Cómo pasar de la oscuridad
a la luz y entrar en la vida nueva
Para
los que tenemos fe en la vida eterna, en la misericordia y justicia divina, la
celebración de la resurrección es lo más importante, aun por encima del
nacimiento de Jesús. Se vuelve a abrir el Cielo que por nuestras faltas
habíamos perdido. Pasamos de la oscuridad del pecado -de la muerte- a la luz de
la Gracia, a ser merecedores de participar de su vida divina. ¡Qué grande es tu
poder, Padre!
Cumplió
su promesa; ahora todo toma sentido. La “Palabra” del Padre en su esplendor… Él
lo dijo y nosotros lo creemos. La muerte nunca tendrá la última palabra…
¿Cómo
vivimos la alegría esperanzadora de que somos hijos del mismo Padre? ¡Eso
somos, hermanos de Cristo! Desde ahora nos desvestimos del cansancio, de la
fatiga, del miedo y de la desconfianza y elegimos vivir en paz, alegres,
felices porque nos arropan los dones de la ternura y el amor de nuestro
Padre Bueno, dones que siempre nos cobijan y nos arropan el alma. Vivimos
dentro de su corazón protegidos por Él, por lo tanto, no hay nada que temer.
Al
darnos, al vivir en comunión, al entregarnos sin reservas a ejemplo de Él es
cuando el amor de Dios se manifiesta en plenitud. En el servicio siempre
encontraremos la fuente de la felicidad eterna porque nacimos del amor para el
amor.
Sólo
con nuestro trabajo de conversión continua podremos fortalecer nuestra fe en
Dios para no dejarnos llevar por el “padre de la mentira”, por aquel que de
manera sutil y apetecible busca separarnos generando una familia y sociedad
dividida y enfrentada.
La
conversión es un trabajo que no terminará hasta el día que estemos en la
presencia de Dios. No es fácil el camino, sin embargo, basta con ver las
llagas que los clavos en la Cruz de su madero le dejaron para darnos cuenta de
que Él ya hizo el trabajo más difícil y pesado. Si estamos atentos podremos
escuchar sus palabras que al corazón nos dice: “Mi Gracia te basta. Confía en
mí y no temas”.
Cada
día es una oportunidad para tener vida nueva, para dejar al hombre viejo y
revestirnos del nuevo. Para salir de las tinieblas del pecado a la luz de la
vida en Dios.
“Todos
hemos sentido el dolor que nace de no sentir reconocida esa dignidad que todos
llevamos dentro, dignidad que nos fue regalada por Dios al momento de crearnos
y que nadie tiene el derecho de ensuciar. Dignidad que no se basa en poseer si
no en ser hija de Dios, creada a su imagen y semejanza” (papa Francisco)
¿Cuántas
veces por nuestra falta de caridad hemos dejado de reconocer esa dignidad en
los demás, esa dignidad que por derecho divino les corresponde y que con mi
actitud les hemos pisoteado? ¿Cuántas veces por nuestra falta de humildad y
exceso de soberbia hemos alejado a los demás del amor de Dios haciéndoles
sentir que no son dignos de él?
¿Cuántas
veces hemos hecho sentir a los demás que su pecado es mayor que la Misericordia
de Dios y les hacemos ver que nos merecedores de ella?
Es
imperante que a partir de hoy tratemos a nuestros semejantes siguiendo el
ejemplo de Jesús, quien en ningún momento dudó en darnos vida a través de su
muerte. Que nadie se sienta inferior porque le menospreciamos o le hacemos
sentir que su vida no nos importa. De cuántas cosas hemos de pedir perdón…
Ya
pasó la Cuaresma. Ahora comienza el tiempo de Pascua, “Paso” para ajustar los
sentidos, abrir los ojos del alma para reconocer y desenmascarar en “mí” esas 3
grandes tentaciones que rompen y corrompen la imagen de Dios. Tentaciones
que intentan arruinar “la Verdad” a la que hemos sido llamados.
Tentación
a la riqueza. Nosotros solo somos administradores de los bienes que Dios
nos ha confiado y es nuestra responsabilidad hacer un uso inteligente de ellos.
Estos bienes han sido creados para todos, es la Divina Providencia de Dios.
Cuando estos son utilizados sólo para mí y los míos rompo el equilibrio. Por
eso, muy ad-hoc la pregunta, ¿a qué sabe la riqueza que es fruto del
abuso a los demás? ¿A qué sabe el pan lleno de dolor, amargura y resentimiento?
En una familia que se deja llevar por esa tentación eso es el pan que se le da
de comer a los propios hijos, pan cuyo ingrediente principal es sangre,
injusticia y dolo; soberbia, hambre de poder y de poseer.
Tentación
a la vanidad. Esa necedad de algunos de querer ser protagonistas siempre.
Necesitamos tener muy presente que es la luz de Cristo quien debe brillar,
sobresalir y no nuestro nombre. Que Él crezca y nosotros disminuyamos. Que se
pronuncie más su nombre y menos es el nuestro. Estemos con los sentidos muy
abiertos de no estar en búsqueda de esos 5 minutos de fama y que hablen bien de
mi porque entonces todo lo que hago “por amor a Dios” deja de tener mérito
sobrenatural. En la vanidad pisoteo a los demás, incluso a Dios, con tal de yo
ser grande y ellos no.
Tentación
del orgullo. Como si no nos hubiera creado el mismo Dios. No podemos
ponernos en un plano de superioridad, arrogantes e insensibles como si nuestra
dignidad fuera más grande que la de cualquier otro mortal. El gran pecado de la
soberbia que a tantos corazones ha dejado sin vida.
Es
muy normal que cuando queremos vivir una vida nueva estas tentaciones estén a
la orden del día. Por eso, necesitamos revestirnos de fortaleza divina,
únicamente de lo que viene de Dios, como su Palabra porque -como dijo el papa
Francisco- con el demonio no se dialoga, sólo la fuerza de la palabra de Dios
puede con él.
Podemos
decir: ¿Y yo cuando diálogo con él? Cuando le doy entrada a otras enseñanzas o
prácticas que por muy nobles que sean no vienen de Jesucristo, no son palabra
de Dios ni inspiración del Espíritu Santo. Un ejemplo claro, las tan asiduas
practicas del New Age.
La
conversión es un trabajo diario. Lograr la santidad a la que fuimos llamados
solo se logra de la mano de Dios, con fe acatando sus mandatos. Necesitamos
volver a ser la Iglesia que Él mismo instituyó. Demostrémosle cuánto valoramos
el don de su Resurrección haciendo lo que nos pide, dedicándole tiempo.
¿Cómo
podemos decir que amamos a Dios si no le obedecemos? Con nuestra fe adelante
nunca dudemos de que después de un sábado de Dolores siempre habrá un Domingo
de Resurrección.
Por Luz Ivonne Ream, coach Ontológico/Matrimonio/Divorcio Certificado, especialista Certificado en Recuperación de Duelos, orientador matrimonial y familiar.
Fuente:
Aleteia
