¡Qué importante es vivir el hoy al máximo
pero sabiendo hacia dónde voy!
Conozco a tantas personas que
buscan el sentido de su vida… Han hecho lo que otros esperaban de ellos, o han
tomado decisiones en medio de su camino. Se han confundido. Han acertado. Han
recorrido los días de su vida. Han huido y se han encontrado a sí mismos de
nuevo. Han elegido y han desechado.
Pero tal vez no son
conscientes de haber decidido algo de la mano de Dios. No han visto su rastro
en su vida. No han percibido el manto de ningún profeta cayendo sobre sus
hombros. En
medio de su rutina buscan un sentido a sus pasos. ¿Para qué estoy aquí? ¿Hacia dónde navega mi barca?
La pregunta por el sentido
último de mis pasos. La
pregunta sobre el para qué de mi existencia. ¡Cómo acallar ese grito que surge
de las entrañas! Imposible
acallarlo. Desaparece y vuelve. Una y otra vez. Regresa el deseo de encontrar
un sentido.
Y nos detenemos delante de
Jesús: “Te seguiré, Señor”.Queremos
seguirlo. Queremos pertenecerle por entero. Descubrir el sentido de la vida.
Estos “para qué” que no logramos respondernos.
Hoy quiero recibir el manto
del profeta. Como Eliseo. Como tantos santos que han encontrado a quién seguir
siguiendo los pasos de Jesús. Rostros
humanos que son lazos tendidos desde lo alto.
Decía el padre José
Kentenich: “Dios deja caer una cuerda. Desea
vincularnos con lazos humanos. Desea atraer a los hombres. Pero tira de la
cuerda hacia arriba y no descansa hasta que todo haya llegado a estar vinculado
con Él”.
Amar a Dios en la carne de las personas que amo. En sus rostros humanos encontrarme con su rostro. Subir más alto,
más arriba. Superando las desilusiones y los desencuentros. Más hondo. Mar
adentro.
Repito las palabras de san
Pablo: “Manteneos firmes, y no os sometáis de
nuevo al yugo de la esclavitud”.
¡Hay tanta esclavitud! ¡Vivo tan apegado al mundo y a todo lo
que me atrae de él! No
me veo fuera del mundo.Soy del mundo. Pero tengo vocación de
cielo.
Me ato y me esclavizo y
comprendo que tengo que mantenerme firme. Coger con fuerza el manto de profeta
que me asegura la fuerza para caminar con más rapidez. El tiempo urge. El amor me urge. El amor a los que Dios
ha puesto en mi camino para atarme a Él. El amor que levanta mi corazón hacia
su propio corazón.
Miro a Jesús en este día. Me
arrodillo consciente de mi pequeñez sujetando mi manto. Ese manto que me
entregó con mi vocación. Ese manto de servicio, de entrega, de amor. No quiero
perder el tiempo. Tengo
mucho que hacer en este mundo que tantas veces camina sin rumbo.
¿Hacia dónde vamos? Vivo el
hoy pero sé hacia dónde camino. Hay una meta, un rumbo, un ideal. Creo que es
la clave de mi peregrinación en la tierra. ¡Qué
importante es vivir el hoy al máximo, con lo que encierra de vida, de luz, de
miedo, pero sabiendo hacia dónde voy!
De alguna manera, esa meta
impregna el hoy y el hoy hace que la meta sea más bella. Pienso que así vivió
Jesús, disfrutando el momento, entregándose del todo en la etapa que le tocaba
cada día, pero sabiendo que su meta era salvar a todos, llevar a todos a su
Padre. Aunque hubiera que pasar por la cruz.
Y creer en mi misión en la tierra entre los hombres. Recibo el manto del
profeta. Recibo la gracia de un camino. ¿Para qué estoy hecho? Quiero sostener
con fuerza el manto que me han entregado.
No camino solo. Camino con
muchos que me ayudan a caminar. Y yo, al mismo tiempo, ayudo a muchos a
caminar. Misión de profeta. Vocación de discípulo de profeta.
Jesús fue profeta. Caminó en
el Jordán siguiendo los pasos de Juan el Bautista. Y Él mismo entregó su manto
a sus discípulos para que ellos también fueran profetas. No profetas falsos, de
esos que son una mentira y engañan con sus vidas. Profetas fieles, verdaderos.
Me gusta la vocación de
profeta. Anunciar
y denunciar. Hablar y callar. Hacer y dejarse hacer por Dios, por los hombres. Unir y cortar. Atar y desatar.
Tengo vocación de profeta. Para anunciar un camino de esperanza. Para denunciar
tantas esclavitudes que no me dejan ser libre.
Somos hijos de Jesús, hijos
de un profeta. Tenemos
vocación de profetas. Capaces de descifrar los signos de los
tiempos. ¿Dónde
me habla Dios? Dios
me busca en medio de mi camino. De las dudas. De los miedos. Me busca. Quiere
ungirme con su óleo de salvación. Quiere hacerme de nuevo, cambiar mi rostro.
Darme un nuevo corazón semejante al suyo.
Tengo vocación de profeta.
Soy consciente de que Jesús me pide que siga sus pasos. Que no tenga miedo. No
quiero buscar excusas. Quiero seguirle allí donde vaya. Sin esperar a encontrar
el mejor momento. Cuando ya todo esté arreglado. Cuando se den circunstancias
más favorables.
Hay personas que viven
esperando su momento para poder dar la vida. Se parecen tanto al joven rico.
Quieren darlo todo. No quieren ser egoístas. Pero nunca es el momento. Siempre
hay algo antes. Siempre lo importante tiene que esperar.
Viven guardándose para un
mejor momento, para un momento en el que puedan amar de verdad, sin miedo y
para siempre. Y el tiempo se les escapa de las manos. Lo pierden. La vida se
les va.
Quiero dejar de lado mis
excusas. Y
decirle a Dios que quiero seguirle hoy, tal como estoy, en mis circunstancias,
en este momento del camino.
Carlos Padilla Esteban
Fuente: Aleteia
