El
modelo por excelencia de dicha virtud es la Virgen María
Cuando leemos la vida y obra de varios
santos; sobre todo, tratándose de los que fueron místicos, aparece
frecuentemente una virtud, llamada “del ocultamiento”. Hoy día, es un término
poco usado, pero que vale la pena recuperar, no tanto en cuanto a la palabra,
sino sobre su significado.
Antes de empezar, hay que aclarar varias
cosas para evitar malas interpretaciones. Por “ocultamiento”, no se refiere al
periodo del “Oscurantismo” o a la falta de transparencia. Todo lo contrario.
Significa evitar aparecer más de la cuenta, algo así como “robar cámara”.
Trasladándolo al día a día, hay que reconocer el riesgo de caer en la tentación
de los aplausos, de figurar, de ser vistos y admirados. Justo a eso se refiere.
Obviamente, hay que dar la cara, siendo
asertivos. Por ejemplo, un rector no puede excusarse de subir al pódium a
pronunciar un discurso, pero debe saber reconocer que hay otras personas que lo
ayudan en la gestión universitaria. Aquí está la verdadera diferencia entre ser
un jefe y actuar como líder. El segundo sabe incluir, medir hasta dónde
conviene aparecer para que los otros no queden marginados. Claro que,
tristemente, en nombre del “ocultamiento”, aparecen muchas formas y/o actitudes
relacionadas con la evasión de responsabilidades, pero entendiéndolo como lo
hacían los santos, no tendremos ningún problema.
Es decir, no se trata de delegar
exageradamente, para quedarnos encerrados en una oficina, sino de lograr un
punto medio entre figurar y absolutizar la propia imagen que sería el error a
evitar en todo momento. Muchas veces, el que no hizo nada por el grupo juvenil,
aparece en la entrega de reconocimientos o delante de la autoridad como alguien
muy trabajador. Aquí estamos ante una variante de la hipocresía. De ahí la
importancia de ser sinceros con Dios y con nosotros mismos.
¿Quién es el modelo por excelencia de
dicha virtud? La Virgen María. Cuando tuvo que dar la cara, lo hizo. Así fue de
las pocas que se mantuvo al pie de la cruz; sin embargo, no andaba por los
caminos exagerando, con palabras y gestos para llamar la atención.
La fe pasa por la sencillez. No hay que
olvidarlo. Es triste cuando alguien confunde liderazgo con búsqueda de
aplausos, de reconocimiento, en vez de preocuparse por la evangelización que no
es otra cosa más que compartir lo que uno cree de forma coherente. María estaba
presente, sin querer opacar o tomar un protagonismo fuera de lugar. Fue
sencilla y eso la hizo un punto de referencia para todos.
Pero, entonces, ¿hay que ocultar las
habilidades y talentos? No, pero ponerlas a disposición con humildad; es decir,
reconociendo los puntos fuertes, pero sabiendo que eso no nos hace
autosuficientes. El ocultamiento, dentro de la tradición católica, puede
entenderse también como evitar resultar pesado para los demás. Nuestras
complicaciones, pueden ser un tipo de protagonismo negativo. En este sentido,
hay que dejar que Dios lleve a cabo su obra, siendo disponibles y, al mismo
tiempo, viviendo con naturalidad lo que él nos proponga.
Fuente:
Catholic.net
