Se trata de vivir con
Jesús en lo más cotidiano
Cuando recorro el camino de
Santiago me gusta vivir ese milagro de sentarme a la mesa cada día con personas
distintas. No nos conocemos, pero todos compartimos la misma etapa del camino.
Ese camino común nos une, igual que nos une esa misma meta que nos hace
ponernos a andar temprano cada mañana.
Muchas veces no sé si son
creyentes o no lo son. No conozco su vida de pecado o de pureza. No sé de dónde
vienen, qué hacen en su vida normal. Tampoco lo pregunto si no surge el tema. Comparto sólo lo cotidiano, lo más
sencillo. La vida concreta, aquí y ahora.
Sé a dónde van. Y dónde han
empezado a caminar. Pero no conozco su historia personal. No es el momento.
Ellos tampoco me conocen. Pero compartimos una misma mesa. No sé cuál es su
manera de vivir. Pero en ese momento nos une una misma pasión, la meta hacia la
que caminamos. Y nos aceptamos los unos a los otros sin poner barreras, sin
marcar distancias.
Me gusta esa experiencia de
una mesa compartida. Sé muy bien que de
aquel que es distinto puedo aprender mucho. No lo olvido. Puedo admirar a
otros si soy más humilde y no me cierro en mi postura rígida. Si me abro al
diferente. Es lo que hace Jesús conmigo. Es lo que hizo siempre.
Jesús se sienta a mi mesa y
no pregunta. Me ama y me mira, y se alegra al verme con Él. Se queda conmigo y
me abraza. Y me recuerda
cuánto valgo.
Jesús quiere sentarse a mi
mesa, con los míos, en mi casa, tal como vivo ahora. Se trata de vivir con Él y estar con Él
en lo más cotidiano. En la mesa donde siempre se celebra la
vida y se comparte. Ese compartir es el mayor regalo, el motivo de la alegría.
Es un amor gratuito. Desinteresado. Es personal.
Me gustaría compartir la mesa
con Él para convertirme y poder después compartir mi mesa con muchos.
Pablo, en su carta a Timoteo,
cuenta su experiencia con Jesús: “Jesús
vino al mundo para salvar a los pecadores y yo soy el primero”. Y añade: “Se compadeció de mí”. Jesús irrumpió en su vida y lo
llamó. Se compadeció. Tuvo misericordia. Eso cambió a Pablo para siempre.
Basta una mirada, un abrazo,
un gesto de amor. Y la vida cambia.
Fuente:
Aleteia
