Mitchell empaquetó las pertenencias de su familia
en 12 maletas y se dirigió a la zona más pobre de Costa Rica
“Fui a la jungla pensando que iba a estar
de duelo, pero Dios me trajo aquí para curar”, fue lo que me dijo Colleen C.
Mitchell, escritora y misionera a tiempo completo, sentada en una banqueta de
mi cocina mirándome mientras preparaba un étouffée típico de la cocina cajún de Luisiana.
Mitchell y yo nos conocimos hacía sólo una
semana, durante una feria católica en Chicago, pero cuando supe que era
originaria de Nueva Orleans y que vendría a nuestra ciudad natal la semana
siguiente, insistí en que nos viéramos de nuevo.
Durante nuestra visita, Mitchell compartió
abiertamente conmigo su
historia de angustia y dolor, una historia que condujo a su familia hasta un
bosque nuboso de Costa Rica para trabajar como misioneros, cuidando de las
necesidades espirituales y físicas del pueblo indígena cabécar.
Su travesía hacia la jungla comenzó en
2009, cuando Mitchell, su marido Greg y sus seis hijos todavía vivían una vida
normal y feliz como familia católica defensora de la educación en el hogar.
Durante lo que Mitchell denominó “un día
perfecto de clases en el hogar”, la
tragedia les golpeó repentinamente cuando descubrió que su hijo de tres meses,
Bryce, no respondía a los estímulos en su cuna. Síndrome de muerte súbita del
lactante.
En un corto periodo de tiempo, la pareja
perdió cuatro bebés más debido a abortos naturales, lo que dejó a Mitchell hecha trizas e
irremediablemente cambiada a causa de los múltiples disgustos y el consiguiente
dolor que fustigaba sus vidas.
Poco después de la muerte de Bryce, Greg
encontró la inspiración para establecer una organización sin ánimo de lucro en
nombre de Bryce con el propósito de compartir el Evangelio.
“No puedo decir que me opusiera a la idea”,
escribía Colleen en el exquisito libro que surgió de su dolor, titulado Who Does He Say You
Are: Women Transformed by
Christ in the Gospels [Quién
dice Él que eres tú: mujeres transformadas por Cristo en los Evangelios].
“Pero no podía
entender el sentido lógico de entregar tu corazón a los demás cuando estás
sosteniendo sus pedazos ensangrentados entre las manos”.
Aún vacilantes sobre cómo podían ayudar a
los demás cuando guardaban tanto dolor para sí mismos, Mitchell ofreció a Dios
y a Greg un tímido sí, dando a luz de esta forma a la asociación St.
Bryce Missions.
Poco después, Greg viajó a Costa Rica por
trabajo y volvió a casa con una visión del futuro familiar que su esposa nunca
habría imaginado: mudarse
todos al cerro Chirripó, el pico más alto de Costa Rica, para predicar a los
pueblos indígenas no evangelizados que vivían allí en una reserva
administrada por el Gobierno.
Así, dando un salto de fe radical,
Mitchell guardó las pertenencias familiares y los artículos de primera
necesidad en 12 maletas y se embarcaron “a ciegas en un viaje de redención” hacia la zona más
pobre de Costa Rica, con un futuro incierto ante ellos.
Tres semanas después del comienzo de su
nueva vida en lo remoto de la jungla, la tragedia les azotó de nuevo con la
muerte de la madre de Greg, lo que supuso la partida del marido durante tres
semanas fuera de Costa Rica.
“Fue entonces —en un momento sentada, con
el corazón roto, aislada y sola en la jungla con mis chicos, sin coche, sin
hablar español, alejada de todos y todo aquello que conocía— cuando me di cuenta de que tenía que conocer a
Dios de una forma nueva”.
Mitchell pasó largos días sentada junto a
un río con su Biblia y su diario, meditando sobre las historias del poder
sanador y transformador de Cristo en el Evangelio, mientras sus hijos jugaban
en las claras aguas del río.
Allí, la doliente madre empezó a escuchar a
Cristo hablando vida de nuevo en su corazón; allí empezó a reclamar la visión
que Dios tenía para ella y dio
cuenta en su diario de las “tiernas misericordias” que el Señor le concedía en
sus oraciones.
Los escritos de ese mismo diario
terminarían dando forma a los capítulos de su último y hermoso libro.
“Empecé a reconocer que incluso con todos
los destrozos y las fisuras que habían provocado en mí los últimos años, yo
seguía siendo hermosa y amada para Él, y tenía un propósito. Él quería usarme”,
escribió. Y no tardó mucho en darse cuenta de cuál era ese propósito.
Mitchell empezó a notar que la sanidad
básica era inaccesible para las mujeres cabécar, lo que forzaba a las
embarazadas a recorrer hasta 16 kilómetros a pie, habiendo roto aguas, para
poder llegar a un hospital donde dar a luz a sus bebés de forma segura.
Reflexionando sobre cómo podría ayudar,
trazó un plan en su mente para encontrar e involucrar a una institución de
organización ya existente para solucionar el problema dehacer más
accesible la sanidad a estas pobres mujeres. Una vez más, Dios la sorprendía con
una solución insospechada.
“Un día, mientras rezaba, escuché a Dios
decir: ‘Usa lo que tútienes
para cubrir esta necesidad’”, me dijo Mitchell mientras yo la escuchaba con
asombro. “Tienes
un coche, una casa, una forma de llevar a estas personas al hospital. Comparte
con ellas lo que te he dado”.
Y Mitchell dijo que sí.
Justo al día siguiente, Mitchell y su
marido encontraron a una mujer cabécar con un bebé extremadamente enfermo que
ya había caminado ocho horas bajo una intensa lluvia para encontrar asistencia
médica.
La recogieron, la llevaron al hospital y
permanecieron junto a ella para asegurarse de que recibía los cuidados que
necesitaba. Además le dieron su número de teléfono en caso de que no tuviera
forma de volver a casa una vez el bebé recibiera el alta del hospital.
La mujer llamó a la pareja al día siguiente
y terminó por quedarse en la casa de los Mitchell durante una semana, hasta que
el bebé estuvo lo bastante estable como para volver a su hogar.
Tras este primer encuentro, la familia Mitchell hizo correr la voz de
que estaban dispuestos a ayudar a otros, así que empezaron a aparecer más
mujeres.
Con el crecer de esta afluencia, la familia
decidió mudarse a una casa más grande cerca del hospital, donde alojan a 25 mujeres además de a los siete
miembros de la familia.
Así nace el centro St. Francis Emmaus, un
ministerio desde el hogar que es sólo una de las varias iniciativas que St.
Bryce Missions está liderando para llegar con el Evangelio a los que residen en las
periferias de la sociedad.
Hasta la fecha, más de 700 mujeres
cabécares han cruzado sus puertas para recibir comida, cobijo, educación
sanitaria y apoyo y consejo para cuidados sanitarios dentro del sistema médico
estatal, además de recibir también el amor y los cuidados de la familia
Mitchell al completo, incluyendo a los cinco hijos que aún estudian en el hogar
y que participan en las tareas de St. Bryce Missions.
El “sí” que los Mitchell dieron a Dios ha
dado a luz a la
curación dentro de la desesperanza, ha creado gracia dentro del
dolor, para ellos mismos y para tantos otros.
Sus esfuerzos no sólo han estimulado una
caída del 50% en la tasa de mortalidad infantil entre las personas a las que
ayudan, sino que también ha traído a familias enteras, de una parte del mundo a
menudo olvidada, la oportunidad de encontrar a Cristo.
Fuente:
Aleteia
