Cada vez que experimento
mi fragilidad busco la compasión de Dios
Jesús
mira la belleza escondida en mi corazón. Busca lo bueno que hay en mi interior: “Dichosos
los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios
de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz,
porque ellos se llamarán los Hijos de Dios”.
Quiero
ser misericordioso. Y tantas veces me asusta la misericordia. Acabo pensando
que la misericordia excesiva despierta en los hombres la ambigüedad. Es como si
todo valiera. Desaparece el esfuerzo y la lucha. Lo objetivo.
La
misericordia me parece confusa. Como si dieran igual las opciones de vida
que tomo. Y no importara tanto mi fidelidad diaria en lo pequeño.
Pero
no es así. Un corazón misericordioso es un corazón pobre, abierto. Un
corazón en el que caben todos. Un corazón que no rechaza, no juzga, no condena.
Me
gusta ver la misericordia como mi camino de salvación. Alcanzaré misericordia
si soy yo misericordia. Si acojo a todos. Si no juzgo ni condeno.
Cada
vez que experimento mi fragilidad vuelvo mi mirada a Dios. Busco sus ojos.
Busco su compasión. Quiero ser así. Tal como Dios es conmigo. Me queda claro: “El
reino de Dios se hace presente donde las personas actúan con misericordia”[1].
Y
como decía el papa Francisco: “Estamos llamados a vivir de misericordia,
porque a nosotros en primer lugar se nos ha aplicado misericordia”.
Jesús
quiere que sea misericordioso con otros. Ese es el camino de la felicidad.
Recibir el amor de Dios y darlo de la misma forma, con compasión. Mirando al
corazón del otro, no lo de fuera.
Jesús
me propone ser como Él. Pasar por la vida como Él pasó. Confía en mí, eso
siempre me impresiona. Me regala un camino interior precioso. Ser amado tal
como soy. Y amar así a otros. Los pobres, los despojados, los perseguidos.
Ellos son el tesoro del Reino. Los primeros, los elegidos, los amados.
Bienaventurados
los limpios de corazón. Quiero tener un corazón puro. Necesito una mirada
limpia. Una forma inocente de enfrentar la vida. Me da miedo perder la
inocencia con los años. Me da miedo no ser más un niño ingenuo y confiado en
las manos de Dios y de los hombres.
Seré
feliz si mi mirada vuelve a ser pura. Seré feliz si en mi interior no habitan
el odio y el engaño.
Quiero
también construir la paz. En medio de las guerras y los odios. En medio de
tantas divisiones que me separan. Quiero ser pacífico. Pacificar con mis
silencios y con mis palabras. Me cuesta tanto no contribuir yo a las guerras…
Jesús
se fija en el potencial que hay en mi alma. Estoy llamado a ser misericordia, a
ser pacífico, a ser puro. Es mi misión en medio de un mundo que carece de esos
tres pilares. ¿Qué hago yo por mirar con misericordia, sembrando paz, desde la
pureza de mi corazón?
CARLOS PADILLA ESTEBAN
Fuente:
Aleteia
