La diversidad de pueblo santo en la Iglesia Católica hace que su unidad
sea aún más bella
Cuando observamos una iglesia
católica u ojeamos estampas de santos en una tienda de recuerdos, no es difícil
tener la impresión, falsa, de que todos los santos son de un único tono de
piel: blanco. La imagen estereotípica de un santo es la de un varón o una mujer
de pelo rubio o canoso y de origen europeo.
Da la impresión —insistimos, falsa— de que la Iglesia católica
está formada sólo por blancos y que los santos no existen en otras culturas.
Afortunadamente, la santidad no es exclusiva de ninguna raza y la Iglesia católica es mucho más colorida de lo que normalmente se cree. De hecho, hay innumerables santos de color en la Iglesia que han servido de inspiración para todos los pueblos a lo largo de los siglos.
Centrémonos en los casos de cinco mujeres y hombres santos que
ayudaron a derribar estereotipos, unos santos a quienes deberíamos implorar su
intercesión en un mundo donde los prejuicios raciales continúan haciendo trizas
nuestro mundo.
San Moisés “el negro”
También conocido como “el moro” o “el etíope”, san Moisés fue un
monje ascético nacido en Etiopía en el 330 a.C., uno de los Padres del Desierto
venerado en especial en las iglesias ortodoxas orientales. Moisés comenzó sus
andanzas nada menos que como líder de una banda de atracadores, notorios por su
violencia. Durante un intento de ajuste de cuentas, vio frustrado su plan y
terminó buscando refugio en un monasterio local.
Una vez fue testigo de las devotas vidas de los monjes, Moisés
renunció a su anterior estilo de vida violenta, fue bautizado en el
cristianismo y se unió a la comunidad. Dedicó el resto de su vida a la oración
como líder de un grupo de ermitaños en el desierto. Sin embargo, sus antiguas
habilidades le resultaron útiles cuando un grupo de bandidos intentó asaltarle
en su celda. Moisés fue capaz de plantarles cara y arrastrarles hasta la
capilla. Los bandidos, atónitos por lo sucedido, se convirtieron a la fe
cristiana y con el tiempo entraron en la comunidad monástica.
San Pablo Miki y compañeros
San Francisco Javier llevó la fe católica a Japón en el siglo XVI
y, en unas pocas décadas, cientos de miles de japoneses se convirtieron y bautizaron.
Semejante repentina influencia del cristianismo no agradaba a las autoridades
imperiales, que empezaron a perseguir a los nuevos cristianos y sentenciaron a
muerte a tres jesuitas nativos, seis franciscanos extranjeros y muchos laicos
catequistas, médicos e incluso niños.
San Pablo Miki es el más conocido de estos mártires japoneses. Era
un jesuita local que continuó con sus predicaciones al pueblo incluso estando
clavado a una cruz.
“La sentencia del juicio dijo que estos hombres vinieron a Japón
desde las Filipinas, pero yo no llegué de ningún otro país. Soy un auténtico
japonés. La única razón para mi muerte es que he enseñado la doctrina de
Cristo. Y bien es cierto que enseñé la doctrina de Cristo. Doy gracias a Dios
que sea esta la razón de mi muerte. Considero estar diciendo nada más que la
verdad antes de morir. Sé que me creéis y quiero repetíroslo una vez más: pedid
a Cristo que os ayude a ser felices. Yo obedezco a Cristo. Por el ejemplo de
Cristo, perdono a mis perseguidores. No les odio. Pido a Dios que se apiade de
todos ellos y confío en que mi sangre caiga sobre mis semejantes como
provechosa lluvia”.
Santa Catalina Tekakwitha
Hija de un jefe mohawk, Kateri o Catalina Tekakwitha se convirtió
al cristianismo gracias a la bondad y generosidad de los misioneros jesuitas
franceses. Sin embargo, en su vida no faltaron el sufrimiento y el escarnio
debido a su fe cristiana. Catalina fue ridiculizada constantemente e incluso
recibió amenazas de muerte por su conversión. Debido a ello tuvo que huir de su
aldea dos años después de su bautismo y se estableció en un asentamiento de
indígenas cristianos en Canadá.
Con el apoyo de la comunidad cristiana, la fe de Catalina floreció
y se hizo célebre entre todos por su alegría y buen humor. Se tomó en serio el
mensaje cristiano, como atestiguaba un misionero jesuita:
“Para mantener viva su devoción por el misterio de la Pasión de
Nuestro Salvador, y para tenerle siempre presente en su mente, llevaba consigo
sobre el pecho un pequeño crucifijo que le había regalado. A menudo lo besaba
con la mayor de las ternuras y un profundo sentimiento de compasión hacia el
sufrimiento de Jesús, así como con un recuerdo vívido de los beneficios de
nuestra redención”.
San Juan Diego
Nativo de México, Juan Diego era un hombre sencillo que fue
elegido para ser destinatario de las famosas apariciones marianas de Nuestra
Señora de Guadalupe. No se sabe mucho de los comienzos de su vida, pero después
de ver a la Santísima Virgen se le permitió vivir como ermitaño junto a un
santuario en honor a la Virgen.
San Juan Pablo II alababa la sencillez de este santo y su
capacidad para luchar por la santidad sin por ello abandonar su identidad
indígena.
“Al acoger el mensaje cristiano sin renunciar a su identidad
indígena, descubrió la profunda verdad de la nueva humanidad, en la que todos
están llamados a ser hijos de Dios en Cristo. Así facilitó el encuentro fecundo
de dos mundos y se convirtió en protagonista de la nueva identidad mexicana,
íntimamente unida a la Virgen de Guadalupe, cuyo rostro mestizo expresa su
maternidad espiritual que abraza a todos los mexicanos. Por ello, el testimonio
de su vida debe seguir impulsando la construcción de la nación mexicana,
promover la fraternidad entre todos sus hijos y favorecer cada vez más la
reconciliación de México con sus orígenes, sus valores y tradiciones” (Homilía
por la Canonización de San Juan Diego).
San Martín de Porres
Hijo ilegítimo de un hidalgo español, san Martín de Porres,
esclavo liberto, pasó su vida al servicio de los pobres y los necesitados de
Lima, Perú. Martín se unió a la comunidad local de dominicos con 15 años, al
principio encargado con funciones de servicio en la comunidad. Sus
responsabilidades fueron en aumento progresivamente hasta que, con el tiempo,
fue admitido en la orden. Por desgracia, su ascendencia mestiza fue motivo de
burla entre sus compañeros dominicos. Se dice que cuando el monasterio estuvo
cargado de deudas, Martín se ofreció al superior: “Sólo soy un pobre mulato.
Véndanme. Soy propiedad de la orden. Véndanme”.
Esta persecución desde dentro no desalentó a Martín, que continuó
dedicando su vida a la oración y al servicio del prójimo. Nunca cesó de servir
al pobre y al enfermo en la comunidad, incluso cediendo su propia celda a un
hombre desesperadamente necesitado. El superior no se mostró muy contento con
esto último, pero Martín se explicó: “Disculpe mi error, pues desconocía que el
precepto de obediencia tenía prioridad sobre el de caridad”. Después de aquel
incidente, le permitieron hacer lo que fuera necesario para servir a los demás.
PHILIP KOSLOSKI
Fuente: Aleteia
