¿Me
gustaría que mi hijo fuera como yo?
Seguramente, muchos padres han escuchado
a su hijo pequeño decir “¡Cuando sea grande, quiero ser como tú!”. Esta frase,
viniendo de aquella persona a la cual tanto se ama, puede sonar como música
para los oídos de muchos padres. Más para un padre atento, esa música se podría
convertir también en una fuerte llamada de atención al crecimiento personal.
“¡Quiero ser como
tú, papá!”, pronunciada por los labios inocentes de un niño, tiene el poder de
cambiar la vida de papá. Debería llevar al padre a examinar, no solamente su
papel de padre y esposo, sino también su propia persona en los seis aspectos de
vida: físico, espiritual, familiar, laboral, económico y social.
Para muchos
padres, la primera pregunta que podría brotar en su mente y en su corazón es:
¿me gustaría que mi hijo fuera como yo? Y la siguiente: ¿Cuándo mi hijo tenga
mi edad, cómo me gustaría que fuera? Esas dos preguntas, contestadas
sinceramente, pueden convertir la suave música de la voz inocente de su hijo en
tambores que marcan el paso en la marcha hacia la excelencia personal,
garantizando la eficacia en la crianza de un hijo.
“¡Quiero ser como
tú, papá!” es la llave maestra que en su inocencia el niño pone en las manos de
papá para que abra la puerta a un arcoíris infinito de posibilidades y puedan
convertirse ambos en una obra maestra para el mundo. Esa obra maestra debe irse
cincelando primero en papá, pues el hijo requiere de un buen modelo a seguir y
de un buen maestro que le enseñe a usar el cincel a medida que se va adentrando
en la ardua tarea de confeccionar su propia obra maestra.
Porque no es buen
padre aquel que forma al hijo a su antojo, sino aquel que le va indicando cómo
manejar el cincel para que éste quite la arcilla sobrante y surja su propia
obra de arte. Tampoco es buen padre aquel que lleva siempre a su hijo en
brazos, sino aquel que le enseña a caminar con dirección y propósito. El hijo
va conduciéndose por la vida guiado por las huellas que va dejando su padre,
más dando sus propios pasos y bailando sus propios ritmos.
La madre
Teresa de Calcuta, expresaba esta misma realidad de una manera poética cuando
escribía a los padres y maestros: “Les
enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo. Les enseñarás a soñar, pero no
soñarán tu sueño. Les enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida. Sin embargo…
en cada vuelo, en cada vida, en cada sueño, perdurará siempre la huella del
camino enseñado”.
“¡Quiero
ser como tú, papá!” es el trampolín que debe impulsar al padre, con fuerza y
valentía a las alturas eternas. El hijo necesita conocer las dos caras de la
moneda: la material y la espiritual, la visible y la invisible, el mundo real y
el mundo divino. Y va a creer y llenarse de fe solamente cuando pueda ver la
realidad divina, reflejada en el ser, la actitud, el comportamiento y el rostro
de su propio padre. Solamente así el hijo, al mirar al padre, levantará su
rostro, mirará hacia arriba e irá por la vida con la frente en alto. Porque
como dice Perry Garfinkel: “Para
un niño, el padre es un gigante desde cuyos hombros puede divisar el infinito”.
“¡Quiero
ser como tú, papá!” es el reto que el hijo lanza al padre para que éste haga un
alto en el camino, reflexione, tome consciencia, haga sus propios ajustes y
actúe en conformidad con el amor que siente por su hijo. Es una aclamación
fuerte y enfática envuelta en una suave música que le recuerda al padre su
papel, su responsabilidad y su amor.
Y como sé
que tú amas a tu hijo y vas haciendo una obra maravillosa en ti que va
sirviendo de modelo a tu hijo, quiero enviarte una gran felicitación. Y si ya tus
hijos son papás, felicidades también, pues sé que en ellos perdurará por
siempre la huella del camino que tú les has enseñado. Y recuerda que aunque tu
hijo no haya dicho con sus labios “¡Quiero ser como tú, papá!”, sé que tú lo
has escuchado de su corazoncito de niño, y sé también que tu hijo quiere ser
como tú, papá.
Fuente: Catholic.net
