¿Adivinas cuál es? Tiene cuatro letras
El
corazón no puede vivir sanamente sin alegría. Necesitamos cuidar la alegría en
nuestra vida y no desesperarnos.
Decía
el padre José Kentenich: “Quien no se educa para la alegría – o
quien no educa a los demás – está conduciendo su naturaleza al debilitamiento,
al fracaso. La alegría pertenece a la esencia de Dios. Y la
naturaleza humana no puede existir por mucho tiempo sin la correspondiente alegría.
El impulso a la alegría debe, de algún modo, ser satisfecho; de lo contrario,
la naturaleza se vuelve enferma, con la posibilidad de sufrir una ruptura
incurable”.
Estamos
hechos para Dios. Estamos hechos para el cielo. Para una alegría eterna que
nadie nos podrá quitar.
Cuando
me sé amado por Dios. Cuando toco su amor en mi vida, podré decir lo que decía
el Padre Kentenich: “Si yo estoy poseído del amor de Dios y sé que todo
es expresión de su amor, tomaré posesión de la vara mágica con la que
estaré capacitado para transformar todos los acontecimientos en fuentes de
alegría”.
El
saberme amado me capacita para ver en todo lo que me sucede, también en
la pérdida y en la ausencia, un motivo de profunda alegría. El amor
hace creer.
Yo
también creo. Porque lo he tocado. Porque me he sentido amado por Él. Y
también, como los apóstoles, quiero alabar a Dios por cómo llegó a mi vida, por
cómo ha caminado a mi lado siempre. Y creo que vendrá siempre de nuevo
a mi vida, para que no esté solo.
Cuando
mi sobrino tenía siete años y pasamos unos días de vacaciones juntos, él quería
jugar continuamente y me decía cada media hora: “Y ahora, ¿qué
hacemos?”. Yo ya sólo quería que él hiciera algo solo mientras yo
descansaba. Pero él esperaba hacer algo conmigo.
Quería
jugar conmigo. Bañarse conmigo. Pasarlo bien conmigo. Y esperaba con sus ojos
grandes de niño un nuevo plan fascinante. Recuerdo su mirada profunda e
inquieta. Estaba abierto a todo. Cualquier cosa. Era una mirada pura y libre.
Siempre estaba atento. Siempre dispuesto a hacer cualquier cosa conmigo.
Lo
importante no era el qué hacíamos. Lo importante era hacerlo conmigo. Creo que esa es la esencia del amor. No hacer
planes fascinantes con aquel al que uno ama, sino hacer cualquier plan, aunque
sea duro y aburrido, pero siempre con la persona amada.
Eso
lo cambia todo. Convierte un lugar lúgubre en un espacio maravilloso. Y lo más
aburrido en un plan fascinante. El amor nos cambia la mirada sobre la
realidad. Es lo mismo que hace el amor de Dios en mi vida. Me hace verlo
todo como fuente de alegría. Es posible si Él lo hace.
Pienso
en mi sobrino y recuerdo su mirada. Esa forma de mirar hacía que todo fuera
diferente. Me gustaría tener yo esa misma mirada delante de Jesús. Y me
gustaría preguntarle cada media hora: “¿Y ahora qué, Jesús? ¿Ahora qué
hacemos?”.
Me
gustaría estar siempre abierto a lo que Él me dijera. Abierto a sus planes y a
sus sueños. Viendo en sus deseos, mejores que los míos, el camino de mi
felicidad.
Por
