Mi felicidad no está en
ningún lugar, ni en ninguna persona, mi felicidad está en ti
No sé muy bien cuántos días tengo por
delante. Gracias a Dios no lo llevo escrito en mi ADN. No sé si llegaré a viejo
o moriré antes. Si lo haré súbitamente o después de una enfermedad. No lo sé.
Tampoco me quita el sueño. No me angustia
no saberlo y vivir en una ignorancia inocente. Al contrario. Me mantiene en esa
tensión del que sueña y ama, del que hace y guarda. Del que se entrega y
espera. Cada día un paso. Sin pensar tanto en lo
que me aguarda o en lo que me queda por hacer.
Siempre de nuevo me conmueve la muerte de
alguien joven. Es como si Dios se llevara antes de tiempo a aquel a quien
amamos. O tal vez para Dios estaba ya listo y no fue antes de tiempo. Como en
ese jardín que Él cuida en el que los distintos frutos maduran a distintos
tiempos. O tal vez hay misiones más largas y otras que continúan en el cielo
nada más haber comenzado en la tierra.
No lo sé. Me cuesta imaginarme el cielo.
Pero creo tanto en la misericordia de Dios que me alegra pensar en una
eternidad de su mano. Pese a todo me cuesta ese “de repente” que tiene la muerte a veces. Me
arrebata la vida de la persona amada casi sin darme tiempo a pensar, ni
siquiera a decir adiós.
Y cuesta de nuevo seguir el camino. Una
persona escribía sobre la muerte de su padre: “No se
vive un duelo cuando muere tu padre, lo que se hace es tenerlo muy vivo y
guardarlo muy dentro en el corazón. Hacerle un hueco grande. No dejar que
ninguno de los recuerdos se borre nunca. No hay un duelo desde ese día sino un
hacerse un sitio tranquilo dentro de ti del que no se irá nunca. Algo hermoso,
no doloroso”.
Me conmovieron esas palabras. Calaron
hondo. Es dura la muerte de alguien a quien queremos. A veces demasiado dura. Y
no sé el momento en que llegará a mi puerta. Tal vez por eso quiero vivir
intensamente cada día. Dejando que Dios me utilice y cambie mi corazón.
Un joven llamado Santiago falleció hace
pocos días. Supe que le dijo a Dios en una ocasión: “Veo cómo tu amor ha arrasado una y otra
vez mi corazón a lo largo de mi vida.Mi felicidad no está en ningún lugar, ni
en ninguna persona, mi felicidad está en ti”.
Me emocionaron esas palabras de vida en
medio del dolor. Jesús arrasó su corazón y cambió su vida para siempre. Empezó
a mirarlo todo desde Dios. Quiero pedirle a Jesús que arrase también mi
corazón. Esa imagen me gusta.
Aunque el verbo arrasar se suele utilizar
para hablar de algo negativo. Una lluvia torrencial puede arrasarlo todo, un
ciclón, un ejército. Es una acción violenta. Acaba con la vida, con todo lo que
había antes en pie. Y después de haber arrasado todo, ya no queda nada como
antes.
Pienso en Jesús que arrasa mi vida. Tiene
tanta fuerza su amor que me arrasa. Quiero que lo haga con fuerza, con su
fuego, con su misericordia. Es un amor hondo. Un amor que no deja nada igual en
mi vida.
No quiero que sea sólo una expresión, una
forma de hablar al rezar en alto. Quiero que sea verdad. Que arrase mi corazón y cambie mi alma
para siempre. Quiero que su amor me apasione. Y su presencia calme mis ansias.
Quiero que me toque en lo más íntimo de
mi ser. Y que sea Él quien gobierne mi vida, dirija mis manos, mire con mis
ojos, ame con mis gestos, hable con mi voz. Quiero que sea mi hogar verdadero.
Quiero que construya sobre mi tierra asolada por su amor.
Muchas veces hago a Dios declaraciones de
amor. Le digo que
le quiero con toda el alma. Incluso le entrego todo. Pero luego, cuando cambia
mis planes, cuando no me da lo que le pido, me
rebelo. No quiero perder lo que tengo, no quiero que me quite
nada de lo que amo.
Su amor es inmenso. Pero me duele el alma
pensar en las pérdidas. Y le pido milagros. Y le pido que no ocurra lo que
temo. Y quiero que las cosas no sean malas en mi vida. Le vuelvo a decir que
arrase mi corazón. Con voz baja, un leve susurro.
Me asusta que se tome en serio mi
entrega. Y lo tome todo de golpe. Me tome por entero. Pero sé que es la única
forma de vivir de verdad. Siendo vivido por Él, por su amor. Dejándole mis
miedos en su pecho herido. Abriendo las manos sin querer retenerlo todo. Dándole las gracias cada mañana. Sin
pedir tanto. Alabando.
Fuente:
Aleteia
