¿De dónde viene
esa frase? ¿Y por qué se dice justo en ese momento?
La fórmula citada por nuestro amigo
lector forma parte de los ritos de comunión de la celebración
eucarística y constituye la preparación última antes de
recibir sacramentalmente el cuerpo y la sangre de Cristo en
la Misa.
El contexto está claro para todos:
inmediatamente después de la plegaria eucarística, con la presencia
de Jesús en el altar, nos dirigimos juntos a
Dios llamándolo Padre; después recibimos y nos intercambiamos el
don de la paz, primer don del Resucitado; después tiene lugar
la fracción del pan eucarístico, acompañada del canto
del Cordero de Dios; finalmente llegamos a las palabras, recitadas
antes sólo por el sacerdote y después junto con los fieles, mientras se eleva
la hostia consagrada partida: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado
del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor. – Señor, no soy digno de
que entres en mi casa, pero una sola palabra tuya bastará para sanarme”.
El Ordenamiento
General del Misal Romano, hablando de los ritos de comunión,
en el número 84 indica el sentido preciso de estas
palabras: “…el sacerdote muestra a los fieles el pan
eucarístico… les invita al banquete de Cristo… junto con ellos expresa sentimientos
de humildad, sirviéndose de las palabras evangélicas
prescritas”.
La Iglesia ha elegido, como último
momento en preparación al recibimiento de la eucaristía, de retomar las
palabras del centurión romano de Cafarnaúm, cuando pidió a Jesús que
curara a su siervo fiel, por desgracia paralizado y sufriendo mucho: “Señor, yo
no soy digno de que entres en mi casa, pero di solo una palabra y mi siervo se
curará” (Mt 8,8).
La actitud de extrema
humildad y de profunda confianza que caracterizó la
petición de este oficial pagano al requerir la intervención
salvadora de Cristo en su casa – una verdadera y auténtica
profesión de fe – quiere y debe ser la actitud de todos nosotros, sacerdotes y
fieles (¡estas palabras tienen que decirlas juntos!) en el momento en el que estamos a
punto de recibir al Señor en nuestro corazón. Por supuesto, ninguno de nosotros
es “digno” de Jesús, de su presencia y de su amor,
pero sabemos en la fe que basta sólo un signo, una palabra, una
mirada y Él puede salvarnos.
Fórmulas parecidas, inmediatamente
antes de la comunión, aparecen ya desde el siglo X; gradualmente se
afirma, desde el siglo XI en adelante – aunque con diversas variantes – la
oración del centurión romano, a menudo recitada tres veces. Después
de la reforma litúrgica, el Misal de
Pablo VI de 1970 ha conservado estas palabras, pero pronunciándolas
una sola vez y omitiendo la percusión del pecho y el signo
de la cruz con la hostia, gestos usados desde el siglo XV.
Aún hoy, después de tantísimo
tiempo, todos nosotros nos confiamos a las palabras evangélicas
de este hombre para renovar nuestra actitud de humildad y de
confianza, esperando poder obtener, como él, el milagro de la
salvación.
Roberto Gulino
Fuente: Aleteia
