Quiero detenerme ante
Jesús, mirarle cara a cara
Me
gusta pensar en la mirada de Jesús. Tantas veces posó en su vida su mirada
sobre los hombres. Esa mirada suya que comprende, enaltece, acoge, perdona.
Pero
yo tantas veces no he sido mirado así. En muchas ocasiones he notado la
ausencia de una mirada. Tal vez mis heridas hondas no provienen de acciones,
sino de omisiones. La ausencia de una mirada. Fui invisible. No me vieron. Y en
esa ausencia de mirada noté el frío del olvido o del desprecio. De la
indiferencia, o de la desilusión. Y el alma se turbó al no ser mirada.
Es
verdad que otras veces noté una mirada fría, de desprecio, de desencanto. Esa
mirada que se posó en mí muy levemente. Me dejó indefenso, juzgado, condenado.
A veces noté en mi vida la mirada del juicio o de la condena.
La
misma mirada que sufrió Jesús al ser elegido Barrabás antes que Él. Esa mirada
de desprecio. O de un odio infundado. No siempre tiene que encontrar el
corazón razones para odiar.
Duele
esa mirada del juicio. De la burla. Del ataque consciente. Esa mirada de
rechazo. Cuando no fui acogido, cuando me despreciaron. Y sufrí el dolor
entonces de la soledad. Porque la soledad no buscada es áspera. Hiela el
alma. Me hace sentir olvidado en medio de tantos hombres que veo en torno
a mi vida.
¡Cuánto
importa la mirada! Mirar bien. Ser mirado. Nos sostiene la fuerza de una
mirada. Nos hunde su ausencia, su vacío ciego.
Jesús
ha forjado su corazón en el hueco de la mano de su Padre y es firme como una
roca. Recibe las tormentas y la calma con la misma paz sagrada. Lo vive todo
con el mismo amor.
Yo
no soy así. Yo voy y vengo, zarandeado en mi barca según mi mundo de
sentimientos, según las circunstancias, según el reconocimiento de los demás,
según las miradas que me acogen o rechazan.
Por
eso me conmueve ver a Jesús en estos días sagrados. Jesús me mira mientras sufre
el rechazo. Tal vez me sostenga su mirada desde la cruz. Jesús recibe mis
promesas de amor, frágiles, como un tesoro. Aunque luego falle, aunque luego
caiga y huya. Quiere recibir mi sed desde el dolor del madero.
Me
gustaría ser como Él, y tener como Él el corazón asentado sobre roca y no sobre
arenas movedizas. Su amor es inamovible. No cambia de un día para otro. Yo sí
cambio. No depende de las miradas que recibe. Yo sí dependo.
Él
siempre está ahí. Con su paz. Me ama sin condiciones. Sin pedirme nada a
cambio. Esa mirada me salva. Pero yo me olvido. A veces creo que no la
conozco. No sé cómo me mira. Quiero detenerme ante Él, mirarle cara a cara.
Tal vez en el cielo será así, será pleno. Aquí en medio de mi barro me turbo y
dudo.
Tal
vez son mis ojos los que no saben mirar y juzgan. Y mi alma alberga en lo más
hondo la duda. Y no sé si Jesús me quiere tanto como a Juan aquella noche. O a
Pedro después de cantar el gallo. No lo sé. No lo veo.
Me
miro a mí mismo en mi pecado y me turbo. Y no creo que su mirada pueda ser
mejor que la mía. Lo incondicional me resulta tan ajeno… Amar la fealdad.
Preferir lo despreciable. Elegir la derrota. Abrazar el fracaso. Desentrañar
bajo la apariencia detestable una belleza inigualable.
Me
cuesta creer en una mirada así. Dudo de mi mirada. Dudo de esa mirada de Jesús.
¿Quién soy yo para Él? Esta semana de las negaciones, de la muerte y la vida.
Esta semana de la verdad que se desvela ante mis ojos. ¿Cuánto valgo para Él
que dice amarme con locura?
Me
cuesta creer en esa mirada que admira, que se enamora, que opta y elige. Yo no
soy así, por eso tiemblo. Porque prefiero la vida a la muerte, el éxito al
fracaso, la belleza a la fealdad, la honradez al engaño.
Porque
hasta mi propio pecado me parece siempre detestable y no digno de
misericordia. Porque yo mismo no paso por alto mis errores, mis caídas, mis
límites. Y me enervo cuando no doy de sí todo lo que quiero. Y no llego a
cubrir todas las perfecciones que yo dibujo imperfectas.
Y
deseo en el fondo de mi alma una mirada pura que sólo vea el bien que hago. Y
descubra en mis torpezas un amor hondo e incondicional. Me gustaría mirar así.
A Dios, a los demás, a mí mismo.
Quiero
que Jesús me mire como miró a Pedro. Cada vez que caigo. Cada vez que tiemblo y
duermo. Esa mirada honda e inconfundible que me levanta. Yo la deseo y la
busco cada día.
Carlos Padilla
Esteban
Fuente:
Aleteia
