A veces tengo la tentación de desconectarme de todas mis responsabilidades y huir solo
Tengo claro que no he nacido ni para
vegetar ni para dormir. Pero a veces veo que la comodidad me
arrastra. Y las palabras del papa Francisco en la JMJ de Cracovia me levantan.
Hay un peligro muy real, “creer que para ser feliz necesitamos un
buen sofá. Un sofá que nos ayude a estar cómodos, tranquilos, bien seguros. Un
sofá contra todo tipo de dolores y temores. Un sofá que nos haga quedarnos en
casa encerrados, sin fatigarnos ni preocuparnos. La ‘sofá-felicidad’, es probablemente la
parálisis silenciosa que más nos puede perjudicar, que puede arruinar a la
juventud.
Nos vamos quedando dormidos, embobados y atontados. ¿Quieren ser jóvenes dormidos, muñecos, embobados? ¿Quieren ser libres? ¿Quieren vivir despiertos? ¿Quieren luchar por su futuro? No vinimos a este mundo a vegetar, a hacer de la vida un sofá que nos adormezca; al contrario, hemos venido a otra cosa, a dejar una huella. Es muy triste pasar por la vida sin dejar una huella”. Estas palabras me dejan pensativo.
Nos vamos quedando dormidos, embobados y atontados. ¿Quieren ser jóvenes dormidos, muñecos, embobados? ¿Quieren ser libres? ¿Quieren vivir despiertos? ¿Quieren luchar por su futuro? No vinimos a este mundo a vegetar, a hacer de la vida un sofá que nos adormezca; al contrario, hemos venido a otra cosa, a dejar una huella. Es muy triste pasar por la vida sin dejar una huella”. Estas palabras me dejan pensativo.
No quiero pasar por mi vida sin dejar huella.
No quiero vivir dormido sin sembrar vida. Aletargado. Confundido. Apagado.
No quiero ser un joven que tira la toalla
antes de tiempo, antes de empezar a luchar, a servir. El que no invierte su vida en servir, no
sirve para vivir.
No quiero ser un adulto cansado que no
quiere más guerra. Quiero tener un corazón joven, un corazón lleno de
misericordia, un corazón apasionado. Siempre dispuesto a darlo todo, a luchar,
a entregar.
Añadía el papa Francisco: “Un corazón misericordioso se anima a salir
de su comodidad; sabe ir al encuentro de los demás, logra abrazar a todos.
Logra ser refugio para los que nunca tuvieron casa o la han perdido, sabe
construir hogar y familia para aquellos que han tenido que emigrar, sabe de
ternura y compasión”.
Me cuesta pensar en esa actitud
descentrada, siempre en salida. Busco la comodidad de mi hogar, de los míos, de
mi tierra. Me centro en mi felicidad, en lo que me falta para ser feliz. Y tal vez me olvido del bien de los otros, y
pretendo sólo mi comodidad.
No quiero acostumbrarme a vivir con
derechos. Siempre exigiendo, siempre infeliz. Siempre comparándome con otros, siempre pensando que los demás
tienen más suerte, más talentos, más éxitos. No quiero sufrir por esas cosas.
Quiero aceptar mi vida como es. Y darle un
sí alegre y decidido. Hoy miro a Dios y le doy gracias y lo alabo.
Sé que tengo derecho al descanso. Un
derecho que no me hace pasar por encima de todos para lograrlo. No quiero vivir
pensando que tengo derecho a que me dejen en paz, tranquilo, calmado. Me
confundo cuando pienso así.
Tengo derecho a dar gratis lo que he
recibido gratis. Ese es mi derecho fundamental, irrenunciable. No quiero
olvidarlo. No quiero
confundir el descanso con la comodidad.
Descanso de rutinas del año para vivir
otros servicios, para vivir otra entrega, para seguir amando, para seguir siendo generoso y no egoísta.
No pretendo vivir pensando sólo en mi sofá, en mi comodidad, en mi paz. Vivo
descentrado, o si no es así, entonces vivo mal.
Quiero vivir abierto a la luz que llega
cuando dejo que entre en mi vida la generosidad de Dios. No quiero buscar sólo
la comodidad.
A veces tengo la tentación de desconectarme
de todas mis responsabilidades, de mi mundo, y huir solo. La tentación de escaparme buscándome a mí
mismo. En otro lugar mejor, en otra vida mejor.
Miro a Jesús cuando se retiraba a orar y lo
seguían y lo buscaban. Y Él se dejaba encontrar. Es verdad que sé que no puedo
ser como Él. Estoy tan lejos. Pero sí puedo ir con Él. Seguir sus pasos hasta
donde Él vaya. Ese ha sido mi sueño siempre. Desde joven. Seguir sus pasos. No aburguesarme y dejar siempre que Él
marque mis pasos. Me
basta con estar con Él para tener paz.
Pero a veces lo quiero todo. El camino y la
meta. La paz de la soledad y la alegría de dar consuelo. El guardarme y la
entrega. No me conformo. No tengo paz y vivo inquieto. ¿Qué más puedo hacer? Mi
corazón quiere más.
Pero a veces me lleno de alegrías pequeñas.
Porque mi corazón está hecho para la alegría. Quiero ser alegre. Quiero dar
alegrías. Me gustaría ser capaz de sembrar alegría como les decía el Papa a los
jóvenes: “Capaces de contagiar alegría, esa alegría
que nace del amor de Dios, la alegría que deja en tu corazón cada gesto, cada
actitud de misericordia”.
Quiero una alegría que no pase, una alegría
eterna que nunca se acabe. Una alegría honda y plena. Para poder dejar una
huella verdadera en tantas vidas. Siempre lo he querido, siempre lo he soñado.
No me conformo con vivir encerrado en mi mundo estrecho.
No quiero conformarme con una vida miserable
sin horizontes amplios. Quiero mirar a Jesús. Le sigo a Él. No puedo vivir
mirándome a mí mismo, lo que tengo, lo que poseo.
Sé que no estaré nunca a su altura. Sólo
soy discípulo. Su hijo. Su hermano. Pero yo sigo caminando. Dejándome la vida. Siendo feliz a su lado. Tal vez eso me
basta, con eso sueño.
Fuente:
Aleteia