Retiro del P. Alejo
Al año siguiente de mi profesión,
es decir, dos meses antes de la muerte de la madre Genoveva, recibí grandes
gracias durante los ejercicios espirituales. Normalmente, los ejercicios
predicados me resultan más penosos todavía que los que hago sola. Pero ese año
no fue así.
Había hecho con gran fervor una novena de preparación, a pesar del
presentimiento íntimo que tenía, pues me parecía que el predicador no iba a
poder comprenderme, ya que se dedicaba sobre todo a ayudar a los grandes
pecadores y no a las almas religiosas. Pero Dios, que quería demostrarme que
sólo él era el director de mi alma, se sirvió precisamente de este Padre, al
que yo fui la única que apreció en la comunidad...
Me lanzó a velas
desplegadas por los mares de la confianza y del amor, que tan fuertemente me
atraían, pero por los que no me atrevía a navegar... Me dijo que mis faltas no
desagradaban a Dios, y que, como representante suyo, me decía de su parte que
Dios estaba muy contento de mí... ¡Qué feliz me sentí al escuchar esas
consoladoras palabras...! Nunca había oído decir que hubiese faltas que no
desagradaban a Dios. Esas palabras me llenaron de alegría y me ayudaron a
soportar con paciencia el destierro de la vida...
En el fondo del corazón yo
sentía que eso era así, pues Dios es más tierno que una madre. ¿No estás tú
siempre dispuesta, Madre querida, a perdonarme las pequeñas indelicadezas de
que te hago objeto sin querer...? ¡Cuántas veces lo he visto por
experiencia...! Ningún reproche me afectaba tanto como una sola de tus
caricias. Soy de tal condición, que el miedo me hace retroceder, mientras que
el amor no sólo me hace correr sino volar...
Fuente: Catholic.net
