El actor
colombiano Iván Gutiérrez cuenta su experiencia en un libro que se ha
convertido en best-seller
Hacia 1996 el colombiano Iván Gutiérrez
era un hombre joven y comenzaba a concretar los sueños que por años había
anhelado. El éxito le mostraba su rostro amable o al menos esa ero lo que él
suponía…
Nacido a fines de los años sesenta en
Pácora -zona rural y cafetera de Colombia-, de niño gustaba recorrer las calles
del poblado que seguían el movimiento ondulante de los montes en que está
inserta la ciudad. Con los años el pequeño Iván emigraría hacia la gran urbe,
Bogotá, en busca de un futuro bienestar anhelado por años.
Su testimonio -que ha entregado mediante
entrevista para Portaluz–
da cuenta de esa afirmación y el regalo de la gracia, sanadora y liberadora de
las heridas generacionales que lo impulsaban al pecado…
Con tesón Iván logró contratos como
modelo publicitario y papeles secundarios en algunas producciones televisivas a
los pocos meses de llegar a Bogotá. Luego comenzaron a reconocerlo en la vía
pública, le pedían autógrafos y disfrutaba sin cuestionarse del dinero, las
borracheras y el sexo con distintas mujeres, sin comprometer su vida con
ninguna en específico.
Maldecido
Tras dos años en esa forma de vida y
sintiéndose en la plenitud de sus capacidades físicas de un momento a otro se
enfermó.
Sentía dolores de estómago insoportables
y se le agudizó además un tic que tenía desde niño -recuerda-, haciéndole
mantener la cabeza ladeada. Para su pesar los médicos sólo encontraron
ulceraciones en su estómago, sin poder definir las causas que provocaban aquél
deterioro físico y psicológico. Tras diagnósticos errados, incluso de cáncer,
tratamientos sin resultado y murmuraciones en el medio actoral, Iván estaba
desesperado.
Mirando la verdad
Habiendo descuidado por años su vínculo
con Dios y sin claridad de los riesgos que implicaban para su salud integral
algunas decisiones que tomaría, nos cuenta que deambuló buscando ayuda por
iglesias evangélicas, brujos, adivinos, yoga y lectura de tabaco. Pero Dios
vendría a su encuentro… “Finalmente
soy el fruto de una mamá que oraba, rezando el rosario, de una mamá
despidiéndome con la bendición y saludándome con la bendición y eso tarde
o temprano dio sus frutos en mi vida”, cuenta Iván.
Está convencido que por las oraciones que
su madre “sembró”, Dios se compadeció y comenzó a guiarlo. “El Espíritu
Santo, le ilumina la conciencia y le hace caer en cuenta las consecuencias del
pecado”, confirma. Así llegó hasta un grupo de la renovación carismática
católica, donde en oración el Espíritu Santo le mostró a un miembro de ese
grupo cuál era la raíz del mal que lo afectaba, confidencia Iván…
Estaba expuesto a la acción demoníaca
Una de sus amantes, furiosa por haberlo
perdido y comprender que él era un hombre mujeriego, había invocado un
maleficio para dañarlo. Hoy Iván recuerda con paz a esa mujer, a quien ha
perdonado.
En su conversión fue clave, dice, la guía
de un sacerdote para regresar a la iglesia. Su liberación comenzaría al
confesarse. Luego -advierte- ocurrieron signos explícitos de sanación…
“En la medida que me fui dando cuenta del
pecado que había dentro de mí -borracheras, mujeriego, la droga en un momento
de mi vida, como afecté a mi mamá a mi papá, las prácticas de adivinación y
brujería en que había incurrido-… ahí empieza el Señor a liberar”.
Finalmente, por indicación del confesor
Iván nos dice que fue nuevamente a los médicos para ser evaluado, incluida una
endoscopía. Estaba completamente sano… “y las tres llagas que tenía se
desaparecieron”.
Para él lo ocurrido es por obra de
Dios y no se trata del sacerdote que intervino… “Esto es un proceso de fe. A
quien lea esta entrevista busque a su sacerdote en su pueblo, en su ciudad”.
Comunicando la alegría del perdón
Así como él fue perdonado también Iván
hizo lo propio con quien le había maldecido. “Dios me dio la sanidad de ir a
buscar a esta mujer, la busqué y le dije: si no hubiera sido por usted, yo, ni
mi familia nos hubiéramos acercado a Dios”.
No es menor la transformación de Iván,
porque luego de aquella primera confesión comenzó a nacer en él su vocación de
apostolado, viviendo en castidad por más de 13 años hasta contraer matrimonio
hace algunos meses.
Adaptación de un
artículo originalmente publicado por Portaluz
Fuente: Aleteia
