¿Cuál es mi experiencia más
honda de Dios?
Hablar de la Trinidad no es tan sencillo,
es un misterio. Hablar de un solo Dios y tres personas, de un amor que se
construye en un silencio eterno, de un misterio que mi corazón no abarca,… no
logro comprender el misterio.
Me gusta pensar en un hombre hecho a
imagen de la Trinidad.
En un hombre que es reflejo del amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Un hombre inhabitado por Dios Trino. Bendecido.
Estoy llamado a ser un hombre trinitario.
Un hombre pobre, vacío de mí y lleno de Dios. Un hombre anclado en lo más
profundo del cielo y al mismo tiempo con los pies muy en la tierra.
Una persona rezaba: “Me da miedo que el espíritu pierda la
fuerza y dejar de soñar con las cosas imposibles. Me da miedo ser demasiado del
mundo y demasiado poco del cielo. Pero sé que Tú estás ahí para recordarme de
dónde vengo y adónde voy”.
Soy ciudadano del cielo en la tierra. Con
esa tensión que provoca ser templo de Dios entre los hombres. Lleno de luces y
de sombras. Volcado
en la tierra y abierto a la luz del cielo.
Quiero vivir así. Anclado y enraizado.
Sujeto y atado. Perteneciendo a Dios. Siendo parte de los hombres. Es el
misterio de la vida. Es el misterio de Dios. Siempre me supera. Un misterio de
amor que no comprendo.
El amor de Dios es imposible. Me
desborda. Sin Él no puedo vivir.
Tanto me amó Dios que me creó con infinito cuidado, soñando conmigo desde
siempre.
Me buscó, me esperó, salió a mi encuentro en tantas esquinas
de mi vida. Me perdonó, me abrazó. Lo dejó todo, todos sus privilegios, para
hacerse hombre y caminar a mi lado. Para tocarme con manos humanas, sanar,
darlo todo y morir.
Tanto me amó que se quedó conmigo en su
cuerpo y en su Espíritu. Tanto me ama que quiere habitar en mí, para que sea
más suyo. A pesar de mi
pobreza, quiere que mi corazón sea su morada. Y ser luz para
mis pasos. Susurrarme por dónde puedo ser más feliz, hacer más feliz a otros,
amar más.
¿Quién es Dios para mí? ¿Cuál es mi
experiencia más honda de Dios?
Seguro que tiene que ver con mi sed de
amor, con mi herida de amor. Justo ahí Dios se ha derramado en mi vida. Me ha
sostenido. Me ha querido más todavía. Ha vuelto a morir por mí.
En los momentos de desaliento sus ojos no
se apartan de mí. Llena mi pozo vacío. Se derrama en la grieta de mi roca. En
mi pecado. En mi dolor más
hondo ahí está Dios abrazándome y diciéndome que vuelva.
Me dice que me quiere, que me perdona,
que me cuida. Me recuerda que no hay nada que haya podido hacer en mi vida que
no pueda perdonarme. Todo
es motivo para amarme y esperarme.
Si me abro, si me dejo, Él entra. Él
puede cambiar en mi vida lo gris en azul. Él tiene ese poder que me parece
increíble, es el mayor milagro.
Él ha convertido mis momentos de cruz en
momentos de apertura. La amargura en paz. La renuncia en crecimiento interior. El dolor en ocasión para pedir ayuda y
sentir que no estoy solo. La oscuridad en búsqueda. La angustia en esperanza.
Él ha salido a mi encuentro tantas veces
en mi desaliento… En tantos caminos de Emaús Él ha ido a buscarme. Porque me
quiere.
¡Cuántas veces en mi vida he sentido que
Dios volvía a buscarme
y lo hacía sólo por mí! ¡Cuántas veces en mi vida he sentido su mirada de amor
cuando yo le había negado previamente como Pedro!
¿Cuál es ese rostro de Dios que me busca? Ese rostro que me pide habitar en mi
alma. ¿Cómo puedo vivir
siempre a su lado? ¿Cómo puedo ser de verdad templo de la
Trinidad?
Si no hago más que ir y venir, si no hago
más que buscar fuera de mí al que está muy dentro, si no me abro permaneceré
vacío y roto.
Me gustaría que hoy, cada uno de
nosotros, se hiciera esta pregunta: ¿Cómo
han sido los pasos de Dios en mi camino, en mi alma, en la
tierra más honda y árida de mi corazón?
Dios, a veces delante, a veces detrás, a
veces a mi lado, ha caminado siempre conmigo. ¿Cómo ha sido su mano, su mirada
sobre mi vida?
Quiero adorarlo. Alabarlo. Darle gracias.
Hoy es un día de darle gracias por sus huellas ocultas en mi alma. Por su
fidelidad. Adorarlo de
rodillas, en silencio, mirarlo.
¡Cuántas veces me miro a mí mismo al
rezar! Quiero mirarlo a Él y decirle que le quiero. ¿Cuál es mi oración de
alabanza hoy? ¿Por qué le quiero dar gracias de forma especial?
Una persona rezaba: “Gracias, Dios mío, por ir a mi lado, por
esperarme, por ir a buscarme, por llegar a mí. Pasa dentro. Muy dentro. Hasta la hondonada de mi alma. Y
quédate. Enséñame a sentirme querido por ti, a veces no me siento así, me
cuesta creerlo. Y necesito creerlo. Enséñame a amar. Hasta que nos
encontremos en el cielo,
camina junto a mí”.
Le doy gracias porque nunca está lejos,
porque es el Dios de mi vida, y se acerca cada día hasta mí. Porque toma mi
corazón y lo va modelando, con mi pobreza y mi riqueza, con mis montes y mis
valles, con mis sueños y mis miedos. Con mis caminos de luz y mis caminos de
renuncia. Con mis odios y mis amores. Con mis síes y mis noes.
Hoy alabo a Dios porque su amor es más
fuerte. Porque me
ama desde siempre, porque cada día lo deja todo por mí para llenar mi pozo
vacío, mi alma seca. Porque
me ama como soy y no como debería ser.
Ser hijo es lo más bonito que puedo ser.
Hoy de nuevo quiero ser hijo y decirle a Dios que tome el timón de mi vida. Él
sabe mejor que yo el rumbo hacia el cielo. Le entrego mis proyectos y
decisiones. Sin condiciones. Sin pedirle que lo haga a mí manera.
Quiero estar junto a Él, tal como soy.
Quiero que me lleve en sus manos, que sea mi descanso, mi refugio, mi roca. Que
me enseñe a amar un poco según Él. Amar sin medida, sin límite, sin
condiciones.
Parece imposible. Pero la cruz lo hizo
posible para mí. Le
doy gracias porque mi vida sin Él estaría vacía, y con Él está tan llena. El
templo de mi alma lleno de Dios. De ese Dios Trino que hace morada en mí.
Hoy es un día para mirar cuánto me ama
Dios a mí de forma concreta. ¿Conozco
su forma de llegar a mí? Esa forma que sólo usa conmigo. Porque
conmigo usa un camino que nadie sabe, que sólo es para mí…
Sí, quiero ser templo de Dios. Quiero vaciarme de mí mismo para llenarme
sólo de Él. Le pido hoy a Dios ese milagro.
