Si Dios siempre nos va
a perdonar...
Suele suceder que mi pecado
me aleja de Dios. Me hace sentir culpable. Y en lugar de acercarme arrepentido
para pedir perdón, me alejo. Mi pecado de egoísmo puede llenarme de bienes
aparentes que me dejan vacío. Me sacian por un momento y después vuelve la
insatisfacción.
Una vida de pecado es una
vida llena de confusión, desordenada. El pecado puede ser un mal para mí mismo
y puede serlo para los que me rodean. El pecado puede centrarme en mí mismo y
volverme egoísta y orgulloso.
El pecado me hace esclavo y dependiente. Me hace mirar sólo mi bien, lo que deseo, lo que me
gusta, y dejar de lado el bien de los otros.
Una persona me comentaba el
otro día: “¿No puede suceder que al hablar tanto de
un Dios misericordioso le quitemos importancia al pecado personal? ¿Y que uno llegue a pensar: como Dios es tan misericordioso
da igual cómo viva, haga lo que haga siempre me va a perdonar?”.
Creo que no es así. En la
vida cometemos muchos pecados. Las tentaciones son muchas y caemos porque somos
débiles. En unas ocasiones caemos por dejadez. En otras ocasiones porque nos
dejamos llevar por lo que nos tienta, y pensamos que así seremos más felices.
Esos pecados pueden alejarnos
de Dios. Nos hacen sentir culpables y nos alejan del perdón. Pero esa lejanía
es más bien fruto de esa falta de perdón hacia nosotros mismos. No nos perdonamos y no creemos en la
misericordia de Dios.
Por eso creo que hablar mucho
de misericordia hoy en día no hace que pequemos más. Como el que piensa que da igual lo que uno haga que Dios siempre
me va a perdonar. Al contrario, me hace bien.
La misericordia del padre que
espera al hijo que se había alejado, abre una puerta de esperanza. Es una nueva
oportunidad para aquel que quiere dejar su vida de pecado y recorrer otro
camino.
Decía el papa Francisco: “Él quiere tus manos para seguir
construyendo el mundo de hoy. Él quiere construirlo contigo. Me dirás, Padre, pero yo soy muy
limitado, soy pecador, ¿qué puedo hacer? Cuando el Señor nos llama no piensa en
lo que somos, en lo que éramos, en lo que hemos hecho o de dejado de hacer. Al
contrario: Él, en ese momento que nos llama, está mirando todo lo que podríamos
dar, todo el amor que somos capaces de contagiar. Su apuesta siempre es al
futuro, al mañana”.
Cuando Jesús me mira ve toda
la belleza de mi alma. Como cuando Jesús miró a Mateo y no vio al publicano pecador,
sino al apóstol escondido en su misma piel. En mi
pecado Dios viene a rescatarme. Conoce mi debilidad y se alegra en mi riqueza.
Sabe todo lo que puedo llegar a dar con mi vida si me abandono en sus manos.
Distingo entre los pecados puntuales y una vida de pecado.
Todos, hasta el más santo,
cometemos pecados. Nos dejamos llevar. Nos tentamos y caemos.
Pecamos de egoísmo con
nuestras cosas. Caemos en la vanidad. En el juicio, en la crítica. Nos dejamos
llegar por la gula. La envidia nos hace desear lo que no tenemos y condenar al que tiene lo
que deseamos. Somos orgullosos y soberbios. La pereza nos inmoviliza.
Una vida santa tiene pecados. La santidad no consiste en no pecar
nunca, porque sé que es imposible.
Los pecados puntuales no me
alejan tanto de Dios. Puede ser que a veces sí. Una pelea fruto de mi ira que me
llena de pena. Un acto del que me arrepiento profundamente por haber sido
infiel. Son pecados que enturbian el alma y me hacen sentir lejos de Dios.
Porque me hieren en lo más profundo.
Pero es algo distinto a
llevar una vida de pecado. Es diferente. El problema
es cuando en mi vida me he metido en una corriente de la que no puedo salir y
que me aleja lentamente de Dios, paso a paso.
En ese momento, si me doy
cuenta y cojo fuerzas para iniciar un cambio, puedo echar marcha atrás y convertirme por la gracia de Dios.
En ese momento, saber que
Dios es misericordioso y me espera siempre, haga lo que haga, más que una
excusa para seguir pecando, es una luz para enderezar el camino que no me hace
feliz.
Acentuar la misericordia de
Dios más que ser un lenitivo que permita una vida de pecado, es una puerta abierta para el que ve que
tiene que cambiar de vida, que necesita cambiar de vida y no
tiene fuerzas. Ver al final del camino la mirada misericordiosa del Padre es lo
que el alma necesita, es una ventana a la esperanza.
El papa Francisco habla del
perdón sacramental: “La
Reconciliación sacramental permite colocar los pecados y los errores de la vida
pasada bajo el influjo del perdón misericordioso de Dios y de su fuerza sanadora”.
Mi pecado me enferma. El
perdón de Dios me sana. La
misericordia sana mi vida y me permite volver a comenzar. Me permite amar mejor, con más
profundidad.
A veces mis pecados son por
omisión. No hago nada malo, más bien dejo de hacer el bien. Más que actos, son
ausencia de amor. Más que ofensas, son faltas de misericordia.
San Pablo me recuerda cómo
debe ser mi vida: “Hombre
de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la
delicadeza. Combate el buen combate de la fe”.
Fuente:
Aleteia
