El Santo Padre señala que los pobres, que no son un apéndice del Evangelio,
sino una página central, siempre abierta ante nosotros
En el Jubileo de los catequistas, que se
celebra hoy como parte del Jubileo de la Misericordia, el papa Francisco les
indicó que no sirve aparentar o hacer lindas prédicas, sino que es necesario
dar testimonio de Jesús. Y tomó inspiración del evangelio del día para explicar
la parábola del pobre Lázaro y el rico sin nombre. Que el problema reside no en
tener riquezas sino en ignorar, en ser indiferentes ante quienes están en
dificultad.
A continuación el texto de la homilía:
El Apóstol Pablo, en la segunda lectura,
dirige a Timoteo, y también a nosotros, algunas recomendaciones muy importantes
para él. Entre otras, pide que se guarde «el mandamiento sin mancha ni
reproche» (1 Tm 6, 14). Habla sencillamente de un mandamiento. Parece que
quiere que fijemos nuestros ojos fijos en lo que es esencial para la fe. San
Pablo, en efecto, no recomienda una gran cantidad de puntos y aspectos, sino
que subraya el centro de la fe.
Este centro, alrededor del cual gira
todo, este corazón que late y da vida a todo es el anuncio pascual, el primer
anuncio: el Señor Jesús ha resucitado, el Señor Jesús te ama, ha dado su vida
por ti; resucitado y vivo, está a tu lado y te espera todos los días. Nunca
debemos olvidarlo.
En este Jubileo de los catequistas, se
nos pide que no dejemos de poner por encima de todo el anuncio principal de la
fe: el Señor ha resucitado. No hay un contenido más importante, nada es más
sólido y actual. Cada aspecto de la fe es hermoso si permanece unido a este
centro, si está permeado por el anuncio pascual. Si se le aísla, pierde sentido
y fuerza.
Estamos llamados a vivir y a anunciar la
novedad del amor del Señor: «Jesús te ama de verdad, tal y como eres. Déjale
entrar: a pesar de las decepciones y heridas de la vida, dale la posibilidad de
amarte. No te defraudará». El mandamiento del que habla san Pablo nos lleva a
pensar también en el mandamiento nuevo de Jesús: «Que os améis unos a otros
como yo os he amado» (Jn 15, 12).
A Dios-Amor se le anuncia amando: no a
fuerza de convencer, nunca imponiendo la verdad, ni mucho menos aferrándose con
rigidez a alguna obligación religiosa o moral. A Dios se le anuncia encontrando
a las personas, teniendo en cuenta su historia y su camino. El Señor no es una
idea, sino una persona viva: su mensaje llega a través del testimonio sencillo
y veraz, con la escucha y la acogida, con la alegría que se difunde. No se
anuncia bien a Jesús cuando se está triste; tampoco se transmite la belleza de
Dios haciendo sólo bonitos sermones.
Al Dios de la esperanza se le anuncia
viviendo hoy el Evangelio de la caridad, sin miedo a dar testimonio de él
incluso con nuevas formas de anuncio. El Evangelio de este domingo nos ayuda a
entender qué significa amar, sobre todo a evitar algunos peligros. En la
parábola se habla de un hombre rico que no se fija en Lázaro, un pobre que
«estaba echado a su puerta» (Lc 16, 20).
El rico, en verdad, no hace daño a nadie,
no se dice que sea malo. Sin embargo, tiene una enfermedad peor que la de
Lázaro, que estaba «cubierto de llagas» (ibíd.): este rico sufre una fuerte
ceguera, porque no es capaz de ver más allá de su mundo, hecho de banquetes y
ricos vestidos. No ve más allá de la puerta de su casa, donde yace Lázaro,
porque no le importa lo que sucede fuera.
No ve con los ojos porque no siente con
el corazón. En su corazón ha entrado la mundanidad que adormece el alma. La
mundanidad es como un «agujero negro» que engulle el bien, que apaga el amor,
porque lo devora todo en el propio yo. Entonces se ve sólo la apariencia y no
se fija en los demás, porque se vuelve indiferente a todo.
Quien sufre esta grave ceguera adopta con
frecuencia un comportamiento «estrábico»: mira con deferencia a las personas
famosas, de alto nivel, admiradas por el mundo, y aparta la vista de tantos
Lázaros de ahora, de los pobres y los que sufren, que son los predilectos del
Señor.
Pero el Señor mira a los que el mundo
abandona y descarta. Lázaro es el único personaje de las parábolas de Jesús al
que se le llama por su nombre. Su nombre significa «Dios ayuda». Dios no lo
olvida, lo acogerá en el banquete de su Reino, junto con Abraham, en una
profunda comunión de afectos.
El hombre rico, en cambio, no tiene
siquiera un nombre en la parábola; su vida cae en el olvido, porque el que vive
para sí no construye la historia. La insensibilidad de hoy abre abismos
infranqueables para siempre. En la parábola vemos otro aspecto, un contraste.
La vida de este hombre sin nombre se
describe como opulenta y presuntuosa: es una continua reivindicación de
necesidades y derechos. Incluso después de la muerte insiste para que lo ayuden
y pretende su interés.
La pobreza de Lázaro, sin embargo, se
manifiesta con gran dignidad: de su boca no salen lamentos, protestas o
palabras despectivas. Es una valiosa lección: como servidores de la palabra de
Jesús, estamos llamados a no hacer alarde de apariencia y a no buscar la
gloria; ni tampoco podemos estar tristes y disgustados.
No somos profetas de desgracias que se
complacen en denunciar peligros o extravíos; no somos personas que se
atrincheran en su ambiente, lanzando juicios amargos contra la sociedad, la
Iglesia, contra todo y todos, contaminando el mundo de negatividad.
El escepticismo quejoso no es propio de
quien tiene familiaridad con la Palabra de Dios. El que proclama la esperanza
de Jesús es portador de alegría y sabe ver más lejos, porque sabe mirar más
allá del mal y de los problemas. Al mismo tiempo, ve bien de cerca, pues está
atento al prójimo y a sus necesidades.
El Señor nos lo pide hoy: ante los muchos
Lázaros que vemos, estamos llamados a inquietarnos, a buscar caminos para
encontrar y ayudar, sin delegar siempre en otros o decir: «Te ayudaré mañana».
El tiempo para ayudar es tiempo regalado a Jesús, es amor que permanece: es
nuestro tesoro en el cielo, que nos ganamos aquí en la tierra.
En conclusión, que el Señor nos conceda
la gracia de vernos renovados cada día por la alegría del primer anuncio: Jesús
nos ama personalmente. Que nos dé la fuerza para vivir y anunciar el
mandamiento del amor, superando la ceguera de la apariencia y las tristezas del
mundo. Que nos vuelva sensibles a los pobres, que no son un apéndice del
Evangelio, sino una página central, siempre abierta ante nosotros.
Fuente:
Zenit
