Compartamos nuestros diversos puntos de vista
Suele suceder entre esposos: uno de
ellos percibe un suceso de tal manera que lo lleva a comportarse como si dicha
percepción encajara totalmente en la realidad, y puede venir entonces el
apremio, la exagerada preocupación por decidir y actuar en consecuencia, o, por
lo contrario, una actitud relajada y un escaso sentido de la urgencia.
Estas actitudes, no siendo
apropiadas, pueden generar estrés en uno o ambos cónyuges.
También dicho aprendizaje se
convierte en la sal de la existencia, cuando las expresiones a
propósito serán recordadas con sentido del humor, como anécdotas que pintarán
de colores el paisaje de su historia común. Expresiones como:
- ¡Mujer, gastamos tanto en las
vacaciones que tendremos que regalar al perro pues no tendré para sus
croquetas!
- Le he dicho a mi esposo, que si
nuestro hijo de tres años, en el kinder ya saca esas malísimas
evaluaciones en computación, inglés, francés y chino mandarín, ¡jamás
llegara a la universidad!
- Mi esposo tiene tres días que
no me habla de la oficina para decirme que me adora, ¡ya se murió nuestro
amor!
- ¡Tu madre anuncia visita de
tres días, seguro de quedará un año!
He aquí una corta historia que
describe estos inevitables lances:
Mi esposa me
invitó al cine
Como es una de
esas películas que a ella le gustan y a mí no tanto, acepté con la condición de
que al salir del cine, fuéramos a un pequeño restaurante que suelo visitar
con mis amigos.
Le digo que me
comeré solo una hamburguesa con su respectiva cerveza. Acepta arrugando el
entrecejo pues no le gusta que lo haga, ya que tengo sobrepeso. Aunque… ¿qué
fue lo que le dije? ¿Una?
Me encanta
salir con ella, siempre que no me malhumore haciéndome llegar tarde a algún
lugar por decisiones imprevistas, o “por arreglarse en un minuto”. Así que le
advertí por enésima vez, que algo así no podía suceder.
La respuesta
fue la de siempre: -No te preocupes, no pasará. Luego, sosteniendo la mirada y
poniendo cara de asombro y extrañeza, (gestos que ya conozco), añadió: -¿Por
qué habría de pasar? Si te lo estoy prometiendo ahora, ¡ya quita esa cara!
La película
empezaba a las 8.00 p.m. Calculando el tiempo de traslado y estacionamiento,
deberíamos salir de casa 20 minutos antes. Se lo dije, y quedó acordado.
7.10 p.m. Primera llamada. Llego de la oficina agitado y le digo: -Mi
vida, ya estoy aquí, salimos en 30 minutos (para hacer un poco de presión).
Escucho una
alegre voz desde el baño: -Mi amor, ya estoy a punto, espero que te guste mucho
la película.
La respuesta me
causa cierta inquietud, son de esas frases habilidosas, oportunas y un tanto
manipuladoras, en las que ella es experta.
7.25 p.m. Segunda llamada. Ya no le digo “mi vida”, sino que le llamo
por su nombre poniendo énfasis de gravedad en el tono: -¡Encarnación, mira el
reloj, te recuerdo en lo que quedamos!
La serenidad
hecha persona me contesta -¡No seas impaciente, que el cine está aquí a la
vuelta!
¿A la vuelta
dijo? Se enciende un foco rojo. Me tomo un sorbo de agua, respiro profundo y
trato de conservar la calma pensando: esta vez no pasará…
7.35 p.m. Tercera llamada. Ya no la llamo por su nombre, sino por el
diminutivo propio de los síntomas previos al ataque histérico -¡“Encarna”, ¡que
se nos hace tarde! (tengo sudor en la frente).
-Ya casi estoy
lista -exclama con un tono de reclamo haciéndose la víctima-. Solo me falta un
broche.
Escucho una
sirena en el interior de mi cerebro, me veo subiendo por las paredes.
7.40 p.m. Cuarta llamada. Le pego un grito con el súper diminutivo de su
nombre: -¡Enca! ¡Que llegamos tarde otra vez!
-¡Solo me falta
un zapato!- responde en voz baja, como quien está entre apurada y distraída.
No puede ser,
no puede ser… pienso, un zapato puede costarle un cuarto de hora más, debe ser
el zapato de la Cenicienta que se le ha perdido y lo está buscando; lo más
seguro es que lo dejara en la carroza aquella, y, claro, ahora habrá ido a la
carroza por él. (pensamientos que me vienen a la cabeza preparándome para el
pleito, integrando previamente fuertes dosis de sarcasmo).
7.45 p.m. De puntillas me acerco a la puerta abierta de la habitación y… ¡oh
sorpresa! Mi esposa no está buscando el zapato que le falta, como tampoco lo
está buscando en ninguna carroza. Habla por teléfono con la inoportuna de su
prima Clara, y aprovecha para reunir calcetines en pares con singular alegría,
porque los acaba de sacar de la secadora y no los quiere dejar por ahí.
¡Aunque
lleguemos tarde al cine está hablando por teléfono y guardando calcetines!
Me derrumbo en
nuestro precioso sofá color morado confundiéndome en su color, rumiando la más
terrible de las venganzas. Estoy dispuesto a todo…
7. 50 p.m. Mi esposa sale con una esplendorosa sonrisa y dice -¡Listo, en diez
minutos estamos en el cine!
Accedo
impasible, porque en mi ya tenebroso y mascullado plan de venganza, pienso… al
salir del cine devoraré, sin más, tres hamburguesas con sus respectivas
cervezas; mientras que la que adquiera el precioso color morado, habrá de ser
ella. La venganza será dulce.
Llegamos 8.05
p.m. La película aún no empezaba, había un pequeño
retraso, mi esposa se sentó viéndome de reojo con aire de satisfacción. Yo me
hago el occiso.
Disfrutamos de
la película y al salir me invitó a comer hamburguesas, diciéndome con desenfado
que me comiera todas las hamburguesas que quisiera con sus respectivas
cervezas, que ella invitaba con unos ahorrillos que tenía.
Mi mujer me
conoce demasiado.
Si los cónyuges
no mantienen con excesiva rigidez sus propios valores respecto del otro,
entonces, es muy probable que entrenándose ambos en estrategias de negociación
y de solución de problemas, muchos conflictos se eviten, controlen o extingan
más fácilmente.
Al adquirir experiencia se darán
cuenta, de que con el tiempo, los sucesos por difíciles que puedan haber sido,
adquirirán siempre una relativa importancia. Por es no se debe de
comprometer negativamente la alegría de estar juntos, pues será siempre un
valor superior.
Por Orfa Astorga de Lira, máster en matrimonio y familia, Universidad de Navarra.
Fuente: Aleteia
