No quiero quedarme sólo
en la superficie de las cosas
Me gustan las cosas bellas.
Me detengo espontáneamente ante la belleza. Me gusta esa belleza que hoy es y
mañana desaparece. Es verdad.
La belleza visible en las
flores, en los bosques, en la naturaleza.
Me gusta detenerme y contemplar el balanceo de las ramas de los árboles mecidos
por el viento. La belleza de las aguas del río, del mar, de una fuente.
La belleza de las obras de arte que me conmueven. Porque un pincel,
una mano, una mirada, supieron reflejar de forma visible una belleza
que me habla, no sé cómo, de la belleza eterna. Esa belleza temporal me
conmueve.
La belleza humana. De los hombres en sus aspecto físico, en su alma bella. La belleza
ya madura. La belleza joven. Me impresiona esa belleza temporal y eterna al
mismo tiempo. Lleva en sí guardada la semilla de lo eterno, que se mantendrá
más allá del tiempo. Por eso me detengo en lo pasajero.
Calmo el alma mirando la
belleza hoy. Sé que no importa tanto, porque es pasajera. Pero esa belleza del momento, del instante,
del aquí y el ahora, me llena de infinito. De una presencia divina que calma mi sed, por un momento.
A veces corro el riesgo de
dejar pasar de largo la belleza eterna mirando lo caduco. Y me quedo absorto
contemplando las hojas caídas del otoño. No fijo mi mirada en las que
permanecen. No le doy tanto valor a su perseverancia.
Valoro más esas hojas que se
han teñido de rojo antes de caer sin vida. Me parecen tal vez más heroicas, más
valientes, más audaces. Y me olvido de lo eterno. Quiero aprender a ver lo eterno escondido
en lo caduco. Lo
que permanece en lo que deja de existir.
Quiero mirar en lo profundo
salvando la apariencia. Con ojos más hondos. No
quiero quedarme sólo en la superficie de las cosas. Quiero
descubrir la belleza en la persona amada. Su belleza oculta, su belleza en
forma de semilla aún por germinar.
Quiero calar hondo. Tocar lo
más profundo. Quiero
sufrir cuando la belleza aparente del momento caduque ante mis ojos. Y elevarme
entonces. No
quiero quedarme en la superficie de las cosas. En su belleza caduca. Miro más
hondo la belleza oculta. Entre los muros. En lo escondido.
Hay personas, lo sé, que
tienen el don de ver la belleza escondida
en las almas. No se quedan en su aspecto, no les detienen sus prejuicios. Se
adentran sin miedo superando sus recelos. Cavan hondo y encuentran la belleza
oculta. Dos velas iluminan lo más bello. Oculto para los hombres que se
conforman con lo que vaga por la superficie.
Es tan sencillo en teoría.
Pero yo me quedo con frecuencia atado a lo que muere. Sostenido en lo que no
perdura. Y no
soy capaz de ver lo bello eterno. Lo que sólo Dios percibe.
Quiero tener ese don, esa
mirada profunda. Para no contentarme con lo que no llena mi alma. Para saber ver a Dios en lo no aparente. Para ver la
luz entre las sombras. Y
descubrir a Dios entre mis manos mortales.
Fuente:
Aleteia
