El dolor es el mismo que en
cualquier infidelidad, pero la esperanza del perdón permite superarlo mejor
El
psicólogo clínico y terapeuta de pareja Juan de Haro es experto en ayudar a
sanar la infidelidad. Explica que la persona con fe “tiene más viva la
experiencia de que el perdón es posible y esto genera una esperanza que ayuda a
superar el problema”.
Para una persona con fe
que cree realmente en el sacramento del matrimonio, ¿cómo se trabaja para
superar que le hayan sido infiel?
Yo
soy católico y mi fe me ayuda a abrazar todo el dolor. Cuando trabajo con
personas que sufren la infidelidad, no pregunto acerca de sus creencias
religiosas, no existe un modo diferente de trabajar con un católico o con
alguien que no lo es. Pero sí es cierto que quien tiene fe, tiene más viva
la experiencia de que el perdón es posible y esto genera una esperanza que
ayuda a superar el problema.
Al
creyente no se le ahorra nada del sufrimiento, del dolor. Tiene la misma
angustia, los mismos síntomas, y el mismo sentimiento de traición y de
injusticia, pero tiene la posibilidad de ponerlos frente a Dios, no resignado,
sino con una esperanza inteligente.
Y en el caso de haber
sido la persona que ha engañado, siendo católico, ¿cómo puede encontrar en
Cristo la forma de perdonarse?
Me
he encontrado con personas católicas que ponen más peso en el mal que han
provocado que en la experiencia de la misericordia. Es terrible no entender que
el perdón es algo gratuito, que no niega el mal que has cometido, pero no lo
pone en el epicentro de la cuestión. Tu error no tiene la última palabra, lo
tiene un abrazo amoroso que supera ese mal.
Siempre
pueden sanar las heridas si estamos abiertos al perdón y eso quien vive desde
la tradición cristiana lo puede experimentar de forma verdadera. Cristo
crucificado y resucitado es un poder que puede contrarrestar el mal y salvar el
mundo.
Un
católico sabe esto, pero no puede pretender vivirlo de forma automática, más
bien lo vive de forma profundamente dramática, en una continua posición de
petición y de lucha.
¿Qué camino pueden andar
dos personas católicas para sanar que la infidelidad haya entrado en su
matrimonio?
El
camino se anda pidiendo ayuda. Puede parecer una deshonra, una
traición a sus creencias, pero desde el dolor y la fragilidad se entiende mejor
que las personas necesitamos un abrazo que vaya más allá del mal que cometemos
o del mal que padecemos.
Abrirse
a la ayuda de un sacerdote, de los amigos de la comunidad sería el primer paso.
De este modo el dolor y la vergüenza dan paso a la misericordia. La ayuda
profesional forma parte de este abrazo misericordioso.
¿Cómo debe ser el perdón
para superar una infidelidad?
El
perdón es paradójico. Por un lado desearíamos tener la capacidad de
perdonar y por otro, cuando nos hieren, experimentamos la impotencia e
incapacidad para hacerlo. Es también paradójico porque por un lado es necesario
para restaurar la relación, pero por otro, nunca le diría a quien ha sufrido la
infidelidad “tienes que perdonar”.
El
perdón es un proceso, decir perdón no es lo mismo que experimentarlo. No
lo puedo provocar, como no puedo hacer que una herida sane inmediatamente por
que se le haya echado “mercromina”.
Lleva
su tiempo. La conciencia de que hemos sido perdonados primero ayuda a entender
que es posible, pero no lo convierte en algo automático. Para perdonar la
infidelidad necesitamos que quien me ha herido tenga una actitud
reparadora. Sin esto, se trunca la recuperación.
Cuando
Cristo nos perdona, no creo que nos eche la bronca por nuestra incapacidad de
perdonar. Estoy seguro de que abraza y ama nuestra incapacidad para perdonar.
Espera y abraza, no se hace líos como nosotros.
¿Qué sientes cada vez
que ves a un matrimonio volverse a componer después de tu ayuda?
Es
una profunda alegría, ya que trabajo con aspectos esenciales para la vida de
las personas. A veces tengo la conciencia de que soy un instrumento, un peón de
un Bien mayor. Dios manifiesta su ternura, no de forma abstracta, sino a través
de personas de carne y hueso como yo en estos casos y me siento un privilegiado
por ello. A pesar de mi límite, es precioso experimentar ser signo de la
ternura del Señor.
Nuestro
trabajo es discreto, no somos dioses, no somos personas omnipotentes que
sabemos a cada momento qué debemos hacer. Las personas a las que se nos concede
ayudar son un misterio, de antemano no lo sabemos todo, es en este gran abrazo
como se va desvelando quién es el otro y cómo ayudarle.
Que
yo tenga un protocolo para intervenir en estos casos no significa que a todo el
mundo deba decir lo mismo. Cada persona es diferente y me exige un modo
diferente de estar con él. Debo abrazar y acoger y no dar tanto consejo
precocinado. Yo explico a mis amigos que no somos dioses, como mucho somos
ángeles que custodian el sufrimiento y lo ayudan a sanar.
Esta
posición es la más adecuada tanto para nosotros terapeutas como para los amigos
y familiares que desean ayudar. La angustia que genera en familiares y amigos
la experiencia de la infidelidad de alguien querido lleva a pretender saber qué
es lo que deben hacer, se exigen la respuesta perfecta, la solución perfecta y
perfecto solo es Dios.
Menos
juicios y más abrazo. Sólo en el horizonte de un gran Abrazo es posible
reconfortar al que sufre esta herida.
SOFÍA GONZALO
Fuente:
Aleteia
