgia, de despedida. El autor se hace intérprete
de la grey que contempla alejarse a Cristo, que rompe el puro aire, dejándola
«en este valle hondo, oscuro, con soledad y llanto». Aflora en sus versos el
sentimiento humano de quien ve partir al «dulce Señor y amigo, dulce padre y hermano,
dulce esposo» y experimenta ya la insoportable soledad de la presencia de
Cristo.
El texto del evangelio de
este domingo, sin embargo, termina con unas palabras que contradicen estos
sentimientos, o, al menos, no los sustentan con la verdad teológica de la fe.
Las últimas palabras de Cristo dichas en su última aparición —es decir, en el
momento de manifestar su continuada presencia entre los suyos— son éstas: «Y
sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».
Así termina el primer
evangelio, con una rotunda afirmación de la presencia continua del Señor entre
los suyos. No es la confesión de una despedida, sino la promesa de un enamorado
que afirma con la solemnidad de un juramento que jamás abandonará a su grey.
Cristo sigue estando en medio de los suyos. No lo vemos, pero sabemos que está.
Su presencia, sentida muchas veces como herida de ausencia, es el don de su
retorno al Padre.
La Ascensión de Cristo, como
su resurrección, nos introduce en el horizonte de la fe, que supera la
contemplación de la visión. La pregunta «¿a dónde ha ido Cristo?» sólo es
correcta si entendemos el lugar adonde en un sentido trascendente, no físico.
Salí del Padre, dice Jesús y vuelvo al Padre. El Padre no es un lugar físico,
sino el Ser en sí mismo, la Vida eterna. «Los cielos» a los que sube Jesús es
una forma de nombrar lo innombrable, la morada de Dios que es Él mismo.
Precisamente por esto,
Jesús, en su Ascensión, lo llena todo porque ha regresado al origen que todo lo
sustenta. Esta es la razón por la que puede ser omnipresente, estar junto a
cada hombre, en el rincón más escondido de la tierra, y hacérsele presente con
un amor único e imperecedero. Es el Cristo glorioso que habita junto a los
hombres de manera misteriosa y real.
Fray Luis de León no
desconocía esta perspectiva trascendente de la Ascensión. Teólogo como era, no
sólo plasma en su poesía los sentimientos de quienes experimentan la ausencia
visible del Jesús terreno. Ya en sus primeros versos nos da una clave para
entender la Ascensión desde la fe, capaz de consolar al cristiano. El poeta le
dice a Cristo: «y tú, rompiendo el puro aire, te vas al inmortal seguro». No se
puede conjugar con más arte la frontera que ha traspasado Jesús —el puro aire,
ése que respiramos para vivir— , y, al mismo tiempo, la meta de la Ascensión,
que Fray Luis define como «inmortal seguro», un modo lírico de definir a Dios.
El cristiano sabe que,
aunque gemimos en este valle oscuro de soledad y llanto, Cristo nos ha abierto
el camino de ese «inmortal seguro» que un día será también nuestra meta conquistada
por Cristo en su Ascensión.
+ César Franco
Obispo de Segovia
Fuente: Diócesis de Segovia
